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[AS 187] Azul profundo

Maurice Epstein, el curtido buzo y cofundador de Spondylus, la primera escuela de buceo en el Perú, ha nacido para adentrarse en el mar. Bucear es una catarsis controlada que dirige su vida. Aquí el retrato de un trotamundos del submarinismo.

Por Diego Olivas Arana

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En aquella porción del mar en Hans Bay, Sudáfrica, una poderosa jaula metálica se hunde en las profundidades. Dentro de ella, un peruano observa la incierta y oscura inmensidad marítima. Viste la clásica escafandra, un par de aletas, snorkel y máscara. Sin taque de oxígeno. El menudo perímetro encarnado en aquella shark-proof cage no lo sobrecoge. Maurice había arribado a esa parte del mundo a practicar el cage diving con la sola determinación de ver al Carcharodon carcharias, el gran tiburón blanco. El escualo pasa a una distancia ínfima de Maurice. Su cuerpo de seis metros de longitud y más de tres toneladas de peso roza la jaula con mortal parsimonia. Esboza esa sonrisa desdibujada e informe, aquella que revela sus tres mil dientes filudos. Mira a Maurice sin mirarlo, con esos ojos enormes y apagados, carentes de irises, sumidos en la tiniebla. Continúa rondando la jaula, batiendo su anatomía, pues de no moverse moriría de anoxia. Un eterno baile fusiforme.

Frente a tal experiencia, uno se imaginaría la música visceral que John Williams compuso para Jaws (1975), y no podría estar más equivocado. Aquella mañana del 2011, lo que invadió a Maurice no fue un miedo inenarrable. Al ver la dimensión de la criatura, las cicatrices en su cuerpo y la imponencia de su existencia, no pudo más que sentir respeto. Un agradecimiento con el mar por permitirle vivir ese momento. Hoy Maurice considera aquello lo más increíble que jamás haya visto. Una exaltación de la naturaleza.

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Ecuador, México, Cuba, Egipto… Desde que Maurice y su hermano Michael se reunieran en Tailandia para practicar el scuba diving, ha viajado exclusivamente para bucear. Año tras año se reencontraban en remotos parajes para realizar su pasión. Antes de eso, su vida era otra. El 2004, Maurice se mudó de Lima a Windsor, un pequeño pueblo inglés al sur del río Támesis. Allí trabajó durante tres años y medio como bartender y bar manager en un restaurante. Tras ello, cambió los cocteles por un escritorio y pasó a laborar en el área de contabilidad de una farmacéutica por otro puñado de años. Hasta que descubrió el buceo.

Aquel viaje a la provincia tailandesa de Phuket en el 2007 arrancó como una reunión familiar y devino en una revelación apoteósica. Convencido por su hermano, Maurice empezó a bucear y jamás se detuvo. Ambos sacaron sus licencias durante esa visita. Resuelto, dejó su vida en Inglaterra cuando ya empezaba a asentarse y retornó a Phuket para seguir un curso de instructor de buceo. Trabajaría como buzo entre Tailandia e Indonesia por año y medio, hasta decidirse a regresar al Perú y fundar Spondylus junto a su hermano. La extraña maravilla de las profundidades marítimas era algo a lo que podía entregarse con devoción. El mar conjuraba su espíritu y él acudía, encantado.

 

Spondylus es un género de moluscos espinosos de intensos colores. Además, es el nombre de la primera escuela de buceo del Perú, aprobada por la Professional Association of Diving Instructors. Nació en agosto del 2011 en Máncora. Hoy la escuela ha llevado a bucear a más de tres mil personas de todo el mundo a través de las costas de El Ñuro, Los Órganos y Punta Sal; y ha certificado alrededor de novecientas. Para ellos, todo buzo es un embajador de la superficie y protector de los mares.

A poco más de tres kilómetros de Los Órganos se encuentra una plataforma petrolera abandonada conocida como MX1. Allí, Maurice y el equipo de Spondylus han buceado con innumerables tiburones ballena, mantarrayas gigantes, delfines, barracudas y pulpos, entre otros. Las nudibranquias, curiosos moluscos de descabellada coloración e imprecisa fisionomía, captan intensamente su predilección. Algunos de los que ha descubierto en el camino ni siquiera han sido registrados. El mar pervive bajo el secreto.

Maurice lleva más de tres mil quinientos buceos registrados. Estima el profundizar en el abismo marino como un paradigma de la paz interna: la impecable soledad, la imposibilidad de verbalizar, su respiración como único sonido, la sensación de ingravidez al elevarse la densidad. El mar es tanto su pasatiempo como su oficina. Maurice es uno de los pocos hombres en el planeta cuya profesión realmente se traduce en su pasión.

El célebre apneísta francés Jacques Mayol, cuya vida inspiró la hermosa película de Luc Besson, Le Grand Bleu [1988], sentía una fascinación incomprensible hacia los delfines. En su libro L’Homo Delphinus, teorizaba acerca del supuesto origen acuático del ser humano. ¿Acaso el misterio que entraña nuestro cerebro guarda un deseo latente por retornar a lo insondable del océano? Quizás la memoria biológica de un pasado dichoso en las profundidades del mar sea aquello que motiva a Maurice. ¿Encierra la oscuridad azul  un mundo de posibilidades? Maurice seguirá adentrándose. Toca seguir contemplando.

 

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Una vez, Maurice vio pasar por Máncora grupos de orcas hembras con sus crías. Al saber que aquellas madres protectoras son también los animales más peligrosos del océano, decidió no meterse al mar.

 

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Aquí Como instructor en una salida al mar de Spondylus.

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