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[AS 189]Disparando a ganar

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Daniella Borda es la única mujer perteneciente a la Federación Deportiva Nacional de Tiro Peruana. Tiene veintiún años, dispara desde los diecisiete, y ha encarado el peso de la disciplina como los deportistas más experimentados. En noviembre del año pasado obtuvo el oro en la Copa Krieghoff, en Buenos Aires. Hoy se prepara para el Campeonato del Mundo en Chipre, en marzo. Daniella Borda: dispararle a la vida es una forma de afrontarla.

Por Jesús Cuzcano/Fotografías de Augusto Escribens

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Jalar del gatillo requiere mucha ciencia. De lo contrario, cualquiera podría poseer la virtud con la que esta tiradora ha forjado su oficio: dispararle a innumerables blancos giratorios de once centímetros de diámetro que salen despedidos desde una cabina a más de cien kilómetros por hora. Gracias a dicha habilidad, ha participado en más de una docena de competencias alrededor del mundo en tres años de carrera, y ha construido  una historia divisada desde una puntería infalible. Tirar del gatillo requiere ciencia. Antes de plantarse detrás de un cañón, es primordial hacer una revisión del cuerpo: la orientación de los brazos, los pies, la posición de la cabeza con respecto a la culata. Cuando Daniella Borda disparó por primera vez, su padre le dijo lo siguiente: «apapacha la escopeta». En ese entonces era 2012, se encontraba en medio de un descampado a unas horas de Lima y empuñaba un arma cuya potencia se encriptaba bajo el nombre de Beretta 4-10, un fusil pequeño y ligero con el que aquella vez le apuntó a varios globos. Apapachar era un eufemismo. Porque la posición que adoptó, aún sin la finura con la que hoy lo hace, fue bajo la guía de las agujas del reloj, lo que ubicaba al pie izquierdo a la una en punto y el derecho a las tres; el brazo izquierdo a las ocho y el derecho a las cinco. Si para ella aquella posición no era natural, sí lo era el hecho de encontrar entre sus manos un fierro capaz de detener un ave en pleno vuelo. La tiradora cuenta que en su casa existe una habitación en donde un arsenal de escopetas reposa desde la concepción de su memoria infante. Su padre sería la pólvora. Fue él quien la introdujo a este mundo producto de su pasión por la caza y la práctica del sporting clays, un tipo de competencia no olímpica de tiro que Daniella también practicaría hasta el 2013, cuando fue partícipe de su primera competencia continental en Brasil en la categoría junior, y en su primer mundial en Lima; ambos en la modalidad skeet, esa misma en la que pretende clasificar a los Juegos Olímpicos de Río 2016.

«Explicar la técnica es fácil -dice ella-, ponerla en práctica es otra cosa». Porque las palabras son solo palabras hasta que se lance el primer proyectil. «Se debe colocar el arma en el orificio muscular sobre la clavícula. Apretar el cachete con la culata. Fuerte y firme. Se trata de mover la cintura, más que los brazos. Y consejo de seguridad: no señales a los demás cuando no estés disparando; esta es un arma de fuego, no una raqueta».

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Pero disparar también requiere de un ejercicio de comunicación íntima. Cuando Daniella se encuentra en competencia, antes de activar con su dedo índice la detonación en la recámara, dialoga bajo el secreto de su eco personal. A este acto se le conoce deportivamente como activación. Y va desde simples frases de motivación hasta silencio absoluto en donde la respiración marca el ritmo cardiaco. El público guarda silencio. Y ella se descubre inmóvil, durante esos tres segundos que le toma un plato salir disparado desde la máquina lanzadora, y desde que ella grita «pull» en tono de mandato. Poco importan, en ese momento, las peripecias que la llevaron a cualquier rincón del mundo donde se encuentre. Ya sea México, Estados Unidos, España o Canadá. Poco importan los malos estados del tiempo, como el que le tocó en Argentina durante la Copa Krieghoff, antes de campeonar; y poco importa la diferencia casi sexista que existe en el deporte, pues las mujeres no pueden competir directamente con los hombres y a las primeras se les asigna un número inferior de platos al momento de los disparos. Como si la puntería supiera de géneros. Lo que importa realmente es la posición de su Beretta DT11 que, a diferencia de su primera arma, está pensada especialmente para las competencias; importan sus cinco días de entrenamiento a la semana en el club de tiro de la FAP y la satisfacción que dice sentir cuando derriba con perdigones un objeto del cielo. Lo que a Daniella Borda le importa es el afinamiento del ojo hasta convertirlo en un verdugo indefectible, y recordar el orden en el que deben ser llevada las cosas al momento de la acción: alzar los brazos, encarar el objetivo, contener la respiración y jalar el gatillo. Y repetir, repetir la acción hasta convertir, con los años, la escopeta en una extensión del cuerpo.

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