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De alverjitas a pepitas de oro (y viceversa)

De alverjitas a pepitas de oro (y viceversa)

Por Chiara Roggero

Nos atropella diciembre con su tráfico navideño y la urgencia de cerrar asuntos. El reloj nos apunta con su apremio. Me siento atormentada por la altanería de un año nuevo que se acerca con su inminente imposición de promesas. Este año alcanzo las curvas de una modelo; me vuelvo una lectora empedernida; aprenderé portugués, escribiré un Best Seller. ¡Maldito primero de enero! ¿Quién te hizo tan exigente, goloso y tirano? Nadie puede convertirse en una estrella de rock de la noche a la mañana y mucho menos con resaca.

De todas formas, y como todos los años, lo intentaré. Porque el primero de enero, el perro siempre vuelve arrepentido.

Todos los años la misma cornisa. Un pie en el pasado y otro en lo desconocido. A mí la obligación de celebrar algo, siempre me ha incomodado. ¿Además qué es lo que verdaderamente celebramos ? ¿Un año más o un año menos? Estamos más lejos del día en que nacimos, pero también más cerca del día en que moriremos. Quizás la idea de la muerte acercándose de a poquitos, nos empuja a replantearnos nuestra vida y a tomar el comienzo de un nuevo año, como un nuevo punto de partida. Nos cuesta aceptarnos. Y por eso, sobran los ilusos, que caemos año a año, en la tentación de creer que esta vez sí haremos algo relevante en este mundo; sí seremos por fin alguien importante. Como si lo trascendental en esta vida fuera convertirse en alguien importante.

Expectantes, miramos el reloj ajeno, avanzar hacia las doce. El diez se derrite hasta bautizarse en cero, y entre gritos y abrazos, se proclama la liberación de algo que acabó y algo que comienza. La tóxica presencia del amarillo en sombreros, matracas y pitos distrae cualquier tipo de reflexión. Todo se vuelve más frívolo y en esa tónica es más fácil olvidar. Lentejas para el dinero, uvas para la suerte, maletas para los viajes. Burbujas disparadas, botellas de cerveza, silencios reemplazados por un televisor; fuegos reventando el cielo y un brote de nostalgia anunciando una partida. ¿A dónde se va ese año? ¿Se confundirá con otros y perderá su forma? ¿lo olvidaré? Creo que ya lo hice, estoy tan ansiosa por la llegada de lo nuevo, que olvidé los modales y me fui sin despedir.

Así de lúdica es la vida, que pretende borrar el tiempo con una cuenta regresiva y transformarnos a todos en perfectas Cenicientas solo porque un reloj marca las doce. Dejar el cigarro, el control remoto, las golosinas, la envidia, el bendito celular en plena comida. Una pequeña gran farsa de conjuros y promesas. El folklore en su máximo esplendor. ¿Quién puede juzgar a unos cuantos millones de personas tratando de alcanzar su mejor versión el primer día del año? Si el escándalo no está en ese acto, si no en el descaro con el que el dos de enero, volvemos a ser los mismos panzones de siempre; porque total, el cambio lo hago, el año que viene.

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