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El hombre tras el santuario

Poseedor de un apellido histórico en Cieneguilla, Lucho Ortiz de Zevallos tomó la batuta en la tarea familiar de seguir embelleciendo lo que hoy se conoce como el Santuario del Caballo Peruano de Paso.

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De pie sobre la cima del monte que colinda con la histórica casa-hacienda de su familia, Lucho Ortiz de Zevallos señala con los dedos hacia el sur, hacia Manchay, y luego gira en dirección opuesta, para apuntar lo que hoy es Sierra Morena, y en su infancia conoció como Chacra Alta. Cerca de millar y medio de hectáreas que alguna vez fueron de su familia, desde que su bisabuelo, en 1939, compró la hacienda que por ese entonces se dedicaba al cultivo de algodón, legumbres y frutos.

De esa mítica hacienda, Lucho Ortiz de Zevallos conoció, sobre todo, historias. Miles de ellas. La del bandolero Diego Marcelo, quien robaba el oro que se transportaba desde las minas y lo escondía en cuevas de la zona; la de las almas que penaban en el viejo [y aún vigente] cementerio de la hacienda; las de la magnánima construcción del serpentín y la avenida Nueva Toledo, a cargo de su abuelo y su padre. Pero aunque no llegó a conocer la hacienda en su máximo esplendor, sí disfrutó de las bondades de una infancia en el campo. Sus primeros recuerdos tienen a su padre como protagonista, sembrando los primeros árboles del frondoso bosque de eucaliptos que domina la vista al oeste de la casa-hacienda, en los que fueron los primeros pasos por urbanizar esa zona.

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Pero el proyecto familiar no buscó una urbanización a cualquier costo. Los Ortiz de Zevallos soñaron con un espacio dominado por un animal: el caballo peruano de paso. Ya su padre había enfocado su búsqueda de compradores entre los amantes de estos caballos, y Lucho, cuando en 1994 ingresó al negocio familiar, siguió el mismo camino. «Hoy no hay persona que viva acá que no tenga un par de caballos», asegura. Cruzar la curva de Cieneguilla e ingresar a lo que se conoce como el Santuario del Caballo Peruano de Paso es encontrarse con un espacio dominado por la elegancia de este animal. Lucho Ortiz de Zevallos no es ajeno a esta tradición, y en su casa-hacienda tiene hasta cinco caballos.

Si su padre inició la urbanización en la zona que comprende desde la curva hasta la casa-hacienda, fue prácticamente suya la tarea de vender los terrenos que continúan la ruta hasta el puente de Manchay. Con una vida entera recorriendo cada rincón del distrito, difícilmente habrá alguien que entienda Cieneguilla como él. «Conozco todas sus esquinas y todos sus terrenos. Sé cuáles tienen agua y cuáles son secos; en cuáles se puede construir y en cuáles no», asegura. Su conocimiento lo aventura a intuir, también, que el futuro del distrito será distinto al de otras zonas de campo en Lima. «Cerca de Lima, en el sur y en el norte, se están desarrollando zonas industriales. Cieneguilla, en cambio, vive un desarrollo residencial», afirma.

Acierte o no con sus predicciones urbanísticas, en Cieneguilla ciertamente existe un verdadero movimiento residencial dominado, sobre todo, por la proliferación de modernos condominios, como Las Fincas, La Quebrada, Alquimia, Bugambille, Los Eucaliptos o Entre Ríos. Y una vez más Lucho, instalado en la vieja casa-hacienda, ha sido una de las cabezas visibles del negocio de bienes raíces en la zona. Más allá de su conocimiento de la zona, sin embargo, Ortiz de Zevallos tiene otra poderosa estrategia de venta: sus fines de semana de relajo familiar son también oportunidades de trabajo. Mientras disfruta de una parrilla en la hacienda ve llegar nuevos clientes que, cuando visitan la zona, quedan atrapados por la visión de una casona de centenaria arquitectura y un jardín donde, junto a una vieja carreta, conviven caballos de paso, una alpaca, un pequeño burro y un rechoncho gallo chino que posa inmóvil sobre un tronco. «Todos pasan por aquí, y el que no cae resbala», dice entre risas.

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