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[AS 191]Cuerpos sutiles

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Johanna Hamann es una de las más insignes representantes de la escultura contemporánea peruana. Para ella, el adentramiento plástico es reflexión, silencio y conocerse a sí misma. Hoy conmemora sus casi cuarenta años de obra artística con una muestra retrospectiva en el ICPNA de Miraflores. Una vida entregada a la comprensión del cuerpo y la forma.

Por Diego Olivas Arana/ Fotografías de Augusto Escribens

 

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La modelo se encuentra de pie con las manos cruzadas por detrás. La cabeza alzada al extremo, con la mirada hacia arriba. Magra y desnuda, su belleza contrasta con el significado que subyace a su posición. Parece sometida por algún destino incierto. Para Johanna, ella sugiere opresión. Deseaba desatar su imagen y esencia. Enlazar la contemplación de su modelo con la realidad, la historia o aquello que lleva dentro. Ello inspiraría Cuerpo I [Opresión], la mujer de cera de tamaño natural que iniciaría la serie El Cuerpo Blasonado [1997]: un reflejo tan cruento como noble de la vida, el dolor y la muerte. Refugios donde la anatomía femenina dialoga con el sacrificio, palpando una tanática liberación, como quizás refleje Cuerpo II [Libertad], una criatura antropoide de olivo cuyas piernas humanas y torso se extienden en un par de apéndices de madera gigantes, cual alas de polilla. Cuerpo III [Ejecución] revela la voluntad y fuerza de ir contra el cuerpo: una mujer de cera de cabellos largos y tenue sonrisa atravesada por una guillotina de acero inoxidable. El cuerpo sensible con fierro incrustado es una idea que se replica en trabajos anteriores, como Mujer de Madera o Esqueleto, que guardan connotaciones con la guerra interna del país. «Dentro de mí siempre interactúan dinámicamente elementos que me mueven de fuera para adentro y viceversa. Voy experimentando en el camino, lo que encuentro me lleva a lo siguiente».

 

Johanna Hamann [1954] no ha perdido tiempo. Su vocación se encauzó tempranamente: dibujaba y pintaba desde pequeña. A los diecisiete años era una de las estudiantes de la entonces Escuela de Artes Plásticas de la PUCP. Allí conoció y llevó cursos con Adolfo Winternitz, el recordado pintor austriaco fundador de la Escuela de Arte, la escultora italiana Anna Maccagno y la pintora abstracta Julia Navarrete. «Ellos transmitían su interior: hallar nuestro propio sendero para descubrirnos como artistas. Fue entonces que adquirí la fe en indagar quién quiero ser como artista». Su menuda promoción fue aquella sitiada por la naturaleza de una universidad que recién se mudaba al Fundo Pando, en San Miguel. Bajo esa atmósfera, Johanna exploró diferentes disciplinas artísticas, hasta que, al final, se entregó a la escultura. Concebía la posibilidad de vivir a través del arte, y arribaba a un mundo donde quería vivir para siempre.

Tras licenciarse como artista plástica en 1985, realizó una maestría en humanidades en la PUCP, que culminó el 2005 con una disertación sobre su proyecto artístico. Una etapa de lectura, cuestionamiento e investigación, en la que viajó desde el inicio hasta el presente de su obra para descubrirla como un continuum del cuerpo como propuesta artística. Johanna ha confrontado la corporeidad desde distintas miradas y discursos. Luego haría un doctorado sobre espacios públicos y regeneración urbana en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Allí estudió los monumentos en los espacios públicos de Lima durante los tiempos de Leguía [1919-1930]. Además, ha tenido numerosas exposiciones individuales, como también conferencias en el extranjero. A su vez, la docencia es parte sustancial de su trayectoria: dicta cursos de escultura en la PUCP desde hace treinta y dos años.

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Pronto serán cuatro decenios comprometidos con la escultura. Johanna pasea por los pasadizos de la galería Germán Krüger Espantoso. Es la primera vez que observa su obra reunida. Para Johanna, el proceso creativo es una lucha muy fuerte y solitaria. Hurgar insondablemente en sus adentros, con la intuición de buscar aquello que no acaba de concebir, pero cuya existencia anhela con locura. En la necesidad de crear su propio mundo, la lucha prosigue hasta extraerlo de sí misma, en materiales y objetos. Ideas, naturaleza y psicología que suceden en un tórrido claroscuro de sensibilidad, donde al acechar su obsesión a través del abismo, evoca lo finito del cuerpo y la eternidad del alma.

 

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