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Alamedas de limón por Gonzalo Torres

Lima limón, el sabor de Lima en mis mozos años en los setenta. Lima limón, la de Bimbo y su logo de fuente tipográfica. Lima limón, el apodo verde de la ciudad otrora jardín que en los setenta vivía bajo el verde olivo del militarismo que todo lo teñía de pesada bota. Una ciudad salpicada de rezagos rurales; cañaverales, chacras yermas y algodonales pronto serían engullidos por el monstruo de una ciudad caníbal que dejaba el verde limón y se volvía cada vez más Lima, a secas. Lima, desde su juventud, había apostado por que el verde sea parte de su identidad, era su sostenimiento, la razón de ser de su fundación, y la vida social necesitaba, con el tiempo y la moda, de paseos bucólicos construidos ex profeso, arboledas que llevan el nombre de alamedas. La más famosa de ellas, la Alameda de los Descalzos, donde persisten los árboles, contra todo y contra todos, pero en el Rímac, el paseo natural de la Lima que cruza el puente, hubo otras alamedas que hoy han sido asfaltadas. Una de ellas es la Alameda de Acho; toda esa zona a la derecha del Puente de Piedra y antes de la avenida Abancay era una alameda de paseo, y hoy solo lleva el nombre de Evitamiento. Evitamiento de árboles. En el Rímac están la Alameda de Los Bobos y la que fue del Tajamar. Esta última desaparecida, la primera subsiste remodelada y con jóvenes árboles. La más alucinante transformación es la de la vía expresa de Grau, que originalmente y por mucho tiempo era una avenida arbolada que seguía los límites de la muralla de Lima. Rápidamente se transformó de alameda en ‘alamierda’. El nombre ‘alameda’ subsiste en la ciudad en aquellas vías con berma central donde, mal que bien, hay árboles. Hay alamedas que perdieron el nombre, como Pedro de Osma y Sáenz Peña en Barranco. La primera de ellas no tiene el nombre, pero sí bien puestos los ficus, mientras que en otras partes hay alamedas sin un solo árbol: alamedas de casas y cemento. En una Lima en la que el verde y el paseo están en franca retirada necesitamos más alamedas paseanderas, no solo por la evocación de una Lima que iba del puente a la alameda, como cantaba y recordaba Chabuca, sino porque la alameda es el encuentro más útil y armonioso entre naturaleza y vida urbana. Dos conceptos que no necesariamente son excluyentes sino que pueden coexistir y fomentarse en esta Lima limón, dulce y ácida a la vez.

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