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[AS 189]Un comercial y regreso

La columna que nunca escribiría -Por Chiara Roggero

Dramaturga. Hay un lado mío que pocos conocen y los que lo conocen no son los que más me conocen. Hay un lado mío frágil, infantil, ególatra, burlón, mentiroso, seductor. Todo depende de lo que tú quieras ver y yo quiera mostrar.

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Jaime tenía solo tres días sentado en ese escritorio. Había entrado a ocupar el cargo de ejecutivo de cuentas, en una de las agencias de publicidad más hot del momento. Como todo buen nuevo procuró ser cauto en sus comentarios, amable con sus nuevos compañeros y sumamente observador. Ni los poderes del mejor vidente le hubieran podido presagiar lo que le sucedería la noche de aquel miércoles.

“Gran fiesta de verano” era el asunto del mail que convocaba a todos los que trabajábamos en la agencia. Las computadoras se apagarían más temprano y esa noche todos volveríamos a casa más tarde. ¿Quién hace una fiesta para darle la bienvenida al verano? Solo una agencia de publicidad con una gran piscina en medio de su jardín.

Cuando le conté a mi papá que quería ser publicista noté una desilusión en él. Creo que él esperaba algo más importante para mí. “Una carrera de verdad”. Yo no tenía muy claro cómo era la vida de un publicista: si se ganaba poco o mucho dinero, si el estrés sería mucho o si las horas extras serían tantas como en realidad lo fueron. Lo que sí tenía claro era que me lo iba a pasar bien. Trabajaría con gente divertida, en un ambiente relajado, en donde las zapatillas serían el uniforme perfecto.

Esa noche el chop de cerveza se acabó demasiado pronto. La chancha para el grifo no se hizo esperar. Jaime, el nuevo ejecutivo de cuentas, tomaba tímidos sorbos de cerveza mientras miraba al ramillete de chicas bailar sin reservas. En esas fiestas no había jerarquías ni cargos que importaran, mucho menos cuando empezaba el ritual de la piscina. Pero el pobre Jaime ignoraba las reglas de aquel protocolo. Jaime venía de trabajar en una empresa seria, en donde lo más emocionante ocurría cuando aparecía la señora de los sánguches.

Las once de la noche. Los chicos ya empezaban a cargar a las chicas para tirarnos a la piscina con ropa. No había quién se librara. Desde el portero hasta la gerente financiera terminaban en la piscina. La música a todo volumen, las hormonas revolucionadas, veintiocho de grados de calor. Jaime miraba intrigado estas escenas que parecían sacadas de una película americana de jóvenes universitarios. Era uno de los pocos que quedaban secos; se sentía a salvo por ser el nuevo. Pero ni sus cien kilos de peso pudieron con la democracia del rito de la piscina. Un grupo de fornidos diseñadores gráficos lo tomaron de cada una de sus extremidades para luego depositarlo en la piscina. «¡Tiraron al nuevo!» alguien gritó, mientras Jaime buceaba para recuperar su celular.

Esa noche Jaime llegó a su casa a las tres de la mañana con la ropa y los zapatos absolutamente empapados. Su esposa lo esperaba despierta; estaba furiosa. Y mientras su mujer despotricaba contra él toda su ira e indignación, Jaime no podía esperar al día siguiente para volver a ese mundo tan extraño y particular en el que se había metido: la vida de una agencia de publicidad.

Un año más tarde Jaime ya era Jaimete y era el primero en cargar a las chicas para arrojarnos en aquella piscina, que alguna vez nos reafirmaba a todos, lo bien que habíamos hecho en elegir la dura y simpática vida de la publicidad.

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