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[AS 190]Puerto Prado

Un pedazo sostenible de selva

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Ema Tapullima es la primera mujer elegida gobernadora en todo Loreto. Tiene a su cargo Puerto Prado, una comunidad nativa de apenas 65 personas. Todos sus habitantes sienten como suyo el Premio Nacional de Ciudadanía Ambiental que obtuvo su comunidad hace unos meses. ¿Qué nos puede enseñar una líder que cuida más el ecosistema que tu vecino?

Por Guillermo Reaño / Fotos. Gabriel Herrera

 

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A fines del 2013, Ema Tapullima —la aguerrida lideresa de Puerto Prado, una aldea de apenas doce familias en uno de los bordes del río Marañón, a tan solo veinte minutos de Nauta—, a pesar de que ya era conocida en la región por el empeño puesto por los suyos en el cuidado de los bosques comunales, pensaba que lo avanzado hasta ese momento no merecía distinción alguna. «Estaba confundida. Recién cuando volví a casa con el premio entre las manos me di cuenta de lo que habíamos logrado», dice ahora cada vez que recuerda ese hito en la historia de su pueblo.

La comunidad nativa de Puerto Prado destaca sobre las demás por el orden de sus casitas de madera, la limpieza de sus espacios comunes y la elocuencia de cada uno de sus vecinos, todos descendientes de los cocama-cocamilla del Ucayali y el Marañón, un pueblo indígena prácticamente extinto, herido de muerte por la brutalidad de la ocupación de sus tierras, los desplazamientos y la mala suerte. «Nuestro pueblo se ha tenido que mover tres veces durante los últimos cien años», afirma Tapullima dentro de la maloca (‘casa comunal amazónica’) que levantaron con el dinero recibido por el premio del Ministerio de Ambiente y que les sirve para dar alojamiento a los turistas que llegan atraídos por el compromiso de sus habitantes con el planeta. En tiempos de la tala ilegal y la minería aluvial, Puerto Prado se presenta como una comunidad ejemplar, autosuficiente, ecológica, slow, que ha decidido vivir en armonía con la naturaleza, respetando sus ciclos y manejando de manera apropiada sus recursos.

«Todos los días veíamos pasar los cruceros que iban y volvían de la Reserva Nacional Pacaya Samiria cargados de turistas —dice Tapullima, mientras ordena las semillas de huingo y achiote que utilizan para elaborar collares y otras manualidades que venden como souvenirs—. Entonces nos preguntamos: ¿por qué no hacemos artesanía y los invitamos a parar?». Y así fue. Las embarcaciones de la empresa Aqua Expeditions se detuvieron un día, y a partir de entonces no han dejado de hacerlo.

Los turistas aprovechan la parada para usar el baño ecológico, recorrer alguno de los circuitos ecoturísticos; apreciar, desde un mirador natural, el jardín de victorias regias, el lirio gigante que flota sobre los remansos del Marañón; presenciar las acrobacias de los delfines rosados —si la suerte los acompaña—, o el vuelo y el canto de las decenas de aves del bosque que interrumpen la calma en este edén natural.

Gracias a ello, los bosques se recuperaron de inmediato y las pequeñas quebradas se llenaron de pozas y corrientes de agua. Sin espacio para los taladores de madera, los bramidos de las motosierras pasaron al olvido y las familias fueron encontrando, poco a poco, los recursos necesarios para solventar sus economías. Entonces decidieron dar el salto al futuro: pedirle al Estado la autorización para establecer, sobre cien hectáreas de propiedad colectiva, un área natural protegida. En el 2014, el ministro Manuel Pulgar, un viejo conocido de Ema, firmó la resolución que establecía el Área de Conservación Privada Paraíso Natural Iwirati (que significa ‘árboles’ en cocama), la primera bajo manejo comunal creada en Loreto.

La señora Tapullima y sus vecinas se mantienen a la vanguardia del desarrollo: acaban de construir el local de la escuela secundaria, donde una maestra —cuyos honorarios son cubiertos por los recursos obtenidos debido al turismo— continuará enseñándoles cocama a los muchachos. Los más chicos están aprendiendo a sumar y a restar en el idioma de los abuelos, y ya pueden entonar canciones y armar frases en una lengua que estuvo a punto de desaparecer. Para los vecinos de Puerto Prado, la recuperación de su identidad cultural es indispensable para seguir soñando, pero también lo es la salud. Las madres del equipo de Ema conocen la importancia de la higiene y la prevención de enfermedades, así que han decidido utilizar parte del dinero que reciben en mejorar el sistema de salud de Puerto Prado. Los niños de la comunidad lucen radiantes, sanos, y ahora que están de vacaciones, gozan como nutrias de río nadando o trepándose a los árboles del Bosque de los Niños, otro de los logros de la gobernadora de Puerto Prado: un área natural de doce hectáreas enteramente gestionada por los muchachos de la comunidad donde aprenden a vivir de la naturaleza, para que el ciclo virtuoso del cuidado del bosque continúe para siempre.

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«En todo este tiempo, he aprendido a hablar poco y tratar de hacer mucho», asegura Ema Tapullima. Tiene razón: Puerto Prado, la comunidad cocama-cocamilla compuesta por 65 personas, es un ejemplo de desarrollo y buen manejo de los recursos naturales que se opone al propuesto por el desarrollismo combi que se ha instalado en la selva peruana con sus dragas, aserraderos al paso y harta munición para cazar todo lo que se mueva. «Me he sacado el clavo. Mi padre no me permitió ir a la escuela secundaria: “¿Para qué vas a ir, Ema, si lo que tienes que aprender ya lo sabes?”, me dijo. Ahora hablo hasta con el ministro y asisto a reuniones donde me escuchan y planeamos lo que queremos para nuestro pueblo», dice con firmeza. La mujer coraje de Puerto Prado —fundadora de la asociación de artesanos Karhrhuara Orno (‘victoria regia’, en cocama); la orgullosa madre de Kokito, primer puertopradino en seguir estudios superiores, y de César Manihuari Tapullima, teniente gobernador de la comunidad y tejedor habilísimo— es una de las cientos de líderes capacitadas por la Iniciativa para la Conservación en la Amazonía Andina (ICAA), un programa regional que impulsa USAID en las comunidades indígenas de Perú, Colombia y Ecuador, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las poblaciones amazónicas salvando sus bosques. Las historias de estas mujeres —y también la de los hombres que las acompañan en el sueño de construir un mundo mejor— se narran en el documental Suena selva: voces de la Amazonía, que se estrenará en Lima a fin de mes.

Ese día, Ema y los suyos volverán a la capital del país que aman con intensidad. Y ella podrá estrecharle la mano de nuevo al ministro del Ambiente. Será una magnífica oportunidad para aplaudir de pie su gesta, el trabajo en común de un grupo de afortunados defensores del medio ambiente.

 

●  Para arribar al Área de Conservación Privada (ACP) Paraíso Natural Iwirati, hay que llegar primero al puerto de Nauta. Desde Iquitos parten movilidades que cubren la ruta por S/. 10.●Una vez en el puerto, se debe abordar un peque-peque (embarcación típica de los ríos amazónicos) hasta Puerto Prado por S/. 5. Veinticinco minutos dura la navegación.

●   El alojamiento en la maloca (‘casa comunal’) y la alimentación son baratísimos. Germán Manihuari, el esposo de Ema, es un magnifico botero. Con él se puede navegar hasta el lugar donde confluyen el Marañón y el Ucayali, el lugar donde nace el río Amazonas y viven los delfines rosados (y grises) más famosos de la Amazonía peruana, así como visitar la increíble quebrada de Yarapa, en las proximidades del Área de Conservación Regional Tamshiyacu-Tahuayo, otra de las ANP de Loreto.

 

Contacto: aditapullima@hotmail.com

Teléfono de Ema: 995 686 238

 

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