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[AS 188] Lo perfecto es plástico

 

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¿Qué debe pasar en las cuerdas vocales de una compositora para conmover a un ser humano?

Por Pablo Panizo / Fotos de Alonso Molina

 

La primera vez que La Lá tocó en público se llamaba Giovanna Núñez, estudiaba Filosofía y no sabía que lo que estaba ejecutando era una canción. Para ese entonces, a mediados de 2004, se había convencido de que era un caso perdido para la música. Habría crecido estudiando piano y haciendo ballet si hubiese sido una niña acomodada, pero no lo fue. Su vida transcurrió, más bien, entre carencias que la alejaron de sus impulsos artísticos, limitándola a alguna clase de fotografía, alguna temporada de danza y uno que otro taller de arte, breve y barato. Por eso, cuando cogió una guitarra abandonada y jugó con los dedos a encontrar sonidos, no pensó que estaba haciendo música. Por eso, aquella noche en la que se presentó frente a un pequeño grupo de estudiantes y profesores y los escuchó acompañarla en el coro, se sorprendió de encontrar que había creado una canción.

Lo que pensaba que era «un chiste con la guitarra» terminó convirtiéndose en «Oeste», una balada que es hasta hoy una de las favoritas de sus seguidores, y que en su inocencia suena a baladita: «Enjuague bucal, pasta dental, naftalina en el verano […]. No fumo, ni tomo, ni bailo pegadito». Es también la primera pieza de Rosa, el álbum con el que debutó hace dos años apareciendo en la escena local como la más grata sorpresa del año. El diario Perú 21 lo destacó como «una muestra más de que la música de nuestro país brilla con luz propia y que los medios masivos están algo sordos»; el Ministerio de Cultura lo incluyó en la lista de los «50 discos de música peruana que dan muestra de nuestra diversidad cultural»; y gracias este álbum, fue invitada por Julieta Venegas a acompañarla en su última presentación en Lima, quien dijo que La Lá era la prueba de que «algo está pasando en Perú».

Pese a que había pasado una década entre su primera creación y el lanzamiento de Rosa, «Oeste» nació como nacen todas sus canciones: como un juego, como la travesura de un niño inquieto en un taller de mecánica. Tomó la vieja guitarra familiar, se sentó en el sillón de su sala, a la luz de un amplio ventanal, y colocó los dedos en distintas posiciones hasta encontrar sonidos que le gustaron. Los combinó y le puso letra a la melodía que sonaba en su cabeza. «Siempre tengo la sensación de que estoy haciendo una artesanía, un trabajo escolar; pegando cosas, juntando», dice La Lá. Para recordar los sonidos que encuentra, utiliza un cuaderno con tablaturas (seis renglones que simulan las cuerdas de una guitarra) sobre las que dibuja la posición de sus dedos. No conoce un solo acorde y no espera hacerlo. Aunque por mucho tiempo pensó que un músico era solo quien ha estudiado Música, en la práctica, desde que cogió una guitarra ha huido de las fórmulas creativas. Piensa que ello le permite bucear en su interior y expulsar algo propio, llegar a la composición sin saberlo y engendrar hijos que no duden de su madre: «Me parece interesante engañar a la cabeza y dejar que afloren melodías y armonías en momentos inesperados, que salgan cosas un poquito más profundas que las que están en la carta de la costumbre. De repente sí, todo viene de nuestra cultura; pero quizá surjan cosas más antiguas, cosas que son más importantes para ti».

Así es la alquimia de La Lá: un proceso primitivo que forma seres únicos, imperfectos y esencialmente humanos. Su voz, una melodía exquisita, planea en campos de acogedora austeridad. Y ella lucha porque así sea. Son contadas las veces en las que aceptó algún cambio en sus composiciones. Desea que su canto, con sus virtudes y defectos, suene sincero. «Necesito las cosas más calatas, más rotas. Me gusta dejar silencios, una voz cruda que no esté completamente afinada, un tiempo medio jalado. No quisiera traducir una canción de manera que llene todos los espacios sin dejar ningún vacío, porque mucho de lo que yo siento es vacío», confiesa. Podría nivelar las grietas y crear un objeto brillante, pero lo perfecto es plástico, y el plástico no habla. No sabe de muertes ni de amores. El plástico no superaría el filtro que impone a sus canciones: las sensaciones que genera en su hermano mayor, su alma gemela. «Es como si recién pudiera verlas cuando él las escucha —explica—. Recién puedo reaccionar. Antes, es como si fuera una canción medio sorda». La Lá toca frente a él antes y espera a ver su reacción. Solo entonces, cuando él llora y ella llora con él, su canción existe.

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Carlos Fonken

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