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Harry Chávez- Espíritu de selva

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Sus imágenes fusionan el arte popular urbano, el amazónico, el prehispánico y hasta el psicodélico. Entender la obra de Harry Chávez —que también ha empleado stickers, cuentas, plástico y vidrio para sus piezas— exige mirar a través de un caleidoscopio.

Escribe Giuliana Vidarte / Foto. Alonso Molina

2.2

                        Hampi Camayoc (2015). Detalle del collage de autoadhesivos sobre acrílico (120 x 180 cm)

 

Los fuegos artificiales y el teatro constituyen dos referentes cruciales para acercarse al trabajo del artista Harry Chávez (Lima, 1978). Son imágenes fundamentales pero no evidentes. Sus composiciones pueden ser leídas como puestas en escena, como un montaje con la fuerza que se despliega desde un centro. Sus viajes a Corea, China o el Tíbet fueron decisivos para su adopción y práctica de las filosofías orientales. Por ello, en su obra conviven referencias a la cosmovisión andina y a las religiones de Oriente, con gran armonía y coherencia. Asimismo, ha construido un lenguaje plástico propio a través del uso de materiales no convencionales como los discos compactos, las cuentas de plástico o los stickers. Chávez logra dar sentido a su práctica artística, que refleja un trabajo profundo de meditación y compromiso. En este camino es crucial su primera experiencia con la ayahuasca. Desde entonces surgió con mucha fuerza la figuración en su propuesta, bajo la imagen de un jaguar. Esa revolución lo llevó a consolidar su obra como una expresión de vida, una ventana para mirar más allá y crear logrando que la realidad se manifieste.

Me contabas que te cuesta sentarte a hablar de tu trabajo. ¿Prefieres expresarte a través de tus imágenes?

Yo no soy una persona que hable de su trabajo normalmente, solo cuando alguien viene específicamente a conversar sobre eso, como ahora. Creo que no llego a transmitir lo que quiero. Más bien, siento que sí logro decir mucho más a través de las imágenes —de la práctica del arte—, que contiene la plenitud y contundencia de lo que quiero expresar, y de lo que vivo y entiendo. Yo soy más de escuchar. A Kylla, mi compañera, la escucho nada más porque me fascina que ella tenga este poder de articulación y transmisión. La escucho y aprendo de ella. Kylla ha sido una figura central para llegar a lo que hoy es mi trabajo. De ella he aprendido sobre color, técnicas, figura y precisión. Además, me ha hecho subir más alto en mis posibilidades porque me ha dado la confianza para mandarme con todo con mis sueños y visiones.

Estudiaste Pintura en la Universidad Católica, pero nunca llegaste a desarrollar una propuesta plástica convencional.

Mientras estudiaba no llegué a conectar con la pintura: sentía que era un desastre. Cuando estaba en el tercer ciclo, me dejaron un trabajo para pensar en el tema de la masa. Siempre me habían fascinado los fuegos artificiales y decidí trabajar sobre esta masa efímera. En ese proceso, descubrí un lenguaje con el que sí me sentía compenetrado. De ahí fui al dripping y a trabajar con colores fosforescentes y con luz negra. Mi idea era romper con la bidimensionalidad de la pintura a través de trazos de luz congelados en el espacio. Retrospectivamente, me he dado cuenta de que los fuegos artificiales son claves para mi trabajo. Varias de mis composiciones tienen que ver con esa sensación que también es la del mandala, la de una organización a partir de un centro.

¿Tu interés en el arte prehispánico también es parte importante de tus inicios como artista?

Sí, siempre me cautivó el arte prehispánico. Me gustaba y en una época lo estudiaba con el arquitecto Mario Osorio. Nos reuníamos y él nos explicaba los principios básicos de la cosmovisión andina, que estaban contenidos en algunas de las imágenes de este arte. Luego nos poníamos a copiar las figuras. Por otro lado, siempre estuvo mi interés en el arte shipibo y en los telares andinos en general.

¿La experimentación con ciertos materiales alternativos también es protagónica en tus primeros proyectos?

Experimentando llegué a muchas de mis estrategias de trabajo actuales. No alcancé este punto como una influencia consciente y directa. Más bien, los elementos fueron surgiendo al experimentar con la plástica. Por ejemplo, el círculo apareció como imagen crucial en un primer momento en que mi trabajo era muy geométrico y con esta imagen pasé luego a usar los discos compactos, y así fui probando. Surgió de la misma manera el uso de las cuentas, que es un material propio de tradiciones nativas de diferentes partes del mundo, como los shipibos o los huicholes —una nación al norte de México que trabaja con el peyote—.

¿Qué relaciones encuentras entre tu trabajo y el concepto del ritual?

El tema de la ritualidad en mi obra viene más de mi participación en talleres de teatro. La ritualidad para mí no se puede imponer: uno mismo la construye, uno genera su propio sentido ritual. Me es difícil conectar conceptos precisos a mi trabajo. Yo no llego nunca a sustentar «hago esto por esto», pues nunca sé qué es lo que estoy haciendo realmente. La obra es más consciente que uno mismo: todo el tiempo te anticipa. Así, trabajar con las cuentas es más bien como darles vida, como construir algo átomo por átomo. Se trata de darle una corporeidad, traer la visión a la realidad, encarnarla, casi como un acto de fe porque quieres que esa fuerza se manifieste.

¿Qué lecturas te han acompañado en el camino que has descrito?

Hay dos autores básicos para mí: Julio Cortázar y Carlos Castañeda. Cortázar por cómo le daba vuelta a la realidad con un matiz mágico. Pero el autor que generó una revolución en mi fue Carlos Castañeda, el polémico escritor y antropólogo cajamarquino. Vuelvo siempre a él. Sus libros fueron mi primera conexión con lo chamánico y la mística del saber tradicional. Sus obras me parecen impecables y me rompieron esquemas, aunque hay puntos de vista encontrados frente a él y muchas críticas.

¿Consideras el diálogo con algunos interlocutores dentro del mundo del arte como cruciales para tu trabajo?

Recuerdo mi trabajo con Miguel Zegarra. Él fue el curador de Emergencia, mi exposición individual que inauguró la galería Vértice en el 2007. Tuve la oportunidad de contarle una experiencia muy importante para mí que luego él logró resumir en el texto que hizo para esta exposición. Me contó que hacer ese texto le costó mucho, como tres o cuatro noches en las que no pudo dormir. Al final, hizo un mito y no un texto curatorial. Este mito es alucinante y me continúa dando lecturas de mí mismo hoy. También recuerdo mi trabajo con María Luisa del Río, en la exposición del Uku Pacha. A mí me gustaba su lado poético y visceral, y ella creó un texto que tiene mucho de eso. Además, te invita y te da las pistas para que la obra cobre sentido en ti.

¿También hay una dimensión religiosa en tus obras?

El crear, el darle vida a estas fuerzas, tiene sentido para mí como un sistema religioso personal. He crecido bajo un sistema religioso en el que me he sentido enajenado y huérfano, pero también he encontrado otro camino que me ha permitido comprender que estar en este mundo es alucinante, parte de algo fascinante y no cuadriculado. Mi interés en la cultura maya, mis lecturas de la India, lo prehispánico, la ayahuasca, son insumos que me han permitido hacer un camino, morir, revivir y reconocer que en la vida hay algo que a mí me da pleno sentido. Mis cuadros son como la manifestación de estas fuerzas.

Me decías que cada pieza, a su vez, te trae una prueba.

Hay diversos momentos cruciales en el desarrollo de las obras. Terminas la pieza, la expones y la energía se activa. Luego, alguien la adquiere y se cierra un capítulo. Yo estoy atento a todos estos momentos porque son herramientas que me permiten entender ciertas cosas. Todo lo que acabo de vivir en un determinado momento está resumido en los cuadros que voy creando paralelamente. Creo que la obra tiene esa energía, esa fuerza de tu experiencia de vida. Tú la sostienes con tu fe. No se trata de algo ajeno que simplemente tratas de manera superficial. En el fondo, el tema es un pretexto. Por ejemplo, en este lenguaje popular que uso a través de los stickers, he encontrado la similitud del uso de estos animales en las «combis» en las que había un león y su par simétrico. Esa paridad que es parte de la cosmovisión andina. Así, yo he tomado este lenguaje para dar a conocer este sentido religioso.

 

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                           Brus Rubio, Harry Chávez, Kylla Piqueras, Christian Bendayán, Silvana Pestana y Rember Yahuarcani

 

Amazonistas en Shanghái

El trabajo de un grupo de artistas peruanos que crean desde y sobre la Amazonía se presentará a partir del 18 de marzo en Pata Gallery en Shanghai, gracias al apoyo del Consulado General de Perú en esa ciudad. Este grupo de amazonistas está integrado por Graciela Arias, Christian Bendayán, Morfi Jiménez, Silvana Pestana, Kylla Piqueras, Brus Rubio, Rember Yahuarcani y Harry Chávez. Las obras llegan a China como parte de la exposición La tierra donde dios no culminó su creación promovida por Bufeo. Arte+Amazonía, una plataforma itinerante para la investigación sobre el arte amazónico. La muestra toma como punto de partida la introducción a la película Fiztcarraldo de Werner Herzog, en la que el director presenta una cita inventada por él mismo para contar como los indígenas amazónicos supuestamente se refieren a su propia tierra: Cayahuari Yacu, la tierra donde dios no culminó su creación. La propuesta es retomar esta visión mitificada de la Amazonía como un espacio irresuelto, inabarcable y, al mismo tiempo, una especie de hoja en blanco sobre la que se han volcado las más variadas interpretaciones y contenidos, para darle una vuelta y convertirla en una fuente para la creación, pero una que esté comprometida con las problemáticas de este territorio en la actualidad. La obra de los artistas reunidos aquí se base en el diálogo con la compleja realidad de los hombres y mujeres de la Amazonía peruana, los guardianes de un conocimiento que les ha permitido mantener el equilibrio con su entorno por miles de años. La visión propuesta es que la Amazonía sea vista, sí como un territorio inabarcable ―no solo desde el punto de vista geográfico, sino desde el de las cosmovisiones―, pero que a la vez es sumamente fructífero para la creación que respete este territorio, que cuestione su depredación y que contribuya a repensar y reinterpretar su historia.

 

 

 

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