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Faro

El faro La Marina en eterna atención militar es un cíclope con el ojo puesto en la bahía de Lima, las olas vienen hacia él, embravecidas o calmas, infatigables en el tiempo. Se yergue bien plantado con su traje de marinerito y todas las mañanas a sus espaldas el ritmo lento y pausado del taichí de un grupo en extremo coordinado, en extremo sosegado, le asegura que este es su sitio.

No siempre fue así. Punta Coles, cerca de Ilo en Moquegua fue su ubicación original. Viejo zorro, tenías escondido que fuiste a parar allí en 1921, una solitaria y fría punta salitrosa, un suelo yermo y con olor al punzante amoníaco de las deposiciones de las aves marinas. Eso sí era bueno, un concierto de animales tenían la punta como refugio, al menos tenías compañía y de vez en cuando algunos grumetes venían y repintaban tu estructura carcomida y oxidada de fierro, cada vez más, como un cáncer… mientras que tú te pavoneabas de haber sido diseñado por el mismísimo Gustave Eiffel en 1900, sí, el de la torre parisina, pero, tú bien sabes que hay tantas otras cosas de fierro que dicen que las construyó el mismo Eiffel y sólo son diseños industriales en serie provenientes de su estudio o quizás ni siquiera son del francés. No hay manera de probarlo.

Son rumores traídos por el viento que acaricia tu lámpara cada tarde de brisa marina. Esa brisa que te iba carcomiendo de a pocos en Punta Coles, hasta que decidieron mudarte en 1973 al mejor sitio que pudieron encontrar. Te desarmaron en 319 partes y todos tus 60.000 kilos de fierro fundido fueron a parar al malecón de Miraflores, casi el centro de la bahía de Lima. La primera vez que te vi, debió haber sido tres años después. Los pantalones cortos y mi mirada de asombro ante tu gigantez.

Los acantilados eran otros, mayormente tierra, hasta covachas habían. Te llenaste de pasto, de veredas, de gente. Gente que camina, corre, rueda, patina, gente con perros, gente que hace deporte, gente que mira el mar, como tú lo haces eternamente. Yo no soy el mismo, pero tú sí. Me traes recuerdos y es un privilegio tenerte allí cerca. Se va la luz al horizonte y tu frente se baña de naranja, se va la luz y se prende tu señera frente. Una, dos, tres vueltas. ¿Cuántas más? Luz de guía, ilumina mi bahía que estoy seguro algún pescador duerme en su chalana con el haz de la noche como vigía. Faro, ilumina mi nostalgia y píntala de naranja. Cada día.

 

 

 

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