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Escuela de espasmos

mick

 

 

Por: Eduardo Cornejo 

Ilustración de Laura Cuadros

 

Cuando comenzó la banda, Mick Jagger no sabía bailar, pero nadie podría decir realmente que alguna vez aprendió. Este seis de marzo llegará a Lima con el micrófono en alto, sus sacos de piel y todo el repertorio de pasos que ya conocemos. ¿De dónde vienen? Aquí se intenta una respuesta.

 

Somos varias las generaciones que nos volvimos fanáticos de la banda en la niñez. Supongo que tratar de imitar el baile de Jagger frente al espejo es una manera de cerrar una infancia con estilo. Lo pienso ahora que llevo varios días mirando videos de YouTube sin saber exactamente qué escribir. Sin saber exactamente qué mueve a ese hombre. No encuentro la acción dramática, el para qué de todo eso. Apenas sesenta kilos y setenta centímetros de cintura desplazándose en maratónicos conciertos que se preservan en la memoria de quien sudó ahí, entre miles, los vanos intentos de imitar sus espasmos, dislocaciones y todo ese non sense de su danza sin nombre. Como si un relámpago se le hubiera enterrado en la columna vertebral. No. Como si hermosos animales psicodélicos palpitaran en su pecho. Tampoco. El tema es que en el diccionario de la Real Academia no existe todavía una palabra que defina eso que Jagger hace con las caderas. Resulta mejor a veces que las cosas no tengan nombre, como en el principio de todo. Y son esas cosas que existen solamente cuando suceden y nunca más.

 

«Nadie le enseñó a bailar hasta que tomó lecciones de baile. Charlie y Ronnie y yo solemos reírnos cuando lo vemos hacer un movimiento que aprendió de un instructor en vez de uno propio. Sabemos al instante cuándo se vuelve de plástico. Mierda, Charlie y yo venimos viendo ese culo desde hace cuarenta años: sabemos cuándo se sacude y cuándo le dijeron qué hacer». Keith Richards dice muchas cosas sobre Mick con conocimiento de causa. Son amigos de la niñez y quizás hoy hasta compartan geriatra. Y aunque sea de conocimiento público que Jagger tenga un ‘asesor de movimiento’ [Stephen Galloway, integrante del prestigioso Ballet Frankfurt], él ha declarado más de una vez que su performance está nutrida por, sobre todo, dos artistas: Rudolf Nureyev, bailarín de ballet, y Tina Turner, negra de infinita potencia seductora. Y así, el desfile de chaquetas brillosas sobre polos ceñidos lo ha acompañado de un repertorio ampliado de movimientos endemoniados.

 

Gente ociosa se ha encargado de medir el kilometraje del británico en el escenario y han concluido que son dos kilómetros. Basta ver su presentación en Brasil el 2006 para imaginarse que ese hombre que se ufanó alguna vez de haberse acostado con más de cuatro mil mujeres, efectivamente, tiene un físico que cualquier adolescente quisiera. Un físico construido con un entrenamiento que en base siete podría preocupar a cualquiera: nada seiscientos metros y corre diez kilómetros a diario. Lo hace porque se le da la gana. Porque ahora mismo podría estar recogiendo su jubilación mensual, jugando con sus cuatro nietos, visitando a alguno de sus siete hijos o gastándose parte de los 290 millones de dólares que se estima constituyen su fortuna. Cuando Mick Jagger deje la música envejecerá en quince minutos. Ahora no, ahora se sacude.

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