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Sobre mi pecho llevo tus colores

Que Perú ponga un pie en el mundial de Rusia nos ha permitido, más que reírnos de esa maldición futbolística en la que estuvimos atrapados por más de tres décadas, reivindicar nuestra identidad y nuestro sentido de pertenencia. O al menos no permitió soñar con eso. Aquí, tres reconocidos escritores envían correspondencia a la selección con el corazón en la mano.  

 

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Querido hincha incrédulo

Por José Carlos Yrigoyen, escritor y crítico literario. 

Este sería el mejor momento para hacer mofa de ti o echarte en cara mi autoridad moral como simpatizante de la selección. Pero no, no lo voy a hacer, porque yo también he sido como tú en muchas ocasiones en estas últimas tres décadas y media. En 36 años no ha habido un equipo peruano sino varios, y la verdad es que muchos de ellos no merecían la fe, y si me apuran, tampoco el perdón. Una cosa era ilusionarse con el Perú del 85, ese que estuvo a once minutos de privar a Argentina de México; o el del 97, que lleno de limitaciones se quedó a la puerta de Francia por diferencia de goles. Otra, muy distinta, es exigirle a alguien que fuera incondicional de catástrofes como la rojiblanca de Popovic en 1993, que paseó nuestros miedos por todas las canchas del continente, o la de Chemo del Solar a finales de la década pasada, que fue nuestra indiscutible tocada de fondo.

No puedo culpar a quienes vivieron todo ello y perdieron la confianza. Yo la recuperé con Gareca, porque sin esperar la clasificación sí inspiraba, con sobriedad, una posibilidad de cambiar nuestro torcido rumbo. Que nos haya clasificado al Mundial es algo que yo no esperaba y no te voy a pedir que lo hagas tú. Además, tu escepticismo, querido hincha incrédulo, tiene algo de dignidad y de la inocencia de quien no quiere seguir siendo humillado pero ve la tele de reojo. No lo niegues. Y en todo caso, tú eres infinitamente mejor que aquellos que desean que pierda Perú para demostrar que son más vivos y menos pánfilos que los que aun nos emocionamos cuando un jugador peruano pisa el área con bola dominada. Y esos serán, ya lo verás, los primeros que griten un gol de Cueva o de Paolo en el mundial. Pero no podrán gritarlo con la sinceridad e limpieza que tú tienes.

No lo olvides.

GARECA

Querido Gareca

Por Alexandra Hörler, periodista

Gracias. Es la primera palabra que se me viene a la mente para resumir tanto sentimiento. Gracias por devolverle la alegría al Perú, por darle una nueva cara y llenarlo de cantos eufóricos, bocinazos y de una inimaginable actitud positiva. Gracias por esos llantos de júbilo que se acumularon en corazones esperanzados tras 36 años de decepciones, por esas barras, canciones, por esos saltos y pasión desmedida que hicieron que Lima temblara. Sí, profe, aunque el mundo no lo crea, provocamos un sismo real y eso se lo dedicamos a usted.

Gracias por unir a todo un pueblo, por llenar un estadio, una ciudad, un país entero de esperanza rojiblanca, por ayudarnos a eliminar las diferencias y odios absurdos, por hacer que todos, vistiendo una misma camiseta, nos reencontremos en abrazos interminables y reconozcamos, por fin, que no importan la piel, el origen, la política o la religión, porque nuestros corazones tienen el mismo color y laten al mismo son.

Gracias por la firmeza y valentía en los momentos en los que hubo que enfrentar decisiones difíciles, por jugársela y confiar en estos muchachos, por enfocarlos y encaminarlos, por creer en lo que ni nosotros mismos creíamos. Gracias por enseñarles a los más chicos que el fútbol no es solo un deporte, sino una pasión inquebrantable capaz de levantar y unir a todo un país. Gracias por dejarnos, a través de él, las lecciones de vida que necesitábamos; pero, sobre todo, gracias por enseñarnos a los peruanos que todavía podemos -y debemos- soñar.

COVER

Querida Selección Peruana de Fútbol

Por Chiara Roggero, escritora

Háganme un favor y háganse cargo. Lo que han hecho el 15 de noviembre con nosotros no tiene nombre. Desde esa noche, ningún peruano ha vuelto a ser el mismo y los únicos responsables son ustedes.

Han impregnado en nuestra memoria el virus de un recuerdo que nos perseguirá hasta el fin de nuestros días. Se han convertido en nuestra única anécdota. Nos han transformado en seres monotemáticos, cuyo único fin es revivir en charlas de ascensores y taxis la magia de esos dos goles. Como adictos, solo queremos relamernos la miel que nos ha dejado el triunfo.

Nos han arrancado las sábanas y a patadas nos han sacado de la cama. Han enderezado nuestros hombros y nos han estampado un par de galletazos que lo han remecido todo. Se han metido con nuestro ego, con nuestro espejo y reflejo. Han puesto a prueba la fe de los creyentes y han ridiculizado a los incrédulos. Han hecho llorar a nuestros hijos y han conseguido que ellos nos vean llorando. Han logrado que la tierra tiemble y nos han devuelto hasta lo que nunca pensábamos nuestro.

Así que basta con esa absurda y minimalista idea de que lo único que han hecho es devolvernos a un mundial; porque lo que han conseguido esa noche ha superado al fútbol, lo ha superado todo. Así que háganme un favor y háganse cargo. Ustedes no han roto un maleficio de 36 años, han pegado lo que por décadas había estado separado: un peruano de otro peruano.

 

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