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El mercado más grande del mundo

Al día, recibe casi medio millón de personas. Tiene una extensión de 45 mil metros cuadrados (es decir, la tercera parte del Callao). Es más antiguo que el Descubrimiento de América. El Gran Bazar de Estambul, en Turquía, es la otra cara del shopping tal como lo conocemos. El cronista argentino Cicco estuvo allí y nos cuenta en exclusiva su travesía.

Texto. Cicco / Ilustración. Felipe Esparza

 

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Hay puertas que conducen a casas, puertas que conducen a iglesias y templos, y puertas que son la entrada a otra dimensión. Si no, ¿de qué otra forma llamar a estos cuatro portones que seis veces a la semana abren y cierran, cual número de magia, el Gran Bazar de Estambul, uno de los mercados más antiguos de la humanidad, edificado en 1461 por el sultán Mehmed II, con más de 12 mil productos diferentes en exhibición y ni un solo cartelito con los precios? Si existe el túnel del tiempo, está cifrado en la cartografía de estas 3600 tiendas, que huelen a especias, humedad e incienso, cuando los shoppings no estaban ni en la mente de los escritores de fantasía.

«Soy amigo del conductor argentino Marcelo Tinelli. ¿Lo conocés?». El que habla es turco, se llama Fatih Kaya y es uno de los socios de Erol Carpets, un local de alfombras de colección. «Marcelo y yo nos saludamos por las fiestas. Vino una vez a comprar y surgió una linda amistad». En el Gran Bazar, buena parte de los 26 mil empleados como Kaya hablan tres idiomas, y si sueltan la lengua, te contarán alguna historia que envuelve a un famoso visitante del local. Saque las cuentas: llegan, en temporada alta, 400 mil personas al día —años atrás, a razón del 550.º aniversario, fue el monumento más visitado del mundo—. Algún famoso tiene que caer. No tiene alfombra roja, pero para las celebrities es como si la tuviera. Hay un perfume que atrae a todos por igual: ricos y pobres, famosos e ignotos, santitos y farsantes, despilfarradores y regateadores.

A la tienda de Kaya, por lo pronto, llegaron desde el presidente de Chile, Sebastián Piñeira, hasta el rey y príncipe de Malasia buscando alfombras para su palacio. Ambos fueron motivo de un artículo en la revista National Geographic, cuyo recorte lucen en la vidriera del negocio. «Somos el local más grande del Bazar», dice Kaya, orgulloso. Apila 15 mil alfombras en depósito y 900 en este comercio. Las de seda —que el hilandero tarda dos años en confeccionarla— cuestan alrededor de 30 mil dólares, y las más accesibles, 15 mil. «Si viene gente con poco dinero, les hacemos una rebaja para que puedan llevarse algo. No nos interesa sacar tanto margen, sino que todos puedan comprar».

Vaya adonde vaya, el Gran Bazar está repleto de relatos. El local de cerámicas de diseño de Mustafá Ercan ha sido visitado por personalidades como el emir de Catar y Louis Vuitton. A veces llegan representantes del British Museum para preguntar por alguna reliquia en particular. Una tarde pasaron por allí la empresaria Martha Stewart y la protagonista de El diablo viste a la moda, Anne Hathaway. «Anne nos compró un set de bandejas y a Martha le hicimos un plato especial. Mira, aquí tienes las fotos con ellas», dice Mustafá, junto a un jarrón de cuarzo estilo otomano que vende a 5 mil euros —tiene mil piezas; la más barata, un mosaico de 100 euros—. «Solo los turcos saben trabajar así el cuarzo. Esto es un conocimiento de los tiempos de los otomanos. En lo personal, si me cae bien el cliente o veo que le interesa el arte, le bajo el precio. Si no, no».

El Gran Bazar es como un boxeador veterano: nada lo derriba. Ha sobrevivido a veinte incendios y terremotos. Cayó y lo levantaron. Lo consumieron las llamas y lo levantaron. Siglo y medio atrás, durante el Imperio otomano, la gente se proveía de todo en este lugar, de ropa a alfombras, de especias a adornos. A Estambul, la antigua Constantinopla del Imperio romano, llegaban los productos de Oriente que buscaban sitio en Europa. Podías conocer en qué andaba el mundo solo entrando aquí. Ahora es una atracción turística. Los viajeros que llegan a la ciudad más grande de Turquía —10 millones cada año, una de las diez más visitadas del mundo— se zambullen en este túnel del tiempo de 61 calles para comprar como antes: siguiendo el olfato, el ojo y el sentido común. Alquilar un puesto pequeño en una zona poco concurrida cuesta desde 2 mil dólares, y hasta 20 mil en la calle principal, donde se agolpan las tiendas de joyas, el rubro más popular.

Basta con entrar al Gran Bazar para perderse. Cuesta dar con la calle. Cuesta recordar la esquina donde estaba esa oferta de especias o de portalámparas. Lo que hace uno, durante horas y horas, es mirar vidrieras y conversar con los encargados, mientras busca su camino de regreso a la calle, donde lo esperan más y más negocios.

Los turcos son buena gente: te ayudan a encontrar la calle y te pagan el bus si no tienes la tarjeta automática para viajar; son los primeros en asistirte si te ven perdido en medio de la multitud. Parecen boy scouts sin gorrito, guías turísticos sin título. «Los turcos somos amigables: sonreímos todo el día», asegura Nedim, y, por las dudas, sonríe. Hace cuatro meses inauguró un local de especias, donde convida dulces turcos y té a los clientes. Su producto más caro: azafrán iraní a 25 dólares el gramo. «Tengo fábricas de especias con mi hermano. Además, traemos algunas de India, Irán, España y China. Vendemos 1200 dólares diarios en temporada alta. Es un buen negocio».

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Están convencidos de que, si existiera un seleccionado mundial de vendedores, estaría formado por turcos. Y en este Gran Bazar jugarían los mejores. «A los turcos nos gusta la hospitalidad. Invitarte a tomar o comer algo es muy común acá», dice Seda Türk, responsable de comunicaciones de Turkish Airlines, la aerolínea nacional del país. «Como solemos venir de grandes familias, nos gustan las mesas llenas de gente. Les contamos todo a nuestros amigos. Nos gusta la multitud. Y actuamos más con el corazón que con la cabeza. Será por todo eso que caemos tan bien a la gente». Mire a este hombre, por ejemplo: un típico vendedor del Bazar. Llamémoslo Oguz. Debe pesar más de 100 kilos y tiene un local de lámparas desde hace más de 30 años. Para demostrar por qué sus portalámparas de vidrios de colores, originarios de Turquía, son más resistentes que los chinos, Oguz hace una prueba de fuego: descarga todo su peso y los aplasta cual hormiga negra. Y ahí se queda unos segundos con un pie sobre el portalámparas y el otro en el aire, hasta que uno, al cabo de un tiempo, acepta el precio y lo compra. Tal vez su inglés no sea muy bueno, pero la solidez de su performance es más que convincente. «Y, además, por ser latinos, les hago un 30 % de descuento», remata Oguz.

Así son las cosas en el Gran Bazar: lo pidas o no, todos están dispuestos a hacer descuentos. Es posible obtener una rebaja a la mitad del precio inicial sin abrir la boca. Solo basta con observar un producto cualquiera con insistencia y poner cara de «pero-miren-qué-interesantísimo-esto». El vendedor se pondrá a su lado, calibrará su nacionalidad, rebuscará un idioma en común, e irá bajando el precio del producto en cuestión, sin necesidad de que usted diga nada.

Dogani Sevim trabajó seis años en una tienda de alfombras de una familia de judíos sefaradíes. «Aprendí con los mejores», dice. Ahora atiende en una de las joyerías del Bazar. Habla seis idiomas, incluido el español. «Esto no es nada: mi jefe de entonces hablaba doce». Fatih Akdeniz está al frente de un local de pipas de espuma de mar, una piedra única de Turquía. Aunque conoce tres lenguas, siente que es poco. Su pieza más cara: una pipa de 6550 liras turcas —al cambio, 3 mil dólares— con un jinete esculpido en la punta. «En temporada alta, llegan 100 personas por día al local. Hay que rebuscárselas para entenderlos», dice Faith, en español.

Como en todo país musulmán, cinco veces al día resuena aquí el llamado a la oración, y los vendedores corren a las cuatro mezquitas del Bazar, previo paso por las fuentes de agua para la purificación ritual. Allí rezan unos y otros, codo a codo, competencia en la vida comercial, pero hermanados en la vida espiritual.

Ir de compras en el Gran Bazar es una forma de conocer culturas, beber té a montones y, sobre todo, tomar un curso acelerado de regateo. «El regateo acá funciona así», afirma Leo Ferrari, argentino que ha viajado varias veces a la ciudad. «Uno rebaja el precio hasta que el vendedor se enoja. Cuando eso sucede, quiere decir que ha llegado al límite. A partir de ahí, él ya no saca margen de la venta». «Olvídate: son muy hábiles», dice Manzur, argentino musulmán dedicado a la distribución de tés saborizados, quien un año atrás pasó por el Gran Bazar. «Los turcos siempre salen ganando. Por más que llore y patalee, o te rebajen el precio a la mitad, nunca pierden».

¿A quién no le gusta escuchar una buena historia? Como la de ese sable cubierto de polvo, azotado por mil batallas, que atravesó océanos para llegar hasta el Bazar, y que le había pertenecido al ejército de un remoto emperador en Lejano Oriente. Son fábulas para los turistas. Las historias en el Gran Bazar cotizan más que los propios objetos. Pero Turgut Cumdurur, desde hace seis años al frente de una tienda de antigüedades llamada Time Antique, dice que, la mayoría de las veces, una buena historia es sinónimo de cuento. Aquí tiene bandejas de plata de fines del siglo XIX que cotizan a 20 mil dólares y antiquísimos íconos rusos que cuestan 22 mil. «Mire, yo no soy buen vendedor —reconoce Turgut­—. ¿Sabe por qué? Porque no miento. Yo puedo decirte de dónde proviene el objeto o de qué fecha data, pero no voy a fabricarte un cuento para que lo compres. Y acá, en el Gran Bazar, los mejores vendedores son los que mejor mienten». Mentira o verdad, lo que importa, en muchos casos, es concretar la venta. Y si la venta está empapada de una historia inmemorial, mejor aún.

Se hace de noche en el Gran Bazar. Los cuatro portones se cierran. Sin el glamour del shopping, con aires de museo vivo, parece una antigua fortificación que se atrinchera hasta el nuevo amanecer. Uno parte de allí cargado de bolsas, abriéndose paso entre la multitud de turcos que salen del trabajo en la luminosa y tumultuosa Estambul. Tal vez, en el Bazar compró baratijas que nunca usará, aprovechó descuentos que no eran descuentos, o llevó una supuesta antigüedad, que es en realidad una novedad Made in China. Pero nada de eso importa al abandonar el mercado más grande del planeta. Uno sale con una buena historia para contar y eso no tiene tiempo ni precio alguno.

ella

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