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[AS 187] El señor de los caballos

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Alonso Valdez Prado nunca dejó de saltar. Ha atravesado todo el circuito olímpico junto a sus colegas equinos, saltando en los Juegos Bolivarianos, Sudamericanos y Panamericanos, donde el año pasado en Toronto se convirtió en el primer jinete nacional en clasificar a los Juegos Olímpicos de salto ecuestre, en Río de Janeiro 2016. Un hecho insólito para la equitación peruana y el deporte nacional.

Por Diego Olivas Arana Fotografías de Augusto Escribens

 

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Alonso Valdez Prado [37] descubrió los caballos de pequeño. La equitación fluía latente en la historia de su familia. Su abuelo materno jugaba polo. Su padre, ahora un gran seguidor del deporte, solía montar caballo de niño. Creció encantado por los équidos, y a los doce años arrancó su atracción por el salto ecuestre. Fue campeón nacional tres veces en las categorías infantiles y juveniles. Había surgido una promesa de la equitación. De pronto, ingresó a la Universidad de Lima a estudiar administración de empresas y se incorporó al negocio familiar, la tradicional Cristalerías Ferrand. La vida prevaleció a la pasión equina. Temporalmente. Un día, mientras acariciaba silente las crines del corcel de una amiga, una pregunta incendió con fuerza sus adentros: «¿cómo dejé esto tanto tiempo?». Retornó a las prácticas del salto ecuestre y pronto montaba representando al Perú en el circuito. Esto aconteció aproximadamente hace ocho años.

Así, participó en los Juegos Bolivarianos 2013, en Chile 2014 y quedó en el puesto treinta y nueve en el Mundial de Equitación de Normandía. Siempre con Ferrero Van Overis, su caballo estrella, volvió a saltar en los Juegos Bolivarianos en el Perú y los Sudamericanos en Chile, donde clasificó a los Panamericanos de Toronto 2015. Allí obtuvo uno de los seis cupos individuales de Latinoamérica para participar en los Juegos Olímpicos Río de Janeiro 2016. Doce peruanos representarán al Perú el próximo agosto, pero sólo uno de ellos llegará con su caballo para el mundial de salto ecuestre. «El sueño de cualquier deportista es representar a su país en los Juegos Olímpicos. Participar es un triunfo y un desafío». Con una clasificación individual, Alonso representa a todo el equipo de Perú.

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Ser el señor de los caballos implica contar con más de un compañero cuadrúpedo, y es en esa instancia de la infraestructura, la posesión de una caballeriza, donde el jinete consolida esta relación. La de Alonso se llama La Quadra y se encuentra en Cañete. Allí tiene muchos caballos, yeguas y potrillos. Futuros saltadores. Cigale es una hermosa yegua blanca de fina estampa y crines trenzadas con la que entrena. Juntos salen a saltar a Cerro Azul, entre las olas y la brisa del mar.

Alonso también cría caballos en el extranjero. Uno de ellos es Ferrero Van Overis, un padrillo belga de diez años cuya genética de salto se arraiga bastante atrás, al ser hijo de otro caballo famoso, Darco. «Ferrero es noble y elegante, todo un crack».

En la equitación, se le llama ‘binomio’ a la interacción perfecta entre caballo y jinete. Cultivar la relación con un caballo es comparable a conocer y adaptarse a una persona. Según Alonso, tal conexión esencial se da sobre la base del descubrimiento recíproco, un proceso que puede tardar hasta un año. «Siempre he creído en el respeto mutuo entre estos animales. No se trata de una herramienta para realizar el deporte. No es un auto de carreras o una tabla de surf. Es un ser vivo, un atleta cuya condición física y anímica es primordial».

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Al saltar para sortear los obstáculos, Alonso Valdez Prado y Ferrero Van Overis se vuelven uno, parecen reflejar el grácil vuelo de alguna criatura ilusoria. «La adrenalina se encuentra en cada salto, vuelta, recorrido u obstáculo». Alonso contempla la pasión del salto ecuestre como una fascinación imposible de describir. «Esos dos segundos del salto son como volar. No existen palabras para transmitirlo», confiesa maravillado. En un video del 2014, él y Ferrero saltan en Rotterdam: el binomio campea entre el circuito. Él lleva casco, botas negras y su chaqueta de montar azul; Ferrero lleva una montura blanca sobre su pelambre marrón, la nívea raya sobre su rostro, sus crines y cola refulgen de vigor. Ambos destilan portento. Al impulsarse para el salto, el equino recoge sus patas traseras y delanteras, también teñidas de negro, y por un instante, al saltar, evoca aquella misteriosa caricia hacia el cielo.

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