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¿Ayahuasca o Clonazepam?

Jessica Vega

Tengo 26 años y no sé cómo llegué acá. Soy profesora de yoga, organizo talleres para combatir la ansiedad con el yoga, la meditación, la alimentación y otras terapias naturales que permiten al ser humano conocer una parte de sí mismo que no ha conocido antes. También organizo retiros de yoga-detox todos los meses en lugares de la naturaleza que armonizan el cuerpo con la mente, y ayudo a las personas a encontrar paz y balance.

En mis tantos viajes a Tarapoto he podido investigar mucho un tema que nadie entiende bien en Lima: el Ayahuasca.

Desde que tenía 18 años, y hasta hace poco, creía que el ayahuasca era algo muy parecido a los hongos y al LSD. Ahora entiendo que son cosas MUY diferentes. Los hongos los hice una noche en Nueva York, con Max, un amigo de la universidad. Era la época que vivía allá, y me acuerdo que Max tenía una máquina para hacer helados artesanales, que decidió usar para preparar helado con nutella y hongos.

Definitivamente le echó una dosis muy fuerte para mí [y mi 1. 50 metros de altura], porque terminé corriendo por las calles de Manhattan, escapando de él, pensando que era un lobo y que me quería comer. Aún así… la primera hora sí la disfruté.

Los hongos te permiten salir un rato de la película que normalmente ves a través de tu percepción. Sales y entras a otra sala de cine, a ver algo completamente diferente… lo cual significa un descanso. Es una manera de ver que hay más posibilidades en el mundo de las que pensabas que había. Es una experiencia que me hace entender la frase «la vuelta al día en 80 mundos». Pero no los recomiendo a personas que estén inestables emocionalmente, porque considero que tuvieron un efecto desestabilizador en mí. Y lo mismo digo del LSD.

El LSD lo hice con amigos en el parque Roosevelt, una noche del 2006. Fue una experiencia que me marcó para siempre, porque entré en este estado de introspección absoluta en el que apareció una sensación de abandono muy fuerte… y, como resultado, unas ganas de que me cargaran y me abrazaran para siempre. Algo que [lamentablemente] he buscado y buscado en las personas menos indicadas desde el principio de los tiempos. Algo que me ha incentivado a tomar decisiones impulsivas, apuradas y emocionales al cien por cien a la hora de enamorarme. Algo que me ha creado una ansiedad, una urgencia por ser querida y por querer; por sentir ese calorcito de hogar que nunca sentí.

Recién ahora, a los casi 27 años, estoy empezando a distanciarme un poco de esa urgencia. Supongo que vino con la edad y con mis infinitos intentos de estar menos poseída por mis emociones. De hecho, siempre me ha costado controlar mis impulsos y mis deseos. Durante una larga época todos los días repetía la misma plegaria: «Diosito, protégeme de mis impulsos. Diosito, protégeme de mis deseos. Diosito, ¡¡¡por favor, átame!!!».

Por eso siempre he entendido tanto a los adictos y a toda la población del planeta que también hace cosas de las que luego se arrepiente. Incontables son los mails [y los mensajes por Whatsapp] que he mandado, y sé que no he debido mandar. Incontables son las veces que he querido callarme para evitar una pelea, pero no he podido y he respondido, y he dicho algo hiriente, y he mandado a la mierda.

Definitivamente a los 20 era descaradamente más impulsiva que ahora. He mejorado bastante. Y lo sé porque la gente me lo dice, y porque me doy cuenta de que ahora sí me puedo aguantar varios impulsos. Pero más que aguantarlos… creo que ahora ya no me vienen tantos, o, al menos, no con tanta fuerza. Creo que se debe a que vivo menos ansiosa, y me atrevo a decir que es la suma de diez mil visitas a Paolo [mi psicólogo], más muchas horas de yoga, más meditación, más cuatrocientos golpes contra la pared, más 999 errores que he pagado caro.

Cuento todo esto para que entiendan mis patrones de conducta, mis hábitos mentales y mis tendencias emocionales. Todo ese viento que mueve mi cerebro en direcciones que a veces detesto. Y así como tengo mis corrientes tormentosas, sospecho que cada ser humano tiene las suyas. Y esa es la razón por la cual muchos acuden a las drogas, al alcohol, al casino, y a todos esos refugios autodestructivos.

Y así como muchos están en ese espiral, otros están tratando de salir de él. Sé que «ponerle mucho esfuerzo» no es suficiente, hay que pedir ayuda, muuucha ayuda, ayuda de todas partes, y allí es donde el ayahuasca puede resultar una opción, una puerta de salida… y, al mismo tiempo, una puerta de entrada hacia las profundidades de las partes inexploradas de tu ser. Una opción para que puedas bucear en las cavilaciones de tu mente, esa torta compuesta de muchas capas de creencias, percepciones, recuerdos y misterios, que contiene las raíces de esos impulsos que te llevan a consumir, a retomar y a re-caer en cosas, personas o conductas que quieres parar [pero no puedes].

Esa sensación de «quiero parar pero no puedo» la conozco tan bien… tan tan ¡tan bien! Es una sensación que termina en decepción tras decepción. Y no hay peor decepción que la de ti sobre ti mismo.

[Continuará…]

 

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