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El eterno retorno de las piedras rodantes

Por Enrique Carro Filósofo y escritor

 

El eterno retorno de las piedras rodantes

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No recuerdo la primera vez que escuché a los Rolling Stones, creo que nadie de mi generación lo recuerda, creo que nacimos sabiendo sus canciones. Y, la verdad, no es tan disparatado pensarlo, ya que, para finales de los ochentas, cuando nosotros nacíamos, el grupo llevaba veintitantos años rodando y treinta años después lo siguen haciendo.

Su música forma parte de la banda sonora de nuestras vidas, con especial incidencia en aquellos que caímos rendidos ante el rock and roll en la época de la rebeldía. Es curioso, porque sus temas fueron íconos de la caótica década de los sesentas, tiempos en los que nuestros padres ni siquiera se habían conocido, y podría habernos resultado algo anticuado, ciertamente melancólico y lejano para nuestros espíritus veinteañeros, confusos y progresistas. Pero no fue así. La música de los Stones siempre me resultó cercana, como una brisa fresca que estimula el pensamiento y llama a vivir con furiosa vocación.

Creo recordar el día en que, en compañía de unos amigos, me enganché definitivamente. La cosa fue más o menos así: estábamos haciendo previos en mi departamento, y puse el DVD del concierto en Río de Janeiro que la banda ofreció en el 2006, ¡con un millón trecientas mil personas viéndolo! Bastaron dos canciones y media botella de ron, para que la noche nos incrustara en las primeras filas de aquel mega show, y lo viviéramos con esa mágica intensidad con que los limeños imaginamos las cosas que no pudimos vivir. De pronto, estábamos en el Monumental, salpicados del sudor de los músicos, saltando junto a miles de peruanos enardecidos, pasándonos cosas ilegales y traduciendo Jumping Jack Flash al abstruso idioma del tarareo. Mick Jagger movía las caderas al ritmo de la guitarra de Richards; las coristas de Brooklyn nos escarapelaban la piel con sus aullidos; Ronnie daba lo suyo, entrelazándose a las notas de Keith, creando ese tejido musical, siempre acompañado por Watts en la batería, serio, parco, implacable. Fueron dos horas inolvidables, que terminaron con nosotros tres tirados en el sofá de mi casa, borrachos, sobrecogidos y emocionados. No recuerdo nada más de esa noche, solo que al día siguiente me faltaba el dinero de las entradas del concierto al que nunca fuimos.

Esos años eran así, una locura tras otra, todos los sábados eran los últimos sábados de nuestras vidas; los domingos eran días inexistentes que empezaban cuando se ponía la tarde; y de alguna manera el blues de los Stones armonizaba con todo aquello. Pero la intensidad y el desenfado de aquellas noches se transforman con los años, se convierten en algo distinto. Y la música y los discos no han dejado de dar vueltas, pero sus melodías nos abren otras puertas desconocidas con las que descubrimos nuevos momentos, nuevos estados. Creo que los Rolling Stones son la banda de rock and roll más grande de todos los tiempos porque ha sido capaz de ponerle su música a todos esos momentos, a todos esos estados, y siempre a través de sonidos tradicionales que parecen traídos desde el origen de las cosas.

Hace unos días me enteré que Mick y compañía empiezan una nueva gira, y que, al fin, pasará por Lima. No voy a negar que me entristeciera estar al otro lado del mundo en estos momentos y no poder realizar la fantasía de verlos y de gastar esas entradas que nunca compré. Así que para mitigar la frustración puse un concierto de los Rolling y oí todas esas viejas canciones que me devuelven a los veinte años, a esas noches infinitas de amigos y amores perdidos. Entonces me detuve en una canción especialmente nostálgica, que Jagger y Richards compusieron, pero no solían tocar porque les daba vergüenza. La canción dice que la riqueza no lo puede comprar todo, y que no puede hacer que las cosas viejas vuelvan a ser nuevas otra vez. Escuchando As tears go by volví a esa noche, con ese par de amigos; y otra vez puse ese DVD; otra vez bebimos esa botella de ron y otra vez, viendo a la banda de nuestras vidas rodando sobre el escenario, asistimos al embrujo de su música, que hace que las cosas viejas que hemos visto y oído tanto, vuelvan a ser nuevas, de repente y sin más.

 

 

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