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Un hombre cortado por su propia tijera

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Un diseñador autodidacta se inspira en su crianza religiosa, la estética bondage y su fascinación por el color negro para confeccionar un universo de dramatismo y oscuridad.

Por Rebeca Vaisman // Foto. Alonso Molina // Arte. Felipe Esparza

 

El estilo personal de Omar Valladolid ha atravesado varias etapas. En una época se vestía con estampados vibrantes, y en otra probó los colores pasteles. De niño, sus padres le daban dinero para que eligiera telas y le encargara su ropa a un sastre. El calor piurano de Chulucanas, su ciudad natal, demandaba vestimenta ligera y colores claros. Sin embargo, el primer traje que confeccionó para él, ya en Lima, fue negro. Es así como prefiere vestirse, así siente mayor seguridad. Para el diseñador, cada etapa ha sido una pista para descubrir su identidad como creativo. Y también como ser humano.

También en sus propios diseños exploró con el color. Pero sentía que el proceso era más natural cuando se dejaba llevar por su fascinación por el negro. «Al principio me dio un poco de miedo darme cuenta de que me gustaban solo los colores oscuros en mi ropa. No quería aceptarlo», dice Valladolid. Durante un viaje a Buenos Aires, recorrió la zona underground de la ciudad, y allí, entre ropa gótica, trashy y con inspiración bondage, finalmente, el diseñador aceptó su atracción por ese universo de propuestas arriesgadas y oscuras, y que podía darle forma con sus bocetos y moldes.

El estilo de su ropa, que él describe como «conceptual y visceral», obtiene sus referencias de la religión católica, el ritual de la muerte y la decadencia de la sociedad. «Esos son los temas que me mueven y despiertan mi curiosidad. No solo estéticamente, sino también a nivel personal», admite el diseñador. Valladolid creció en una familia muy católica. Él y sus tres hermanas menores acompañaban a sus padres todos los domingos a misa. Hoy todavía reserva tiempo para encontrarse con su espiritualidad: sigue asistiendo a la procesión del Señor de los Milagros, un ritual que nunca dejó de conmoverle; y aunque ya no asiste puntualmente a misa cada domingo, sí trata de ir de vez en cuando a la iglesia. Su arquitectura y solemnidad le cautivan. «Puedo dar gracias por cómo me va cada vez que puedo».

3Créditos creativos

Omar Valladolid heredó de su madre modista el gusto por la ropa. De niño, la miraba coser y la acompañaba desde Chulucanas hasta Piura para comprar telas e insumos. Su afición por el dibujo se la debe a su padre, un técnico agrónomo que criticaba con honestidad los trazos de su hijo. El joven Omar copiaba las ilustraciones de libros de anatomía, a tal punto que se le pasó por la mente estudiar Medicina. Pero pronto se dio cuenta de que lo suyo era la creación. A los 14 años supo que quería dedicarse a la moda, y se lo anunció a su familia.

Llegó a Lima seis años después y postuló a escuelas de diseño. Obtuvo una beca en una de ellas y empezó a estudiar. El desencanto llegó pronto. «Los procesos establecidos me molestan. me desesperan. Yo tengo mi propio proceso creativo. Se podría considerar que me falta paciencia». La metodología tradicional no funcionaba con Valladolid, quien se sentía fuera de lugar. Dejó la escuela luego de que una profesora criticase sus dibujos diciéndole que estos «lastimaban». Su renuncia no respondía a la arrogancia: él era consciente de que necesitaba aprender. Por eso no tuvo vergüenza de tocar puertas: trabajó con marcas locales de jeans, ropa de vestir, ropa comercial en Gamarra y prendas para niños. El diseñador de 37 años se enorgullece al contar que aprendió de la experiencia, y que su educación aún no ha terminado.

Ha mostrado sus colecciones en las ferias Flashmode y Expotextil. En marzo del 2015, fue invitado a LIF Week Otoño Invierno en la categoría Nuevos Talentos, y compartió escenario con las diseñadoras Chiara Macchiavello (Escudo) y Mozhdeh Matin (Mozh Mozh). Los modelos de Valladolid se desplegaron por la pasarela como un ejército posapocalíptico, envueltos en flecos, desgarres y textura. La colección fue muy aplaudida. Tanto que ese mismo año Valladolid regresó a LIF Week para la edición Primavera Verano, con una pasarela exclusiva para él. En esta segunda oportunidad se inspiró en los ritos católicos, y sus piezas estructuradas, en tafeta con entretela, hicieron referencia a las vestimentas de sacerdotes y obispos. El diseñador apostó por colores como el lacre y el rojo oscuro. Y los combinó con negro, por supuesto.

Valladolid pone mucho énfasis en la música, la atmósfera y la actuación de los modelos durante el desfile. Les cuenta la historia hasta asegurarse de que cada uno de ellos interpretará bien su papel. El mismo diseñador asume un rol dentro de la historia: «La vivo a diario durante meses. Más allá de los bocetos que haga, y de lo que al final quede en la colección, todo sigue en mi cabeza. Es como una película: me quedo con algunas escenas, pero la filmación completa corre todo el tiempo en mi mente», dice Valladolid.

«Me gusta mucho lo que hace Omar. Creo que es bueno tener diversidad, y él tiene un estilo bien particular y específico. Diría que pertenece casi a una subcultura. Con cada colección, su voz se vuelve más única», reflexiona la diseñadora Mozhdeh Matin. Esa es, justamente, una de las principales búsquedas de Valladolid: definirse. Se considera muy autocrítico, y siempre encuentra correcciones por hacer. Pero reconoce que ha ganado seguridad con los años, sobre todo en lo que respecta al desarrollo técnico de la colección: «Conozco más sobre patronaje y tomo más riesgos. Cada colección es una enseñanza y un descubrimiento».

4Mundo interior

Valladolid pasa sus días en estudio pequeño, entre telas, rumas de bocetos y piezas de todas sus colecciones que guarda como archivo. El trabajo invade y ocupa su espacio personal. «Por el momento no necesito separarlos. Si necesito desconectarme, simplemente salgo», dice el diseñador. Le ha pasado varias veces que, estando ya acostado, una idea lo despierta: se levanta de un salto e inmediatamente se sienta en su escritorio. No le importa amanecerse trabajando: «La adrenalina fluye y no te das cuenta ni de la hora». A Valladolid no le importa perder horas de sueño ni tampoco le molesta que su trabajo lo ocupe todo. Para él, este es el momento de seguir. No debe perder el hilo de sus ideas.

Su próxima colección de invierno se encuentra en fase conceptual. Por lo general, le toma entre tres y cuatro meses tener una lista, desde que empieza a concebirla hasta que recoge las piezas del taller de confección. Arma el look completo recién al momento que el modelo se prueba la prenda. Lo que quiso transmitir está ahí, en la pieza final sobre la piel. Sin embargo, muchas veces queda descontento con ese resultado, y retrocede para corregir lo que considere necesario. Solo al ver nuevamente su creación sobre el cuerpo del modelo, puede corroborar que se ha materializado su visión. Todo el proceso previo es un acto de fe: no le queda sino confiar en que sus manos hayan podido moldear lo que su mente visualizó.

Durante los meses que trabaja en una colección, Valladolid convive con su historia. Llegado el momento de la inauguración, es duro dejarla y salirse del papel que él mismo interpretó: «Cuando todo ha terminado, me pongo muy ansioso. Como mucho. Apago mi celular. No quiero ver a nadie y me desaparezco del mundo», confiesa. «Creo que su reacción es normal. Todos necesitamos un momento de revisión e introspección. Entiendo que se desconecte», dice José Francisco Ramos, diseñador y parte del círculo íntimo de Valladolid. Aunque admite que Omar tiene una personalidad compleja: «Por un lado, es fuerte y determinado, pero a la vez es muy sensible y vulnerable. Y ese discurso también se evidencia en su trabajo». Su encierro puede durar un par de semanas. Quizás un mes, si ha sido demasiado intenso. Pero Valladolid agradece ese tiempo. Desde que era un niño en Chulucanas, que vestía con ropa a medida y pasaba horas dibujando, apreció la soledad. Así como ha aprendido a no temerle a la oscuridad, estar solo tampoco le da miedo: «Por el contrario, en la soledad te reencuentras con todas esas emociones. Todos esos fragmentos que te hacen ser quien eres», asegura el diseñador, con la certeza de que mientras más piezas de la realidad pueda unir, más podrá inventar.

—Por eso te hablaba sobre el aprendizaje. No me refería solo a la perspectiva profesional: también hablaba sobre mí. Mis colecciones son una catarsis. Le pongo mucho sentimiento a lo que hago y creo que hay mucho de mí en mi trabajo. No son episodios de mi vida, sino mis emociones. Me involucro tanto que despierto sentimientos fuertes.

—¿Y cuáles son esos sentimientos?

—Angustia, dolor, miedo. Pero también lo opuesto: superación, lucha, fuerza y constancia.

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Estilismo: Omar Vallladolid

Producción: Kathia Rosas

Make up: Osmar Rodríguez

Asistencia de foto: Sanyin Wu

Modelos: Luis Zela Cort y Mauricio Abad de The Icon Mgt Botas de Dr. Martens Peru (cc La Fontana tda. 10)

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