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La casa de Atahualpa

De niño alcanzaba a ver desde mi balcón la iglesia del Parque Central de Miraflores. Tendría ocho años y todavía no se habían construido el edificio. El Pacífico ni el de La Casa del Ingeniero que terminarían por convertir mi horizonte en fachadas de vidrio y ladrillo al otro lado de la calle.

La casa quedaba en la calle Atahualpa en un segundo piso cerca de la Av. Pardo. Se subía por unas escaleras de mármol amplias para llegar a las habitaciones de techos muy altos que se comunicaban entre sí a través de largos corredores. Al final de estos se llegaba a una habitación central donde el techo se elevaba un metro, separándose de las paredes, para permitir un espacio por donde ingresaba tímida la luz del invierno limeño y algunas mañanas la brisa del mar. En esta habitación nos juntábamos a comer todas las noches, las cinco mujeres de la casa y yo.

Al fondo, pasando la cocina y el área de servicio, había un patio abierto con piso de tierra donde jugaba mis juegos de niño bajo un cielo inesperado en una casa de segundo piso.

Trepando unas ventanas altas y prohibidas en el cuarto de Zoila -la señora que nos ayudaba en la casase accedía a la azotea. Ese era mi camino de explorador y por ahí me trepaba y visitaba las azoteas vecinas. Si era temprano podía atisbar, entre los olores de pan caliente, los hornos encendidos de una panadería que estaba en el primer piso y que era lo más parecido al infierno en mi imaginación de niño o asistir, pagando unos céntimos, a unas obras de teatro que escribía, organizaba y dirigía el vehemente padre de unos niños vecinos de azotea.

Este territorio, compartido con los gatos techeros y sobrevolado por gallinazos, era el escenario de mis más temerarias aventuras.

*

Vivía en la casa de mi abuela que era un poco la casa de todos. Ahí se celebraban los cumpleaños y las navidades. Cualquier fecha importante era buen pretexto para reunirse y celebrar con la música que tocaba la abuela al piano, una música alegre, informada de aires brasileños. A esa casa llegaban siempre los tíos y los primos. Algunos venían de Jauja y otros, siempre de madrugada, desde la selva adonde se habían ido como colonos. Una visita siempre especial era la del tío Carlos. Un gordo enorme al que le brillaba la calva y sabía leer y hablar perfectamente catorce idiomas. En ciertas fechas llegaban las encomiendas desde Iquitos con las frutas más exóticas y otras delicias de la selva. Los huevos de Charapa, por ejemplo, que de inmediato dividían la casa en dos: los que se peleaban por ese manjar y los que salían corriendo ante el fuertísimo olor que emanaban.

La casa era un poco como la Lima de hoy, un territorio complejo, diverso, lleno de contrastes, con gentes de todo tipo que llegaban de todas partes.

*

Pero fue la calle la gran protagonista de mi infancia. Siempre había un rincón nuevo que explorar, casas semi abandonadas por descubrir, historias inverosímiles que se contaban en las esquinas y la frontera de la caminata permitida que yo trasgredía día a día.

En el verano recolectábamos moras de los árboles o, arriesgándonos al malhumor y los gritos de dueño de casa, robábamos granadas de un jardín en la esquina de Dos de Mayo con Atahualpa. Era una fruta extraña para nosotros. Abrirla para contemplar y comer sus deliciosos y jugosos granos, de un color rojo intenso y trasparente, era el anuncio de una sexualidad aún desconocida.

En la calle siempre sucedía algo, los ropavejeros dividían la mañana con sus gritos anunciando compras imposibles, el lechero tocaba la puerta muy temprano y en la esquina un puesto de periódicos anunciaba las últimas historietas y, para mi importantísimo, los cancioneros.

Teníamos una cocinera maravillosa que aparte de cocinar bien era muy guapa ante mi mirada de niño y se sabía todas las canciones. Yo subía a casa corriendo con el último cancionero en la mano y ensayábamos unos dúos fallidos entre el risa de la negra y mi entusiasmo mal disimulado.

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La calle era mi reino. Los únicos peligros eran el Chorrillano, un ómnibus precursor de las combis, que pasaba raudo por la calle Bellavista interrumpiendo nuestro improvisado juego de tiros al arco; y también, el único patrullero que nos perseguía para quitarnos la pelota mientras nosotros nos refugiábamos en la Iglesia del colegio La Reparación.

La avenida Pardo con sus jardines y sus acequias, flanqueada por los enormes ficus cuyas raíces levantaban el asfalto de las pistas, era recorrida en las mañanas muy temprano por la procesión de la Virgen que salía de la iglesia del parque. Y yo, que quería ser Papa, acompañaba semidormido, contagiado por la devoción de unas señoras beatas que nunca más he sido capaz de sentir.

Los desfiles premilitares en Fiestas Patrias eran un acontecimiento mayor y las bandas de los colegios competían marcialmente mientras la gente se empujaba por tener los mejores sitios en la Avenida Larco, por donde pasaría el desfile entre aplausos y ovaciones para la banda preferida. Recuerdo la del colegio Champagnat dirigida por Santiago Silva, que después formaría con sus tres hermanos la famosa Orquesta de los Hermanos Silva. Junto con la de Carlos Brescia, animarían nuestras primeras fiestas adolescentes. Pero eso sucede algunos años más tarde.

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