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[AS 188] Reino natural

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Uno de los lugares más inaccesibles de la costa peruana se ubica en Piura, a solo setenta kilómetros de Sechura. Illescas es un espacio donde la naturaleza se impone, donde flamencos, lobos de mar y pingüinos te hacen sentir como un extranjero sin visa en su reino reservado.

Por María Elena Carbajal /Fotografías de Heinz Plenge y Frieda Rivera-Schereiber

 

Veinte cóndores planeaban sobre nosotros. El sol brillaba y en la playa, decenas de lobos de mar parecían celebrarlo. Un grupo de flamencos remojaban sus patas en el mar y pingüinos se tropezaban en las piedras. Hay pocos lugares en el Perú que te hacen sentir lo que sientes en la Zona Reservada de Illescas: un extraño en medio de la naturaleza, un visitante sin invitación, un viajero perdido. Pocos lugares te dan la sensación de estar en medio del desierto y a la vez totalmente expuesto al océano Pacífico. Solo espacios tan increíbles como este tienen la capacidad de hacerte feliz con solo una mirada.

Para llegar a Illescas, hay que dirigirse desde Piura hacia Sechura durante setenta kilómetros, cruzar los bosques de algarrobos, y atravesar el desierto, incendiados a más de treinta grados. Pablo Martínez, fue nuestro guía. Él es un ex guardaparques de la zona reservada, ha recorrido sin descanso todos los rincones de Sechura en los últimos cinco años. No tiene un camino exacto para llegar al paraíso, solo recuerdos y una memoria fotográfica que le permiten reconocer esa zona como si fuera su barrio.

La ruta es calurosa y polvorienta. Decidimos entrar por el sur de la reserva, cerca de la caseta del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Sernanp), y hacer el recorrido hacia el norte, por la costa. Por razones de seguridad hay que solicitar un permiso especial al Sernanp para ingresar. Hay todavía pescadores de arrastre que alteran el equilibrio del ecosistema y es un trabajo constante para las autoridades. Una de las razones por las que Illescas es tan especial es por su increíble biodiversidad y su geografía volcánica. Entre sus poco más de 37 mil hectáreas se encuentran macizos de piedras que son parte de la cordillera marina que emergió durante el Paleozoico. Por eso, es usual encontrar fósiles marinos en medio del desierto. Además, su difícil acceso ha ayudado a que la reserva se mantenga intacta.

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Nuestro primer amanecer fue una escena que parecía pintada. Habíamos pasado la noche en una de las más de doce playas que hay en la zona reservada, llamada La Lobera, donde descansa una comunidad de lobos de mar. Nos instalamos en esa bahía pequeña y resguardada del viento por un conjunto de piedras. Armamos las carpas y caminamos un poco por esta suerte de santuario natural, donde los seres que caminan en dos piernas son los visitantes, los que deben respetar las reglas de la casa.

Aquí, el viento refrescaba de noche y las estrellas fugaces surcaban el cielo. Mientras eso pasaba arriba, en el mar algo alucinante estaba por empezar: un espectáculo de bioluminiscencia. Se trata de un fenómeno natural en el que determinados organismos marinos se encienden para atraer comida o protegerse. El resultado: un mar incandescente, como si tuviera luces de Navidad bajo el agua. De pronto, detrás de los cerros, apareció una luz blanca, implacable, hacia la media noche. Era la luna gritando su presencia.

 

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Al amanecer del día siguiente, cientos de lobos marinos se agitaban a sus anchas en las aguas de La Lobera. Es usual también ver cóndores andinos, sobrevolando esa porción de costa. Aquella mañana, llegamos a contar veinte. Pablo, nuestro guía, dice que esa temprana aparición es para buscar comida: «los cóndores bajan para alimentarse de las placentas de los lobos» y cada vez es más usual ver a este mítico animal de la sierra bajar a las costas de Illescas.

La siguiente playa en la ruta es Nunura, donde las olas pueden alcanzar los tres metros. Un espacio codiciado por tablistas osados y también por aquellos que practican kitesurf. Nunura funciona también como una planicie de vientos fuertes. Consciente de esas condiciones privilegiadas, Fernando “Wawa” Paraud vendió el hotel que tenía en Máncora para instalarse en esta zona de Illescas. “Wawa” construyó su casa frente a una playa llena de flamencos, de manera responsable. Incluso se convirtió en su guardián y la protegió de traficantes de terrenos y pescadores ilegales. Él fue uno de los primeros en ubicar a Illescas dentro del mapa de destinos nacionales. Sobre todo después de 2010, cuando el entonces Ministro del Ambiente, Antonio Brack, luego de recorrer asombrado toda la extensión de Illescas, la nombró Zona Reservada.

Hace cuatro años, Wawa falleció y esa casa idílica en la que vivió sus últimos días fue su legado, donde ahora funciona el EcoLodge Punta Luna.

Hacia el norte, la geografía se hace menos predecible. Profundos acantilados aparecen entre los cerros. Piqueros de patas azules sobrevuelan la zona, junto a ostreros, garzas y flamencos. Todo en Illescas parece intacto, lo que pocos han alterado. Como un lugar remoto, con un paisaje de fin del mundo (o de inicio), donde los animales, el clima, el viento, el mar y hasta las rocas se alinean en perfecta armonía, conformando uno de los espacios más impresionantes en la costa del Perú.

 

 

 

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