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La ola de Chicama

Por Diego Olivas Arana

Fotografía Antonio Escalante

 

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El puerto de Chicama, a seiscientos kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión ha gestado la curiosidad y la ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?
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Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el  mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus más de dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola ha trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al fin de viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un sol para volver sobre tres ruedas. Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo, conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, pero la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo.

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera [institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano], todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de rompientes, transformando la ola más  larga del mundo en una corrida de turno.

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió  en su libro, HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual «tritones o neptunos sobre el agua». Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas.

Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Óscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

Hace trece años se aprobó la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue aprobada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero.

 

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HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. «No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro», confienza Carolina, mientras contempla  sonriendo el tatuaje de su muñeca: un  heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosíon; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando  la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba la origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.

 

 

 

 

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