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Gabriel Alegría – Fondo Negro

Junto a su sexteto, ha llevado el jazz afroperuano a los grandes escenarios del mundo logrando en el 2015 ser catalogado como el mejor grupo de latin jazz del año por The New York City Jazz; y como el mejor ensamble de jazz por el Hot House Magazine.

Fundada por Abelardo Vásquez, creador de ese alcatraz que alienta la piromanía bailable y el disloque de caderas, Negrita ven, préndeme la vela, la peña Don Porfirio, y, para ser más exacto, su tabladillo, ha sido altar de la música criolla y afroperuana por más de treinta años. Subir al escenario es enfrentar a viejos zorros que llevan la criollada entre las fauces, un jurado que no tolera el manoseo de la guitarra y el cajón, sino la caricia correcta. De no ser así, muerden la autoestima con expulsión inmediata y vergüenza ajena: «¡A ver ese chiquillo que está jugando con la guitarra bájese de ahí!». Y ya: una carrera truncada.

Hasta que le toca el turno a uno. «¡Alegría yo he escuchado lo que ustedes hacen! ¿Por qué no traes a tu grupo?». A veces sentir miedo es poco, dice Gabriel Alegría, en ese entonces un muchacho que acababa de formar su sexteto de jazz afroperuano y asiduo a las peñas porque «es necesario jaranear con la gente para ver cómo es el verdadero espíritu de esta música». «Ya pues», contestó a la invitación, como si no pasara nada, cuando, en realidad, le temblaba el alma. Fue un viernes de hace ocho años, y recuerda que fue viernes porque el público de ese día «es el más bravo de todos». Esa noche se graduaron de la real academia de la música criolla y afroperuana, una manera diferente otras formas de alcanzar maestría sin recibir diplomas: «Ahora somos caseros, nos invitan lomo y no nos cobran entrada». Ocho años después, Gabriel recuerda y se prepara para tocar esta noche en el Club Nacional. Necesita con urgencia un terno, uno de esos protocolos de los que ni siquiera el talento escapa. «Yo, como cualquier otro chico, me inicié en la música tocando en la banda del colegio». Hace menos de una semana ha llegado de Nueva York, donde vive, y no ha metido un terno en la maleta. «Mi papá [el destacado dramaturgo Alonso Alegría] tenía un trabajo en Ohio, Estados Unidos; y ahí había una jazz band escolar en donde comencé tocando de todo un poco. Ahí descubrí el jazz». Específicamente, una canción de Miles Davis: Round Midnight. A su regreso a Lima, con el previo conocimiento de jazz, ingresa al Conservatorio Nacional donde junto con músicos de su generación como Hugo Alcázar, Andrés Prado, César Peredo y José Luis Madueño, descubre la música afroperuana. En el 2005 funda el sexteto integrado por él (trompeta), Laurandrea Leguía (saxofón), Freddy “Huevito” Lobatón (percusión), Hugo Alcázar (batería), Yuri Juárez (guitarra) y Mario Cuba (contrabajo). En 2015 fue catalogado como el mejor grupo de latin jazz del año, por The New York City Jazz; y como el mejor ensamble de jazz por el Hot House Magazine. «Desde el 2005 hemos tenido muy buena suerte con la crítica y los medios especializados en jazz en el exterior».

¿Jazz afroperuano? ¿Y eso cómo se come? A pesar del esfuerzo de Gabriel y compañía por difundir la música afroperuana por el mundo, hay un sector de la industria que sostienen que el jazz afroperuano, como tal, no existe. «Sí, hay mucha gente que dice eso. Músicos, incluso, que no les gusta ser clasificados o estereotipados bajo un género. Es como si yo te diga: te voy a invitar un líquido negro con burbujas, me vas a decir que no. Pero si te pregunto si quieres una Coca Cola helada, es más fácil que la aceptes, ¿no? Eso es parte de la industria y la música no es distinta. Los músicos no estamos pensando en qué genero se acomodará a lo que hacemos, sino en cómo hacer para lograr una sonoridad bonita que conmueva a alguien. Pero después, cuando haces un producto y tienes que marquetearlo, es distinto. Se encasilla en géneros porque es más fácil: esto es rock, esto es pop, esto es jazz… etcétera. Y es un poco caprichoso, ningún músico piensa así, los músicos hacemos música y punto».

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