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[AS 188] El ciclo de un ceramista

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Durante cuarenta años, la arcilla de sus manos ha girado alrededor del principio cíclico de la vida: volver al origen y al pasado para moldear el futuro. Cíclica es también la búsqueda del escultor ceramista para su próxima creación.

Escribe Daniel Robles Chian / Foto. Marco Garro

 

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Carlos Runcie Tanaka, el artista que colocó la cerámica al nivel de la escultura, encontró en el cangrejo un símbolo de su pasado con el cual construir su presente. Hoy sus días son esquivos: huye de las luces y el ruido de la ciudad, no acostumbra firmar sus piezas, no le gusta el cine, ni tampoco los conciertos —a pesar de un breve y fugaz pasado como compositor—. Alguna vez dijo que el ruido no se encuentra afuera, sino al interior de su hogar, en los rumores e historias de sus piezas. Es que la casa de Runcie Tanaka ha sido capturada por sus esculturas. En el piso, hay pequeñas figuras antropomorfas; en los estantes, esferas de vidrio y piezas de vitrales; y en su jardín japonés, estelas apoyadas en piedras. En ese aparente silencio de las piezas quietas, reside la posibilidad de su creación.

Cuando tenía 19 años, Runcie Tanaka abandonó sus estudios de Filosofía para viajar a Japón y aprender el arte de la cerámica con un maestro local. Allá, en el campo, sin electricidad, aprendió a hallar la arcilla en los ríos y a idear soluciones de supervivencia. Una vez, tuvo que construir un puente rudimentario para llegar al hogar que le habían asignado. Alejado de la capital de la tecnología, encontró durante ese periplo japonés la casa donde había vivido su abuelo Tanaka. «Entender el pasado y nuestros orígenes es una forma de asentarse y seguir avanzando», sostiene el ceramista.

Desplazamientos, una de sus más celebradas instalaciones, fue el escenario para la aparición de los cangrejos de Runcie Tanaka, que luego reproduciría en cerámica, en vidrio y hasta en origami. Su fascinación por el crustáceo empezó en Cerro Azul, cuando encontró en la arena cientos de caparazones calcinados por el sol. Cerca de ellos, había un monumento que conmemoraba el desembarco de los primeros inmigrantes japoneses al Perú a mediados del siglo XX. «Los cangrejos me hicieron recordar a esos japoneses, como mi abuelo, que quedaron varados en el Perú y finalmente decidieron quedarse a vivir aquí. El cangrejo fija una experiencia cíclica, de vaivén, de vida y muerte», dice Runcie Tanaka.

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En su libro Una parábola zen y diez pequeñas historias, el escultor ceramista escribe: «Repetir y dominar la forma haciendo esferas de arcillas, es como elevar una plegaria sin principio ni final en el tiempo». Para Carlos Runcie Tanaka, la vida y su arcilla no son una sucesión de eventos lineales. Los entiende de una manera cíclica. Cuando recibe arcilla industrial, la «ensucia» antes de trabajarla. Le agrega granos de chamota (pedazos de refractario molido) para que se asemeje a su estado original, antes de que la sacaran de la tierra. Cuando coloca una de sus piezas en el horno, a más de mil trescientos grados centígrados, sabe que después de esa prueba de fuego la arcilla se volverá cerámica compacta, como si regresara a su estado inicial de roca. Cuando sus vajillas no resisten el horno y se quiebran, guarda los pedazos para insertarlos en las futuras esferas de arcilla. Es la incertidumbre que lo ha acompañado durante toda su trayectoria: «Es un ciclo que se repite una y otra vez en el horno. El fuego les da a las piezas ciertos rasgos que no podrías conseguir en frío. El fuego destruye, es cierto; pero también crea».

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