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La casa vieja

Por Gonzalo Torres

El barrio viejo, la vida vieja. Nunca has de regresar a la vieja casa, las memorias se agolpan a ritmo de caballos desbocados que levantan polvareda. La memoria se nubla, se vuelve imprecisa. No vayas a ver los recuerdos de los hermanos que juegan, bajan las escaleras, los gritos, las risas, la mirada adusta y protectora del padre, la voz cariñosa de la madre y sus manos que acarician tu pelo desde lo alto del techo. La cocina regentada por el ejército, yo metido en el cajón inmovilizante rodeado de soldaditos, la cuchara en avión hacia el aeropuerto de mi hambre. El olor a raviol y tomate, a pan. El temblor de la casa, las manos prestas a cargar al infante, el delfín rubio, los padres y hermanos tras de mí, las batas afelpadas al apuro. La cuadra entera aplaca su ira. No vayas a venir a tocar los maderámenes viejos, el cemento donde están escritos nuestros nombres, la reja oxidada y la pared fría como el presentimiento. No vayas a venir con que ya no hay cuchillos que afilar ni botellas de leche fresca que intercambiar. Todo eso ha quedado vacío, atrapado en una ciudad que no es esta que transito, con desfiles militares que pasan a una cuadra y el rumor de los mayores. Las piernas, un mar de piernas y las mías sobre los hombros de papá. La voz aflautadita que llama a Canela, perra de fuego, caballo de fantasía. El sonido de la pelota que retumba una y otra vez sobre el portón de madera; vámonos a comprar animalitos y municiones a la esquina, gracias por la yapita. Zapatero clava, clava y mamá con la máquina sobre la cabeza de ruleros. La grande toca. El Cholo Sotil me mira desde su Glostora y me dice: regresa cuando la casa envejezca. Ya no estarán la de se aplican inyectables ni la mala que me tiró agua por jugar en su jardín. Ya no estarán, tampoco, la apacible soledad de las tardes, el patrón de sintonía de las mañanas ni la mano tierna de Julia que me hacía la señal de la cruz en mi frente antes de dormir. De nuestros enemigos líbranos, Señor, tanto como de los recuerdos exacerbados, cargados de nostalgia turbadora. El imán de la casa vieja. Algún día tocaré el timbre, algún día, y me volverás a abrir la puerta tú, mamita querida, tu olor a laca que recibía mi lonchera. Ven a mis brazos para cargarte yo a ti, mamá. ¿Almorzamos y luego una siestita? Mira cuánto he crecido, aquí lo ves en las marcas que ha hecho mi papá detrás de su puerta de clóset. No vengas más, hijo; no vengas a la casa vieja. Los recuerdos empujan y la puerta está más cerrada que nunca.

 

 

 

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