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La dama de Chaclacayo

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Un labrador mansísimo y dos salchichas traviesos salen corriendo a recibir a los visitantes. Helen Neisser, la dueña de casa, va un poco detrás. Se acerca con calma, con una sonrisa amable y serena que contrasta con los ladridos y jadeos emocionados de sus animales. «Tranquilos, tranquilos», les dice con suavidad, y no les queda otra que obedecer su autoridad. Nosotros también la seguimos.

Es por cuarto periodo consecutivo la presidenta de la Junta de Obras Sociales de Chaclacayo, un cargo que ha ocupado muchas veces en las últimas dos décadas. Al contarlo, ella misma se ríe un poco: «Claro que sería una buena idea que entren más asociadas, ¿no? Es importante que la junta se renueve», admite. Cuando fue invitada a formar parte de la institución, en los sesenta, eran alrededor de cuarenta las socias. Hoy son diez las que están activas. «Los tiempos son distintos. Antes no muchas mujeres trabajaban, así que tenían tiempo para dedicarse a la labor social. Hoy no es así», reflexiona Helen. Pese a los nuevos tiempos, la junta ha logrado reunir a decenas de colaboradores y varias empresas se han sumado como auspiciadores. El trabajo por hacer no es poco, de ahí que el celular de Helen suene varias veces durante el día. «Es un asunto de la junta», se excusa para contestar. La necesitan.

Vida en sociedad

La Junta de Obras Sociales de Chaclacayo fue fundada el 6 de mayo de 1959, bajo el madrinazgo de Clorinda Málaga de Prado, primera dama durante el gobierno de Manuel Prado y Ugarteche. Por aquellos primeros años las socias se dedicaban a tejer mantas para la parroquia y a hacer servicios de guardería de niños para las madres que trabajaban en la zona.

Dos años después de fundada, la junta abrió las puertas de la que hasta hoy es su sede: una linda casona en la avenida Nicolás Ayllón. Hace poco pasó por una remodelación en la que se rehízo la instalación eléctrica, se refaccionó el techo y se remodeló todo el primer piso. Un ala se ha cedido a los bomberos de Chaclacayo, quienes no tenían local. «Son excelentes vecinos», apunta Helen. El resto del espacio, en su mayoría, está dedicado a las clases que organizan: karate y ballet son las más populares, pero también se dictan francés, inglés, informática y matemáticas. Los alumnos son niños, jóvenes y también adultos que pertenecen a los barrios más pobres del distrito.

Para mayo de 1970, Helen Neisser llevaba ya algunos años como socia de la junta. En el soleado distrito, los vecinos paseaban en caballo y los más chicos saltaban de chacra en chacra. Fue entonces que el terremoto sacudió a Chaclacayo, a Helen, al país completo, y Consuelo Gonzales Posada, primera dama del gobierno de Juan Velasco Alvarado, buscó ayuda en la junta para dar morada a sesenta niños huérfanos de Yungay. Las socias debían alimentarlos, educarlos y cuidarlos mientras les buscaban un hogar. Pero, sobre todo, debían atenderlos en el más terrible momento de sus vidas. ¿Cómo explicar a un niño qué había ocurrido con sus padres? Como madre de cuatro hijos adolescentes, le era imposible no sentirse tocada. «Fue un momento fuerte e importante para la junta, un momento de gran responsabilidad», recuerda Helen.

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Quizás marcadas por esta experiencia, las socias de la junta impulsan con especial convicción un programa de loncheras saludables en nidos de barrios como Morón y Villa Rica. Además brindan ayuda en casos específicos, que muchas veces incluyen a niños. Es el caso del pequeño de cuatro años que nació con VIH (y que perdió por este motivo a sus padres), a quien la junta ha ayudado desde su nacimiento. Donan también los medicamentos para un vecino que sufre de esquizofrenia y epilepsia, y lograron conseguir una prótesis ocular para una pequeña. Helen se muestra contenta, pero hace una pausa: «Eso hacemos, pero quisiéramos hacer mucho más».

Vecina ilustre

En Chaclacayo muchas calles llevan el nombre de la hija del dueño original de la chacra. La de la casa de Helen, por ejemplo, se llama Hilda. Es poético, como los árboles que custodian la entrada a su hogar. Adentro, alrededor de su piscina, Helen ha sembrado fresas, e invita a probarlas. Pequeñas y deliciosas. Junto con ella, los salchichas intentan ofuscar al manso labrador que, de rato en rato, busca en Helen una palmada tranquilizadora. Como de costumbre, es un día soleado en Chaclacayo y nos hemos acomodado bajo la sombra de su terraza, desde donde miramos el jardín. «Lo que ves ahora es parte de lo que era mi casa. Se ha achicado varias veces», relata Helen con voz pausada y una eterna sonrisa que es elegante pero también cercana. «¿Ves esa casa vecina? Solía ser la caballeriza. Y hacia el otro lado vendimos parte del terreno a unas monjas».

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Salvo algunas interrupciones, son más de seis décadas las que Helen ha vivido en Chaclacayo. La historia última del distrito es la suya propia. Su padre, Walter Neisser, fue un alemán que llegó a Sudamérica enviado por una importante empresa que abastecía hidroeléctricas. Se enamoró del Perú y volvió a Alemania solo para casarse con la madre de Helen y traerla de vuelta a Lima. Helen tenía nueve o diez años cuando sus padres compraron la casa de la calle Hilda, que seguiría siendo su hogar incluso después de casarse con Fernando ‘Pipo’ Modenesi. «En esa época llegabas al centro de Lima en veinte minutos. Imagínate que mi esposo venía a almorzar todos los días, y luego volvía al trabajo», da cuenta Helen. Eran tiempos buenos para ella, para Chaclacayo.

Durante los años de violencia interna, las oficinas de la junta debieron permanecer cerradas. Helen y su familia, por su parte, también cerraron su propia casa y se fueron a Buenos Aires, pero la crisis argentina probó ser aún más insostenible, y volvieron a un Chaclacayo casi fantasmal, lleno de casas abandonadas. En los últimos años, sin embargo, Helen ha visto desde su jardín cómo el distrito volvió a la vida. Muchos vecinos, como ella, regresaron al distrito, otros nuevos aparecieron y la Junta de Obras Sociales, tomando nuevo impulso, retomó sus actividades hace ya más de diez años. Hoy, durante los fines de semana, Chaclacayo se llena de voces. Ninguna tan serena y amable, sin duda, como la de Helen Neisser.

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