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[AS 189]Arco del triunfo

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Chiara Conetta se alojó en la portería de una cancha de hockey cuando tenía nueve años. Hoy forma parte de la selección peruana y del equipo San Silvestre Sport, en la modalidad field e indoor. Hablar de esta deportista es referirse a la única jugadora peruana que ha sido parte de un equipo femenino en el extranjero, el HC Nantes de Francia en 2014. Chiara Conetta: aptitud para la custodia.

Por Jesús Cuzcano / Fotografías de Phoss

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Su padre la envió a la portería porque quería protegerla. Entendimiento de rigor: el descubrimiento del talento puede ser producto de la obediencia. Allá, detrás de los otros ocho jugadores que apretaban el pulso de una partida familiar de hockey callejero en 1997, se creía que Chiara Conetta iba a estar libre de moretones y mayores impactos: contra la oportuna blandura del cuerpo de un contrincante o la dureza gris del asfalto. Aquella primera vez tenía nueve años y la inocente torpeza de quien intenta detener una pelota de cinco centímetros con cada una de sus extremidades, lejos de la postura ideal que es clave para desempeñarse como buen portero: cuerpo flexionado y apoyado en las puntas de los pies, rodillas a la altura del pecho, la parte trasera de los pies a la altura de los glúteos, brazos flexionados y abiertos como dejando a la mitad la intención de un abrazo. Vista desde lejos, se veía una niña frente a una red, tratando de mantener el marcador lo más cercano al cero. Esa tarea le abriría, años después, las puertas a competencias internacionales como la de México en 2014, donde participó representando al Perú en la Wolrd League; o Francia, donde ese mismo año fue parte del Hockey Club Nantes por ocho meses. A Chiara la enviaron a ser el último jugador en la cancha porque querían alejarla de los daños innegables del deporte. En 2005, cuando se encontraba en Florianópolis, Brasil, junto a la selección peruana en una competencia sub 17, se fracturó dos costillas al impactar contra un contrincante. En 1997 no llevaba más que casco y rodilleras; hoy reviste su cuerpo con un exoesqueleto de más de diez kilos, una carcasa que protege pelvis, brazos, muñecas, piernas, pantorrillas y cabeza de los más súbitos lanzamientos. Una pelota de hockey puede alcanzar, dependiendo de la ira o la técnica de su autor, cien kilómetros por hora, y puede romper narices, dientes, y hasta la portería más impenetrable. «Dicen que hay que estar algo loco para ponerse en medio del arco y una pelota que va así de rápido», dice Chiara.

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Un equipo de hockey se yergue sobre los hombros de quien resguarda los travesaños. No por nada esta posición es universalmente conocida como columna vertebral. Según Chiara, se trata de ese jugador que durante los cuatro tiempos de quince minutos de un juego, ordena al equipo y se convierte en el ojo de quienes no pueden ver. Es el camaleón que saca ventaja de la premura del caos. «Requiere precisión. Porque no solo se trata de salir apurada por la pelota», acota. Requiere técnica que oscila entre las variantes anticipación – velocidad; así como hay una postura para el cuerpo, existe también una para la vista: el futuro. O más precisamente, hacia segundos antes de un lanzamiento. Felix Mafferetti, portero de la selección de varones, le dio las bases del entrenamiento de intuición a Chiara cuando tenía doce años. Durante los entrenamientos, la ubicaba viendo hacia la red del arco, él se colocaba a cinco metros de ella y le daba una señal para que girara al momento en el que una pelota salía disparada hacia la portería. Luego de eso, ensayo y repetición. Ser portero requiere tanto talento de vidente como de deportista. Y de corredor frenético. Un arquero requiere de mucha resistencia física, por más que muchas veces no abandone su área delimitada de blanco. Para quienes no están familiarizados con la intensidad que simboliza la portería en el hockey, deben hacer un repaso por la clase de ejercicios que se realizan para convertirse en uno, partiendo por el entrenamiento suicidio. Un nombre que, lejos del fatalismo, se especializa en ejercitar la velocidad: correr circuitos cortos como pólvora expuesta al fuego. «Porque no se hace lo mismo todo el partido. Tienes momentos muy explosivos». Y finaliza: «Esos entrenamientos hacen que tus pulmones se adapten. Te hace crear físico de juego». Es decir, pone dinamita en el corazón.

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