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[AS 190] Cuerpo en movimiento

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Luego de diez años como bailarín de street dance, formado en la escuela de Vania Masías, Grijalva entendió que se baila con todo el cuerpo, pero el estilo se lleva en el corazón.

 Por Daniel Robles Chian / Fotos. Alonso Molina

 

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El día que Michael Grijalva vio a un grupo de bailarines de la academia D1 de Vania Masías parados de cabeza y girando sobre el piso, no sabía que se podía bailar así. Tenía 18 años. Desde muy pequeño, en su casa de La Victoria, vivió rodeado de música gracias a la afición de sus papás por los vinilos. A los 3 años ya había participado en varios concursos de baile en la televisión. Pero cuando acabó el colegio, la música se apagó. Si de algo estaban seguros sus padres, era de que su hijo debía reemplazar las sesiones de baile por clases de preparación para la Universidad. Si de algo estaba convencido Grijalva, era de que el mundo debía conocerlo bailando, no sentado en una carpeta. Al poco tiempo, su cuerpo también se detuvo. Ya no quería moverse al ritmo de las canciones comerciales, no quería que le impusieran la ropa que usaba, y menos aún quería seguir coreografías establecidas. En esos días de incertidumbre, en los que también pensó ser futbolista, acudió a la academia D1 y se topó con esos b-boys que escuchaban rap y ejecutaban acrobacias imposibles. No parecía un baile, pero lo era. Comenzó a entrenar con ellos diversos tipos de danzas urbanas: breaking, hip hop dance, house dance. Eso fue su escape. Grijalva se esforzaría por alcanzar a esos bailarines que se preparaban para ser profesionales. Pronto se daría cuenta de que la danza urbana es una fusión que nunca imita.

Hoy, Michael Grijalva tiene 28 años. Se graduó en la academia de Vania Masías y es reconocido mundialmente como bailarín de hip hop y house (dos vertientes del street dance). Obtuvo el primer puesto en el torneo Flavourama Battle 2014, en Austria, y fue seleccionado para participar en el Charidance Camp 2014, en Barcelona. Además, alcanza con frecuencia el primer lugar en las batallas de street dance en el festival Pura Calle, que se realiza en el Parque de la Exposición y al que suelen asistir más de 200 mil personas.

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Él explica esos logros: «No importa cuántas horas entrenes frente a un espejo si es que no te dejas llevar por el beat. Solo cuando dejas de pensar en el siguiente movimiento que harás y de imitar a tus referentes es cuando empiezas a crear. Y así te distingues del resto», dice Grijalva, quien actualmente es director artístico de la asociación D1. A diferencia del break dance, en donde los bailarines se mueven al ras del piso, en el hip hop y el house dance destacan los movimientos ágiles de pies y brazos. Desde que comenzó a competir, le costaba mucho formar ángulos y figuras con los brazos. En lugar de insistir en esos movimientos, fue sincero con su propio cuerpo e hizo suya la historia del hip hop para encontrar el futuro en sus pies. Entendió que si bien el street dance surgió en las calles de Estados Unidos a finales de 1970, podía ser fiel a esa tradición y combinar el jacking del house (movimiento del torso hacia adelante y hacia atrás de una forma ondulante) con maniobras del zapateo afroperuano que había aprendido de niño. En estos duelos, el bailarín también sabía que una maniobra simple en el contratiempo exacto podía ser tan o más importante para la victoria que un giro de cabeza que no respondiese a la música que sonaba.

«Prefiero ser malo con mi estilo que bueno con el estilo de otro», asegura Grijalva. En el 2014, fue seleccionado para un entrenamiento especializado en Barcelona, y un reconocido bailarín francés, al que veía por YouTube, lo invitó a que participase en el Summer Dance Forever en Holanda. Si algo llamaba la atención de los europeos, además de su estilo, que incluía bailes típicos peruanos, y de su velocidad con los pies, era su expresión durante los duelos. Es que la danza urbana es también un estado de ánimo. «Mientras la música house le pide a tu cuerpo alegría en el movimiento, el hip hop dance requiere de cierto conflicto e intensidad para retar al rival», dice ahora Grijalva, sentado en una mesa de la academia D1 en Chorillos. «No bailo para obtener dinero o ganar campeonatos. Yo bailo porque esa es mi mejor forma de expresión».

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