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Chápate a tu choro

He escuchado las peores noticias esta semana, pero maldita sea, la más absurda tenía que escucharla de los labios de Jaime Chincha. Bueno, yaquechú, es lo de menos. Y es que cuando todo indicaba que volvíamos a las cavernas recuperando las buenas costumbres prehistóricas, o sea, la dieta paleo [carne, frutas, verduras y harta caminata], aparece una señora con la campaña de ajusticiamiento popular Chapa tu choro y déjalo paralítico. De lo peor, pues.

En eso pensaba mientras celebraba el cumpleaños de Efraín Salas [y sus veinticinco añazos en la moda] en el Hotel Bolívar. En fin. Yo estaba ahí, solita, en la barra, haciendo pensamiento crítico sobre seguridad nacional, con mi trago y su aceituna, cuando en esas se aparece un churrazo con dos shots de qué sé yo: uno verde y otro rojo; y sin darme tiempo a mandarlo al diablo, porque así hay que tratar a los impertinentes, los puso delante de mí diciendo: «Si tomas del verde continuo, si tomas del rojo me voy». «¿Amarillo no habrá?», le contesté, toda chinchosa. Porque que a mí me guste la ola verde de los semáforos de la avenida Arequipa no significa que me voy a chupar lo que cualquier extraño me ponga enfrente. «Un jugo de naranja para la señorita, por favor». Y así comenzó todo.

De saque, me pidió disculpas por la manera de acercarse, pero es que esto del gileo en fiestas a él no le gustaba mucho, pero desde que me vio se quiso acercar y no quería hacerlo de una manera convencional, porque lo más probable era que le dijera que no. «Así que me tomé la molestia de inventar la técnica del semáforo para conquistar chicas en bares», bromeó. Me reí con cautela, a estos los conozco bien, me dije, pero igual me parecía que el riesgo valía la pena.

Era arquitecto y estaba tomándose un trago con algunos amigos del estudio. Y cuando la cosa se estaba poniendo mejor, se disculpó por tener que irse tan pronto y se despidió. «He estado todo el día haciendo instalaciones para dejar lista mi habitación en Casa Cor», dijo. Me pidió mi número, se lo di. Al día siguiente me invitó a ver su espacio en la Casa Valega. «Maldita sea, pensé, además de churro, talentoso». Luego de unos días salimos a comer. Luego a bailar. Ya hicimos cometas en el parque Reiche. Y hoy me ha invitado a su departamento en el malecón Cisneros. Pucha, he comenzado a pensar que es choro. Porque se está robando mi corazón. Odio ser cursi, puta madre, ¡pero qué hago! Creo que voy a crear un nuevo evento en Facebook: ¡Chápate a tu choro! Y ya, nada más.

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