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Una vida entre el fuego y la arcilla

Hace más de treinta años, Marilyn Lizárraga descubrió en la cerámica el recuerdo de su niñez transcurrida en el campo, y una conexión con su lado más íntimo. Hoy sus piezas de cerámica se venden en el Perú y en importantes plazas internacionales.

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Esta tarde, en su casa taller del valle de Lurín, Marilyn Lizárraga está parada a pocos centímetros de un horno de gas tan grande como cinco refrigeradoras. El aire circula caliente: desde las primeras horas de la mañana se cocina dentro del horno un set de vajillas a 1250 grados de temperatura. El sonido de las llamas que queman la arcilla expide sonoras crepitaciones, pero la atención de Marilyn está fija en otro detalle.

Sus grandes ojos claros contemplan un plato que forma parte de una colección recién terminada. Lo sostiene con delicada firmeza entre sus manos. «Bello, ¿no?», dice sin despegarle la mirada, como pensando en voz alta. Con la palma desnuda de su mano derecha repasa su superficie esmaltada, en la que destacan puntos grises en relieve. «La quema de reducción es una técnica japonesa que consiste en impedir el ingreso del oxígeno al horno», dice. «Así el fuego actúa de forma especial y le saca a la arcilla estos puntitos», agrega, mientras señala pequeñas circunferencias. A juzgar por el paso del tiempo, ella aún se emociona cuando sus piezas están listas y abandonan el horno. Contemplarlas en silencio es el reflejo natural que sucede a cada obra recién hecha.

Para Marilyn Lizárraga, cada nueva pieza es como regresar a la primera que creó en su vida.

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Es difícil creerlo, pero junto con los 65 artesanos y empleados que trabajan en Jallpa Nina, su empresa, Marilyn produce alrededor de diez mil piezas mensuales. Para una mujer que se propuso desde un inicio mantener una alta calidad en cada una de sus creaciones –hechas de varios tipos de arcilla, como la porcelana, el gres, la escultórica o la arcilla marrón–, semejante producción puede representar una odisea. Sin embargo, frente al gigantesco reto que significa cada mes de trabajo, Marilyn ha sabido mantener intacto su placer por la arcilla, y ha encontrado satisfacción en exponer internacionalmente la artesanía peruana contemporánea.
A la habitación en la que están los hornos de gas le sigue el área de armado de la arcilla, donde sobre una mesa de madera reposan las figuras de varios ángeles hechas por encargo del artista plástico Fito Espinosa. Como él, personajes como los chefs Gastón Acurio y Virgilio Martínez han confiado a Jallpa Nina el armado de las piezas para sus restaurantes. «Ahora la tendencia es que las vajillas luzcan más orgánicas y hechas a mano, ya no se quiere más platos blancos», dice Marilyn.

Más de la mitad de sus creaciones, divididas entre cerámica utilitaria y decorativa, están destinadas al mercado extranjero, en parte gracias a una feliz coincidencia que ocurrió hace años y que la relacionó con quien hoy es uno de los mejores diseñadores y artesanos del mundo. Marilyn y Jonathan Adler se conocieron a mediados de los noventa en Estados Unidos. Ella había fundado Jallpa Nina en 1988 en Lima, en pleno primer gobierno de Alan García; él era un joven nacido en Nueva Jersey que no superaba los treinta años y ya comenzaba a hacerse conocido en Nueva York con sus piezas de cerámica.

Marilyn había visto crecer su negocio mientras el flujo de importaciones caía, como consecuencia de la hiperinflación en que estaba sumido el Perú. Ante la dificultad de conseguir piezas decorativas del extranjero, el trabajo artesanal nacional inició un proceso de revaloración. Pero para cuando el gobierno de Alan García concluyó y se reabrieron las puertas a las importaciones, la atención viró nuevamente hacia los productos extranjeros, y Marilyn, sin desperdiciar el tiempo, se planteó exportar sus piezas. Fue así como en su segunda participación en la feria neoyorquina Gift Show conoció a Adler. Marilyn lo encontró en un pequeño stand del evento y se declaró admiradora de su trabajo. Le entregó una tarjeta de contacto y él le prometió visitarla en Lima dos meses más tarde.

En la información personal incluida en la web de Jonathan puede verse el año 1997 marcado como una fecha especial. Ese año visitó el Perú y quedó admirado del trabajo de Marilyn y de la belleza del valle de Lurín. Desde entonces ambos formaron una alianza inquebrantable. «Volé al Perú y descubrí el paraíso: un hermoso taller junto al mar, con loros, jardines y artesanos increíbles. Una explosión creativa me sobrevino», describe Jonathan, quien hoy tiene 25 tiendas alrededor del mundo y hace envíos a más de quinientas ciudades.

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En quechua, Jallpa Nina significa ‘tierra y fuego’. Marilyn Lizárraga descubrió la tierra antes que el fuego. Cuando cumplió siete días de nacida, su padre la llevó consigo a Sullana, a vivir en una casa hacienda repleta de cultivos algodoneros. Ahí, entre la armonía de la naturaleza, transcurrió su niñez.

La ceramista recuerda los paseos a caballo con su padre y su hermana mientras el sol caía en el horizonte, pero sobre todo el olor y la textura de la tierra empapada. «Cuando agarré la arcilla por primera vez, me conecté con mis orígenes, con algo tan primitivo y natural a la vez. ¿Cómo pueden salir piezas tan hermosas del barro?», se cuestiona emocionada.

Esta tarde ella camina entre las mesas de trabajo de su amplio taller, de tres mil metros cuadrados. A esta hora, varios de los artesanos se han retirado a almorzar al comedor, mientras otros prefieren seguir con su trabajo. Marilyn se acerca a uno de ellos y le pide su asiento para trabajar una vasija. «Cuando el taller creció, ya no pude tener tantos de estos momentos, porque ando más preocupada en la producción y en las citas con los clientes», comenta. Sus días ya no le permiten sentarse a modelar con la regularidad de fines de los setenta, cuando llevó sus primeras clases con los maestros escultores Carlos Runcie Tanaka y Ana María Cogorno. Las horas se le hacen más cortas; más ahora que, desde hace poco más de tres meses, tiene una tienda propia en Miraflores. Sin embargo, esto no le impide seguir disfrutando de lo que ella llama una fusión entre «el objeto y tu yo más íntimo».

Hace pocos meses, Marilyn —quien practica el budismo zen— viajó a Holanda para internarse en un monasterio y hacer un retiro de silencio entre monjes budistas. Sus rutinas de meditación se iniciaban a las cinco de la mañana y concluían a las ocho de la noche. Un día un monje le preguntó hacía cuánto que se dedicaba a la cerámica. «Treinta años», le respondió para sorpresa del hombre. «Le parecía increíble que estuviera tanto tiempo en lo mismo», recuerda, «pero es que me fascina, trabajaré en esto varios años más».

Sucede que en la cerámica Marilyn encontró ese silencio del que se ve presa cada vez que medita, que le permite encontrarse a sí misma y hurgar entre los episodios más gratos de su vida. Más que un trabajo es su pasión. «Uno siempre debe buscar un trabajo en algo que realmente le apasione», dice, y enmudece por unos segundos. «¿Sabes por qué? Porque el resto de la vida nos la pasamos trabajando».

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