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El eterno sobreviviente

Por Edmir Espinoza / Ilustración de Laura Cuadros

 

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El legado del incombustible guitarrista de los Stones, o cómo un rockstar brillante y autodestructivo se reinventó, y hoy escribe libros para niños ilustrados por su hija, al tiempo que mantiene viva a la banda más legendaria de la historia reciente del rock.

Keith Richards es un error estadístico. Una casualidad improbable al que muchos atribuyen un secreto pacto con el mismo diablo. Es el paradigma del músico brillante, amado y autodestructivo que debió morir temprano -como tantos otros genios- y que a pesar de toda lógica ha permanecido no solo vivo, sino vigente y a cada momento engrandeciendo la leyenda que se yergue sobre él. Su sola existencia, después de largas temporadas sumido en el alcohol, la cocaína y fundamentalmente la heroína, ha despertado toda clase de mitos urbanos. Tony Sánchez, otrora amigo, asistente y dealer del guitarrista de los Stones, cuenta en su libro ‘Yo fui el camello de Keith Richards’ que ayudó al músico a contactarse con un médico que durante años se dedicó a hacerle transfusiones totales de sangre, a fin de limpiarlo de las ya evidentes consecuencias del consumo sistemático de drogas.

Su satánica majestad no ha sido la única ni la última estrella en entregarse a los excesos de los estupefacientes; hubo otros que como él, no tuvieron ningún remilgo en confesar sus preferencias por las sustancias prohibidas. Pero solo Keith Richards ha vivido para contarlo y hoy, absolutamente vigente a pesar de sus setenta y dos años, puede jactarse con ironía –y sin un ápice de arrepentimiento– de ese pasado lisérgico y venenoso al que dice no extrañar.

Quién lo diría. El cascarrabias y toxicomaniaco prodigio de la música, considerado el cuarto mejor guitarrista de la historia, hoy convertido en un escritor de obras infantiles y actor de reparto de Piratas del Caribe, una de las sagas más taquilleras del cine contemporáneo. Y aun así, reciclado y edulcorado, el gran Keith continúa siendo una fuerza de la naturaleza. Preparando la gira sudamericana de los Stones y planeando cómo diantres convencer al resto de la banda de, a su regreso, enclaustrarse después de casi diez años en un estudio de grabación para sacar un nuevo disco.

Así envejece el gran rockstar, míster Richards. Con estilo y la energía vital de un adolescente, pero con la sabiduría de quien lo ha vivido todo. El mismo que hace cuatro décadas aseguraba que nunca tendría una sobredosis en el baño de otra persona pues le parece la cumbre de los malos modales, hoy confiesa que dejó el mundo de las drogas para salvar a los Rolling Stones, y que con los años se ha convertido en un músico exigente. «Sinceramente, todo nos parece una mierda, menos lo nuestro».

Keith Richards es un sobreviviente. O más específicamente, un escapista. Un mito atemporal que sobrevivió a un violento repertorio de fama, dinero, drogas y rock & roll, que casi siempre trae finales prematuros y letales. Escapó de la sombra inmensa y omnipresente de Jagger, de sus poses de divo y su perfección. Del alcohol, la coca y la heroína. Del ostracismo y el aislamiento absoluto, propio de una estrella descarriada. Pero por sobre todas las cosas, Sir Keith Richards escapó del aburrimiento, una, otra, y otra vez. Y al día de hoy, sigue haciéndolo.

 

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