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[AS 192]Orieta Chrem- Beat it

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Orieta Chrem es DJ, productora, arquitecta, ingeniera de sonido, emprendedora, esposa. Sin necesidad de un discurso feminista, una mujer demuestra que se puede destacar en una escena musical superpoblada de hombres.

Por Cesár Becerra/ Fotos Alonso Molina

 

Es usual encontrar en los raves a un personaje tan entusiasta como latoso. Bañado en sudor y agitando la cabeza con éxtasis —el estado emocional, no la droga—, este ansioso melómano exige al DJ de turno que ya, de una vez, por favor, lleve el track hasta el clímax. «¡Revienta!», suele gritar, deseoso por un orgasmo musical. «¡Esa frase la he escuchado un montón de veces! Pero como lo mío era el minimal techno, no tenía ese momento cumbre que pedía el público», dice Orieta Chrem sobre su experiencia en fiestas grandes de música electrónica. Encontrarse con este estereotipo le parecía gracioso, aunque no siempre: «Era frecuente que se me acercara alguien y me gritara: “¡Revienta, flaquita!”. He reaccionado mal varias veces».

En algunas ocasiones, eligió canciones que luego nadie bailó: «¡Se siente horrible! En una época me gustaba mucho el breakbeats, pero en Lima no era muy conocido. Ponía mis canciones en las fiestas y nadie se movía. “¿Qué pasa? ¿Por qué nadie baila si es buenazo?”, pensaba». Orieta sufría, peor aun cuando entraba a Zona Rave, un popular foro de música electrónica de Internet, y leía las críticas demoledoras dirigidas contra ella. Lloraba.

Sin embargo, ello le permitió conocer a otros incomprendidos o freaks —como ella les dice— que tocaban una electrónica alternativa, dentro de una movida distinta, más underground. Eran jóvenes que apostaban, entre otros géneros, por el intelligent dance music o el drum & bass, estilos ajenos a las fiestas masivas. «Así descubrí, por ejemplo, a los chicos de Colectivo Auxiliar, que se hicieron mis amigos. Me metí más en el house, el minimal techno», cuenta Chrem. Con ellos, organizó fiestas en casonas y locales pequeños para un público reducido, pero diverso y ávido de propuestas diferentes.

También tuvo que lidiar con la etiqueta de ser una «DJ mujer». El género nunca le pareció relevante en su oficio, por más que existan más pinchadiscos hombres que mujeres. Por eso le parecía machista que la invitaran a eventos donde solo tocaban DJ femeninas. Ella es una DJ y punto.

Le tomó tiempo aceptar que su propuesta no se acomodaba a los raves y que no había nada de malo en ello. Comprendió que debía tocar lo que le apasionaba y que habría un público dispuesto a escucharla. Encontrar un lugar en el mundo no es fácil.

Al poco tiempo, su decisión fue respaldada por el reconocimiento. En 2004, postuló a Red Bull Academy, una iniciativa anual que selecciona a varios DJ de diversos países para sumergirlos en una experiencia formativa inolvidable: charlas, talleres y eventos. Fue la primera DJ peruana en ser aceptada en este programa. «Pasé dos semanas en Roma muy bonitas. La verdad es que, en ese momento, no entendí la magnitud de lo que había logrado».

Pese a tocar como DJ desde el 2001, ser conocida en Lima y haber viajado para presentarse en otros países de la región, Orieta no se había convencido de que podía vivir de la música. De hecho, cuando fue escogida por Red Bull, estudiaba Arquitectura en la universidad. Al año siguiente, se animó a estudiar Ingeniería de Sonido, una opción que rondaba en su cabeza desde que estaba por terminar el colegio. Habló con su papá, le contó que había averiguado lo que tenía que hacer y recibió su apoyo. Sin embargo, se quedó a terminar Arquitectura. Aunque seguía tocando como siempre. Formó con unas amigas Menores de Edad, banda de hip hop que nació casi como un juego. Tuvo un programa de música electrónica en Radio Filarmonía. Trabajó un año como arquitecta en el estudio de Titi De Col. «No, no me veía diseñando edificios. Me fui a Barcelona», dice Chrem.

Vivió cinco años en España. Se convirtió en ingeniera de sonido y conoció a Jesper Frederiksen, un DJ y productor danés, su actual esposo. Juntos han sacado adelante varios proyectos como Basal, un sello discográfico independiente; Any Shape, un dúo conformado por ellos mismos; y Qmulus Sound, un estudio profesional de audio. «Es bueno que compartamos el mismo trabajo. Tenemos el estudio porque confiamos mutuamente. Nos hemos peleado en momentos de chamba, pero ya nos conocemos y sabemos cómo manejarlo», admite.

Basal está inactivo por ahora, pero quieren retomarlo pronto. Any Shape sigue en marcha, aunque últimamente están tocando por separado. «¡Aprender a dominar estas máquinas toma tiempo!», se excusa Orieta, mientras señala unos dispositivos electrónicos repletos de perillas y botones. Anubis, el perro sin pelo de la familia, cruza el estudio: «Este es su lugar favorito».

El nombre de Qmulus Sound está inspirado en las nubes del tipo cumulonimbus, una referencia que seguramente surgió de la observación del cielo limeño desde el piso quince donde viven Orieta y Jesper. Ese espacio se empezó a gestar desde que ella volvió de Barcelona hace dos años. Les tomó un año investigar y construirlo. «Aquí, en Perú, no hay muchos especialistas en montar estudios, pero tuvimos la suerte de trabajar con el máximo experto: Alexis Campos. ¡Un capo! Hemos conocido a un montón de gente increíble en este proceso, desde el carpintero hasta el vendedor de los equipos. He aprendido muchísimo de este mundo», confiesa la DJ.

Asegura que todos son bienvenidos a grabar en Qmulus Sound, que ya tiene más de un año en funcionamiento. Se han encargado, por ejemplo, del último disco de su banda Menores (ex Menores de Edad). También han hecho locuciones, sonorización, postproducciones de audio para publicidad. Además, Orieta tiene un nuevo proyecto llamado More Coffee, junto al músico y compositor Alonso del Carpio. Le gustaría crear música para películas, uno de sus sueños: «Cuando era niña, bajaba el volumen del televisor y subía el de la radio. Me encantaba poner audio a lo visual».

 

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Actualmente, Orieta Chrem está trabajando en un remix para la banda Pangolin Sound System. Mientras observa la pantalla, cuenta que empezó a tocar en una época en la que no contaba con todas las herramientas actuales. No había YouTube ni redes sociales para ver tutoriales ni seguir de cerca a los artistas favoritos. Se tenía que investigar con más empeño. «Igual, Internet es un gran aliado para mí. Como espacio de formación y como medio para difundir mi música, Internet ha sido todo», asegura.

Su remix suena más acelerado que la versión original de Pangolin, con una base más grave y resonante. Ella sonríe y mueve la cabeza al compás de los beats. Se le nota satisfecha. Al preguntarle qué opina sobre la tecnología análoga, responde que le encanta y compara la música con la arquitectura: «Es como hacer una maqueta con cartones o en la computadora. A veces, estar con el mouse para hacer música puede saturar. Tienes opciones infinitas para transformar una canción y, encima, distracciones como Facebook. ¡Marea! En ocasiones, es bueno dejar ese millón de herramientas, quedarte solo con tres análogas y hacer maravillas. Ahorita existe una gran tendencia hacia eso: más hardware, menos software».

Orieta habla en serio. El mes pasado organizó un evento llamado El Club de los syntes en Jabberwocky, club ubicado en Barranco donde alguna vez funcionó Bossanova, uno de los bastiones de la movida electrónica en Lima. La idea era convocar a personas que poseyeran un sintetizador para que se juntaran y tocaran en un jam session. No tenían idea de lo que podía pasar. «Unas veinte personas llegaron con sus sintetizadores. Vi equipos que no sabía que estaban en Lima. Gente que solo fue a escuchar me decía que también tenía syntes en casa, pero que no se había animado a llevarlos. El próximo evento será más chévere, sin duda», dice la DJ.

A sus 31 años y lejos de los adictos al trance que le pedían «¡Revienta, flaquita!», Orieta Chrem aún tiene búsquedas pendientes. El bajo perfecto, por ejemplo. Un nuevo color para su cabello siempre cambiante. Que Qmulus Sound siga evolucionando. Beat en inglés significa ritmo, pero también golpear una y otra vez. Curiosa coincidencia que bien puede definir lo que ella ha hecho en estos quince años de carrera: insistir a punta de ritmos.

 

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