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El hombre que mira el silencio

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Es uno de los directores que más se ha interesado en mostrar las secuelas de la violencia política del Perú. Pero lo suyo no es el cine social. Hace películas por la misma razón que alguien escribe un poema: por la urgencia de darle sentido a todo lo que ha visto y escuchado.

 

Por Joseph Zárate

Fotos de Alonso Molina

 

(…) la poesía que tanto amo sólo puede ser

una fugaz y delicada acción del ojo.

José Watanabe

 

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La primera vez que vio su película NN en una sala de cine, Héctor Gálvez sintió que había fracasado. Era una mañana de 2014 y en la competencia oficial del Festival de Cine de Roma, uno de los más importantes del mundo, Gálvez se decepcionó al ver su largometraje: la historia de unos antropólogos forenses que identifican cadáveres de fosas clandestinas en el Perú era tan lenta y densa que algunas personas se retiraron a mitad de la función. «¡La he cagado!», pensó Gálvez, con una mezcla de rabia y vergüenza. En la industria del cine no es usual que un director reedite un filme ya exhibido. Pero Gálvez, inconforme con el resultado, decidió seguir el consejo de José Watanabe, uno de sus poetas y guionistas de cine favoritos: «Corrige tus textos como si hubieran sido escritos por el peor de tus enemigos». Aquella mañana en Roma, Gálvez prometió que al volver a Lima, editaría toda la película de nuevo.

—Soy súper desconfiado con mi trabajo —ríe el cineasta—. Cuando termino una película trato de no volver a verla, porque le noto las costuras. Me pongo un deadline por salud mental, sino seguiría puliéndola.

Uno de los directores peruanos más talentosos de la última década vive en un departamento de paredes blancas junto a su novia y Wayku, su perro peruano sin pelo. En la sala donde conversamos esta tarde de enero, hay macetas con cactus, máscaras andinas y, al lado, un pequeño estudio donde se encierra a escribir sus futuras películas. En la puerta hay un letrero que dice: «Aquí se cuentan historias». Gálvez, el contador de historias, tiene el pelo cano, una barba candado y sesea ligeramente cuando habla. Como ahora, cuando admite que nunca imaginó que esa versión mejorada de NN, estrenada en Lima en 2015, representaría al Perú en la preselección del Óscar a Mejor Película Extranjera, o que la aplaudirían en los festivales de Rotterdam y Guadalajara, o que le daría el premio a Mejor Director en el Festival de Cartagena, o que sería considerada «la mejor película peruana del año» por la crítica especializada. Porque hasta antes de estrenar NN, su segunda película, el nombre de Gálvez solo sonaba entre los círculos de cinéfilos, documentalistas y oenegés de derechos humanos. El director de 41 años se emociona al saber que cada vez son más quienes conectan con sus historias, aunque no sean fáciles de asimilar.

Gálvez ha trabajado en pueblos arrasados por la guerra entre terroristas y militares. Ha visto cómo exhumaban a los muertos de las fosas comunes. Ha conocido de cerca el trabajo de los antropólogos forenses que identifican a los desaparecidos. Es el único que ha filmado tantas películas sobre este tema, pero advierte que no hace un cine social. Hace películas por la urgencia de darle sentido a todo lo que ha visto y escuchado. Su cámara es ese ojo que mira sin juzgar el drama sus personajes. Ellos no suelen decir lo que sienten o piensan. Por eso el cineasta usa el silencio, los diálogos puntuales. Como los mensajes en las antiguas películas de espías, lo que importa en las historias de Gálvez está escrito con la tinta invisible de la sugerencia.

—¿Por qué no hago películas más intensas, con menos silencios, con más acción? No sé, creo que tiene que ver con mi forma de ser. No verbalizo mucho, no soy muy evidente. Busco lo que dice un verso de Yorgos Seferis, que es mi mantra: «No quiero nada más que hablar con sencillez».

 

Antes de convertirse en un cineasta multipremiado, Héctor Gálvez era un chico tímido que escribía cuentos. A fines de los ochenta, en el barrio Sesquicentenario, en El Callao, el tercero de los hermanos Gálvez era conocido por sus amigos como el callado del grupo, el más cerebral, el consejero. En lugar de hacer bromas, prefería escuchar y observar. Hasta que un día, luego de leer La palabra del mudo, sintió la necesidad de crear una historia. Así nació El colchonero, el relato de dos chiquillos que espían a un fabricante de colchones que cada día llevaba una mujer diferente a su casa. «Gracias a Ribeyro supe que podía contar historias sencillas, cosas que pasaban en mi cuadra, que no tenían que ser épicas para ser fascinantes». Años después, mientras estudiaba producción de televisión en un instituto, el futuro cineasta convirtiría ese cuento en su primer cortometraje.

Para grabar El colchonero, Gálvez organizó una pollada e invirtió lo que había ganado haciendo unos videos para una oenegé. Luego vendrían algunos cortos más: un chico que destruye la casa paterna antes de mudarse, un vigilante que se enamora de un maniquí, un muchacho que roba dinero de la cartera a su mamá, un tipo atormentado por creer que su novia lo engañó con su mejor amigo. Todos eran cuentos suyos que luego transformaba en guiones. «Mi novia de esa época me decía que trabajara en vez de hacer cortos», recuerda. Al principio, sus padres —un ingeniero mecánico y una ama de casa chiclayanos— tampoco entendían: «No me desanimaban pero pensaban que solo era un hobby que no me iba a llevar a ningún lado».

Durante su adolescencia, Gálvez también comenzó a ver más cine. Pasó de mirar solo las películas que pasaban en la televisión, a vender diarios viejos a los vendedores de pescado para comprar entradas al cine Junín, en San Martín de Porres. En las tiendas de VHS conseguía películas de distinto género: desde Secretos y mentiras de Mike Leigh hasta Ghost. Pero fue durante sus veintes, la época en que hacía cortos y filmaba matrimonios, cuando comenzó a ver cine de todo el mundo en la Filmoteca de Lima y en DVD piratas. Así «conoció» a sus maestros: al ruso Tarkovsky, al serbio Kusturika, al español Buñuel, al iraní Kiarostami, al italiano Rossellini, al griego Angeolopoulos. «Siempre me gustaron las películas que, a pesar de tener un guión, parecen no tenerlo por lo buenas que son», explica el director. En el universo de Gálvez no hay malos, aciertos o errores, sino motivos, necesidades, miedos. Él mira a sus personajes con complicidad y respeto, intentando comprender sus verdades para capturarlas en imágenes. Como si el cine fuera, en palabras de José Watanabe, lo mismo que la poesía: «una fugaz y delicada acción del ojo».

Unos años antes de que Watanabe falleciera, Héctor Gálvez solía visitarlo en su casa. Ambos compartían una afición por las películas de mafiosos del japonés Takeshi Kitano. Un día de 2005, Gálvez le entregó un guion de ciento veinte páginas: la primera versión de Paraíso, la historia de unos chiquillos de un asentamiento humano, hijos de migrantes que huyeron de la guerra entre terroristas y militares. «Cuando lo llamé luego de unas semanas, admitió que no había pasado de la pagina quince —ríe Gálvez—. Me dijo que no parecía una película sino un documental». El director recuerda que, lejos de desanimarse, compró guiones de películas que le gustaban [como Barrio, del español Fernando León de Aranoa] y pasó varias noches reescribiendo. En una entrevista para la edición de DVD de Paraíso [que compitió en la sección oficial del Festival de Venecia], Gálvez contó que su trabajo estaba inspirado en la escritura de Watanabe y que solo le bastaba que una escena tuviera la profundidad de uno de sus poemas para sentir que su trabajo había valido la pena. «Héctor puede hacer poesía con huesos o chiquillos en un arenal. Es un artista del sentido», dice el escritor Jeremías Gamboa. «Tiene sensibilidad para mirar los tejidos de lo que están hechos las cosas», explica Jorge Castro, director de teatro. «Es muy sincero cuando escribe o filma. Nunca da por definitivo nada de lo que escribe. Sabe que él está para servir a la historia», sostiene el cineasta Josué Méndez. «Nunca lo escucharás gritar durante un rodaje, siempre se acerca si tiene que dar una indicación», cuenta Enid Campos, productora de casi todas las películas nacionales de la última década. «He hecho unas catorce películas y puedo decir que Héctor se distingue por la libertad que te da para crear —reconoce el actor Paul Vega, protagonista de NN—. Ha sido el mejor papel de mi carrera».

A pesar de los reconocimientos, Héctor Gálvez admite que siempre le queda el sabor de lo insuficiente, pero no se queja. «Es un motor para seguir creando, para mantener esa capacidad de asombro ante las cosas», dice el cineasta que no conserva los afiches de sus películas, ni los diplomas y trofeos que ha ganado con ellas. Sus padres son quienes lucen orgullosos esos premios en la casa del Callao. «Terminar una película es cerrar un ciclo. Es como resetear mi cabeza para empezar de nuevo». Por eso, luego de meditar en las mañanas y nadar por las noches, el director le sigue dando vueltas a otras historias que quiere contar. Piensa hacer un documental sobre los no contactados de la selva peruana, una película sobre la época en que filmaba matrimonios y un corto animado sobre El Guardián del Hielo, uno de sus poemas favoritos de Watanabe. Su próximo estreno no será una película, sino una pieza de teatro: la historia de una mujer que busca desesperadamente el cadáver de su esposo en una fosa de la sierra de Ayacucho.

—Desde que filmé NN me he dado cuenta de que mis historias tienen que ver con la ausencia, con gente que desaparece, que ya no está, gente que sufre las secuelas que deja la muerte —dice Gálvez—. Hay algo en esas historias que conecta conmigo.

—¿Y qué crees que sea?

—Te juro que no lo sé, y para ser sincero, no quiero saber. Me da miedo averiguarlo.

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