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El norte tambien existe

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Paisajes paradisíacos pueden encontrarse a pocas horas de Lima, rumbo hacia el «Norte Chico». Una ruta que comprende ciudades como Casma y Chimbote, espacios donde reinan las dunas, los mares vastos y azules, y la riqueza arqueológica.

Texto y foto por Verónica Lanza

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El arduo trayecto hacia Áncash, departamento ubicado a 370 kilómetros de Lima, recompensa al viajero con hermosos paisajes de dunas desérticas y playas infinitas que se suceden a través de las ventanas del auto. Si no tiene apuro en llegar y considera que una de las atracciones del viaje es el camino, deténgase en Barranca a almorzar en el restaurante familiar Sombrillas. En caso que el calor apremie su ruta, puede relajarse y sumergirse en alguna de las playas de Huarmey, como Río de Janeiro, una irresistible combinación de aguas azules y rocas negras, cuya escenografía se asemeja a la del Pan de Azúcar brasilero. También puede pasar por Gramita, una de esas playas con encanto de pueblo, donde los vecinos andan descalzos por las calles y el tiempo transcurre lentamente. Sus muchos kilómetros de playa virgen propician los campamentos improvisados a la orilla del mar (aquí es permitido y seguro). A un kilómetro de distancia, se encuentran Las Aldas, un poco conocido sitio arqueológico habitado desde hace cinco mil años, en tiempos de los chimúes. Del lugar impresiona la fuerza creadora y visionaria de sus antiguos habitantes, quienes levantaron un importante centro ceremonial en un lugar desértico y al pie del mar, rodeado de aldeas cercanas que practicaron el trueque de recursos marinos con los agricultores de la cuenca de Casma. Si viaja en temporada de baja marea, puede acceder a pie hasta una pequeña isla frente al hotel Las Aldas.

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Cinco kilómetros hacia el interior, se encuentra un triángulo arqueológico constituido por el templo de Chanquillo, la Pampa de las Llamas (Mojeque) y el Cerro Sechín. En cualquier época del año, son lugares ideales para realizar excursiones a pie o a bordo de su camioneta y disfrutar de sus energías místicas. Pasear por el observatorio solar astronómico más antiguo de América e imaginar cómo los pueblos prehispánicos seguían los solsticios y equinoccios gracias a sus trece torres no tiene precio. En la ciudadela fortificada de Sechín, contemple las estelas de piedra con representaciones de sacerdotes guerreros y víctimas descuartizadas durante los sacrificios humanos de hace cuatro mil años.

La aventura playera empieza en Casma, la «Ciudad del Eterno Sol», sumergiéndose en la apacible bahía de Tortugas, así nombrada por la forma de la isla situada frente a la ensenada. A salvo de un turismo salvaje, sus playas sorprenden por un mar siempre tranquilo, que permiten observar a los tiernos pingüinos de Humboldt, confundidos entres pelícanos y albatros de patas azules. Aquí, a mitad de la bahía, puede dar rienda suelta a su hambre en el extravagante Marchella Gourmet Restaurant, con decoración art deco y soundtrack de los años veinte.

 

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Los amantes del trekking, del campamento salvaje, o simplemente aquellos que buscan paz deben conocer las caletas de El Campanario, Bernardino, El Litro y Punta El Huaro. Tendrán que tomar en cuenta bajadas y ascensos escarpados, en medio de una arena tan caliente que parece estar a punto de hervir. Vale la pena explorar entre los escollos, acunados por los sonidos del viento y de las aves, y admirar las faenas quietas de pescadores y recolectores de la zona.

A veinte minutos en carro desde Casma, Akela Tours ofrece paseos de buggy arenero y sandboarding sobre tablas especiales a la Manchán, la duna longitudinal más larga del mundo, y a la Huamanchacate, ubicada un poco más al norte, a diez minutos en auto desde Chimbote. Allí, la duna de la playa Vesique es la elegida por los legionarios de este deporte.

 

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A simple vista, Chimbote parece un conglomerado de actividades comerciales, de producciones pesqueras y siderúrgicas. Hoy se distingue por sus notables esfuerzos por la recuperación de la bahía El Ferrol. La Isla Blanca, sinónimo de aguas cristalinas y tibias, invita a remar en kayak y a tirarse al agua para bucear entre conchas de abanico, almejas, choros, maruchas, cangrejos, caracoles y —con suerte— lobos marinos. Su rincón más paradisíaco es la playa de arena blanca Las Conchuelas. Esta gema, aislada del océano Pacífico hacia el noroeste de la ciudad de Chimbote, solo es accesible desde el exmuelle de Napo. Gracias a su relieve empinado y rocoso, desprovisto de vegetación, esta isla virgen se ha convertido en hábitat y refugio de varias especies de aves guaneras, como pelícanos y gaviotas, guanayes (patillos), zarcillos y albatros de patas azules. Las opciones gastronómicas del lugar son variadas y frescas. Las palmas se las lleva el Marino Bar, que prepara, entre otros potajes marinos, un contundente cebiche de anchoveta llamado cevichón. No menos frescas son las noches del Nuevo Chimbote, a espaldas de la Plaza de Armas.

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Hacia el interior de la cordillera de Áncash, con dirección hacia Caraz desde el distrito de Nepeña, tras una hora de curvas, atravesando un paisaje lunar, seco y desnudo de vegetación, se llega al santuario costeño de Punkuri (pungu, en quechua, significa ‘puerta’), donde se levanta, según Mincetur, el templo de barro más antiguo de la América prehispánica. Mas allá de las modas, es inolvidable el sabor del pan artesanal del pequeño pueblo de Moro. Los vecinos, productores de trigo, centeno y cebada, son más que amables con los visitantes. Procure que le conviden un picante de cuy, crocante gracias a la preparación en un horno de leña, acompañado de un ají regional preparado con mortero por las señoras del pueblo. En los caseríos de aquí, aún se trabaja la tierra con la tradicional maruna, un arado de palo de origen incaico.

A solo cinco minutos de Moro, las recientemente mejoradas cataratas de Hornillo son el orgullo de los pobladores. Sus piscinas de aguas templadas funcionan como amplios salones de hidromasaje natural. Caminando a pie durante quince minutos, podrá encontrar las ruinas de las Doce Ventanitas, una exquisitez de la naturaleza que probablemente funcionó en el pasado como un centro de culto. ¿Qué más pedirle a este rincón de paraíso natural, sino gozar del panorama con un buen pisco a la mano, echados en las piedras calientes de un escondido oasis norteño?

 

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