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[AS 191]Aplausos que matan- Chiara Roggero

luz

Chiara Roggero- Dramaturga. Hay un lado mío que pocos conocen y los que lo conocen no son los que más me conocen. Hay un lado mío frágil, infantil, ególatra, burlón, mentiroso, seductor. Todo depende de lo que tú quieras ver y yo quiera mostrar.

 Aplausos que matan

Hace unos días estrené Huracán en el Teatro Británico, una obra que he escrito yo y que he tenido el atrevimiento de dirigir. Le he puesto mucho trabajo, mucha cabeza, mucho esfuerzo a este proyecto. Mi corazón está empeñado en ese huracán.

El día del estreno, me escabullí entre el público y pude ser un testigo encubierto de lo que la obra provocaba: risas, silencios, nostalgia, secretos. Debe ser una de las sensaciones más placenteras del mundo, poder ver que algo tuyo toque a otros.

Cuando la obra terminó, la gente aplaudía emocionada a los tres maravillosos actores, que le dan vida a la historia de mi huracán. Yo desde mi escondite hacía lo mismo. Hay pocas cosas en esta vida que me emocionen más, que ver a un actor parado, mirando al público con esa valentía que solo los actores tienen, recibiendo sus merecidos aplausos, después de haber entregado el alma en el escenario. Los ojos siempre se me llenan de lágrimas, no puedo evitarlo.

Y esta vez no fue la excepción. La excepción fue que en la mitad de esas loas, uno de los actores me descubrió entre el público y con un gesto me pidió que subiera al escenario a recibir con ellos los aplausos. Por unos instantes quedé paralizada. Lo único que quería en ese momento era desaparecer. Sentía la mirada de todo el teatro clavada en mí. Así que no tuve mejor idea que esconderme entre los bastidores, como si fuera una niña. Tuvo que venir Omar [uno de los actores] para llevarme del brazo al escenario. No aguanté ni diez segundos. Pasé del éxtasis del anonimato, al terror del reconocimiento. Nunca he sido buena recibiendo halagos, ni grandes ni pequeños.

Esa noche me quedé pensando. ¿Por qué a algunos nos cuesta tanto que nos reconozcan algo bueno que hemos hecho, algo al que le hemos puesto tanta dedicación y esfuerzo? ¿Qué hace que algo lindo como un aplauso, nos incomode? ¿Por qué un halago me sonroja, me aterra? Quizás tiene que ver con un temor a parecer arrogante, a que la gente confunda lo que hago, con una necesidad de adulación. O quizás el hecho de no poder discernir la autenticidad de esos aplausos, hace que prefiera evitarlos. La idea de alguien aplaudiéndome solo por compromiso, me espanta.

Esa noche me quedé pensando. Me puse a pensar en mis hijos y en lo que yo quisiera que ellos sientan cuando alguien los reconozca. Creo que he estado más preocupada en curtirlos para el fracaso, en endurecerles el cuero para aguantar las críticas, que he olvidado lo importante que es enseñarles sobre el disfrute y el goce que debemos tener, en esos pocos momentos, cuando alguien nos hacen un pequeño homenaje.

Recibir un aplauso con los hombros erguidos no me convierte en una soberbia; supongo que me acerca más a una persona que está orgullosa de lo que hizo, nada más. Tengo que empezar a sacarme esas ideas tontas que yo misma siembro en mi cabeza. Por eso, como una especie de terapia conductual, me he propuesto que para la última función de Huracán, saldré al escenario a recibir esos aplausos, con la única misión de disfrutar ese instante y hacerlo eterno. Esa noche llevaré a mis hijos y les enseñaré algo.

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