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Es el fuerte

ENRIQUE BARZOLA

Destruyó las predicciones al poner su nombre en las grandes ligas de la UFC. Un peleador peruano vuelve, con categoría, a la más importante compañía del rudo mundo de las artes marciales mixtas.

Texto. Pablo Panizo / Fotos. Alonso Molina

 

Antes de entrar a la jaula del UFC Fight Night Monterrey, con el eco de un coliseo que retumba contra las paredes del camerino, Enrique el Fuerte Barzola sentía ansiedad y adrenalina. Era el 21 de noviembre de 2015 y la llamada «capital industrial de México» se preparaba para recibir por primera vez un evento de la UFC, la más importante promotora de artes marciales mixtas (MMA). Cinco mil kilómetros al sur, en El Agustino, la casa de Ruth Acosta acogía en su sala a casi todo el barrio para ver por televisión la pelea del vecino más popular, su hijo. Los gritos de «olé, olé, Fuerte, Fuerte» se oían hasta la calle, mientras su madre recordaba a los medios de prensa la recomendación que le había dado antes de partir: «Sal a matar. Aniquílalo». Hasta entonces, el único peruano que había peleado en la millonaria organización norteamericana era Tony de Souza. Desde su última pelea, en 2007, la UFC permanecía en la mente de los peleadores nacionales como una meta casi inalcanzable. Entre los seguidores del MMA, la visión no era distinta: pese a que Barzola se había ganado su lugar con dos victorias internacionales en The Ultimate Fighter Latinoamérica (TUF) —el reality show con el que la empresa promueve nuevos talentos—, el peruano no era favorito para nadie. Al frente tendría no solo a Horacio Gutiérrez —un mexicano de poderosos puños, con diez años de trayectoria y una exigente preparación en los gimnasios de Chicago—, sino a dieciocho mil personas que le recordaban que él era la visita. Las páginas de apuestas pagaban más del doble por una victoria del Fuerte y el mundo del MMA se preparaba para una pelea sin sorpresas antes de coronar al cuarto campeón mexicano consecutivo del TUF Latinoamérica.

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Pese a que tiene el formato de un reality, durante la última temporada del programa, la rivalidad entre Barzola y Gutiérrez, finalistas de la categoría de peso ligero, escapó a las cámaras. Como miembros del equipo rojo, durante las grabaciones simulaban remar para el mismo lado, entrenando juntos y celebrando las victorias de sus compañeros. Con el paso de las semanas, sin embargo, sus triunfos hacían indicar que ambos se encontrarían en Monterrey, y una creciente hostilidad, alimentada principalmente por Gutiérrez, derivó en amenazas directas. Ya en la previa a la pelea, el mexicano alimentaba el morbo: «Ningún peruano va a ganarme en mi casa», declaraba a los medios. El día del pesaje oficial intentó intimidarlo poniendo cara de matón y dándole un empujón que obligó a la intervención del árbitro. En el MMA hay chicos malos y el mexicano es uno de ellos. Rugen en los pesajes, exhiben sus músculos como los narcos sus armas, lanzan amenazas de muerte. Chicos buenos no hay. Lo más neutral que puede encontrarse es alguien como el Fuerte, que limita su agresividad al octágono. De todas formas, frente a las mañas de su oponente, el peruano luce como un chico bueno. El teatro de Gutiérrez atrae a los fotógrafos y uno olvida que ese amplio triángulo musculoso que es la espalda de Barzola resulta una amenaza para cualquier peleador. Si la prensa hubiera estado más atenta, habría encontrado en su rostro evidencias de su resistencia: su nariz está completamente achatada por cientos (¿miles?) de puñetes y codazos, y su oreja izquierda es lo que en el mundo de las peleas se llama «oreja de coliflor», una rosca de sangre calcificada entre la piel y el cartílago, formada a punta de golpes, arrastres y palancas de presión.

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Ya hemos dicho que, mientras calentaba para subir a la jaula, el Fuerte Barzola estaba ansioso por romperle la cara al que había prometido «partirle la madre». Quería fajarse a golpes, pero su entrenador lo detuvo. Con la experiencia de una vida entera en el MMA, Iván el Pitbull Iberico le recordaba que intercambiar golpe por golpe era el terreno perfecto para que el mexicano hiciese honor a su nombre de batalla: el Castigador. «La estrategia es primero», le repetía.

 

Un fanático
Durante las últimas dos décadas, Miguel Medina ha recibido a peleadores en su gimnasio de San Borja. El caso de Barzola, sin embargo, no lo vio nunca. «Basta con que lo veas entrenar para que sepas por qué le dicen el Fuerte», resume. Jamás vio a un muchacho prepararse tan duro como él, en turnos consecutivos de mañana, tarde y noche. Después de cada sesión de dos horas practicando distintas artes marciales, Barzola se dedica a golpear sacos sin parar. Si ya está muy cansado, hace máquinas. Y si alguno de sus profesores le falló —tiene uno para cada rama que intenta fortalecer—, repasa en solitario lo que ya había entrenado en la semana. Con ningún otro Medina ha tenido que llegar al extremo de pedirle que se vaya, cuando nadie más queda en las instalaciones. Recibe siempre la misma respuesta: «La única forma de ser el mejor es entrenando, así que Miguel, por favor, no me botes». El impacto que ha tenido la llegada de el Fuerte y su entrenador, Iván Iberico, es tan grande que Medina ha decidido que la perseverancia sea el nuevo lema del gimnasio. En el cuadrilátero de lucha, en las barreras acolchonadas que dividen cada segmento de reja, se luce esta palabra como un dogma.

Pero la perseverancia no explica por sí sola su éxito. Enrique no es peleador por necesidad, sino por obsesión. En palabras de Medina, es «un fanático que ha hecho realidad su fanatismo».

Si se tratase de necesidad le habría hecho caso a su familia y estaría todavía en un cubículo de las galerías de la avenida Wilson, ganándose la vida como diseñador, como hizo por tres años antes de llegar al gimnasio de los hermanos Iberico. Seguiría yendo a las cabinas de Internet de su barrio para ver las peleas de la UFC e imaginarse que algún día él estaría en el octágono y la gente gritaría su nombre. Pero se cansó de imaginar que podía ser un peleador. En 2010, apenas independizado como diseñador y con una pequeña cartera de clientes, decidió usar su dinero para aprender Luta Livre con Héctor Iberico. Junto al hermano del Pitbull se convirtió rápidamente en un experto en estrangulaciones, palancas a las articulaciones y derribos, la especialidad de este arte marcial brasilero. En algún momento de sus primero dos años de entrenamiento, Iván mismo le puso el mote de Fuerte, cuando se daba casi por descontado que a cada torneo de sumisión al que lo inscribiesen resultaría campeón. Peleó en más de treinta y, salvo un par de excepciones, fue siempre el ganador. Enrique tiene algo natural que lo hace muy difícil de tumbar. «No sé qué será, si la alimentación o la genética, pero me siento muy fuerte. Mi cuerpo aguanta mucho golpe», explica Barzola. Nunca ha sido noqueado ni finalizado con una llave, ni en torneos de sumisiones ni en peleas de MMA. Sus únicas derrotas han sido por puntos. A ese don natural para la lucha sumó una disciplina castrense para seguir las indicaciones del Pitbull Iberico. Hoy es la figura que otros peleadores peruanos siguen para saber que sí es posible llegar a las grandes ligas.

 

En la jaula se ven los machos
En pocos minutos se jugaría un contrato profesional en la UFC, algo que Kelefa Sanneh, corresponsal especializado para The New Yorker, ha descrito como «lo único que realmente importa para un peleador ambicioso». En pocos minutos estaría frente al más arrogante de los peleadores con que le había tocado enjaularse. Quería matar, pero Iberico le puso los pies sobre la tierra. «La estrategia es primero», insistía. Detrás de la parafernalia de Gutiérrez, estaba la intención de calentarlo, incitándolo a buscar el enfrentamiento directo. Como especialista en boxeo, el mexicano quería tenerlo cerca para someterlo a puñetazos. En cambio, Iván le propuso amagar golpes y moverse con inteligencia para enredar a su rival en una dinámica de golpes sin destino final.

Decidido a obedecer a su entrenador, el Fuerte entró a la jaula sintiéndose en estado de gracia. «Ya peleé, ya gané. Ya peleé, ya gané», se decía una y otra vez. Para cuando subió al octágono sus nervios habían desaparecido por completo y ahora era él quien buscaba a su rival. Sus ojos perseguían al mexicano, pero Gutiérrez esquivaba la mirada. Para Barzola fue una señal de miedo. Con el choque de guantes la pelea empezó y los narradores de Fox situaban a los televidentes: «Un contrato de seis cifras está en juego en esta pelea. Un cambio de vida definitivo está asomándose para los peleadores con esta victoria». Aunque algo exagerado, el relato no dejaba de ser real. Dependiendo de los resultados, el contrato de un año podría extenderse a tres, cada uno con tres peleas. Durante el primer año se gana 12 mil dólares por pelea y 12 mil más por el triunfo. Bajo la misma lógica, en el segundo año la suma aumenta a 16 mil y, en el tercero, a 22 mil. Peleando nueve veces y venciendo en cada enfrentamiento, las ganancias pueden ser de hasta 300 mil dólares. Sea como fuere, Barzola estaba frente a la oportunidad de su vida.

El primer asalto fue poesía para el peruano. Animado por el estruendo del público, Gutiérrez intentaba acertar sus puños, mientras que Enrique, astuto y ágil de piernas, entraba y salía sin que un solo golpe de consideración tocara su cuerpo. La frustración del mexicano era evidente: Barzola lo tenía donde lo quería tener. Sus contragolpes los narra él mismo: «Ahí es cuando yo ataco: cuando yo quiero, no cuando él lo quiere. Entro y salgo, pero ahora pego yo: ¡pam, pam, pam!». Luego llegaría lo mejor, con el Castigador reducido a castigado y el Fuerte justificando tamaño apelativo. Con la explosión de una fiera encaramó a su rival, alzándolo en una súplex de manual con la que lo lanzó de espaldas contra la lona. En el suelo, el round era suyo.

Con el toque de la campana, su esquina compartía su euforia. «Estás a punto de conseguir el sueño. Concéntrate. Muévete», ordenaba el Pitbull. Su victoria significaba la de ambos. Iberico apostó todo por él. Le dio su primer contrato en 2012, con el que pudo dejar de trabajar para concentrarse en el MMA, le consiguió cada pelea y le alquiló un cuarto en San Borja para concentrarse únicamente en entrenar. La relación entre ambos es como la de un padre con su hijo. Para Medina, quien ha vivido desde su gimnasio la dinámica Barzola-Iberico, el Fuerte es para Iberico lo que él no llegó a ser.

 

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El segundo asalto fue una réplica del primero, pero exagerada. Gutiérrez fue un maniquí tirado al suelo y el peruano una máquina de codazos contra su frente sangrante. La escena permite entender por qué durante su aparición en los noventa, antes de la implementación de importantes medidas de seguridad, a este deporte se le llamó Vale Todo, y algunos políticos como el entonces senador por Arizona, John McCain, lo calificaban como una «pelea de gallos humana». Y sí, se parecen un tanto. Cualquier ciudadano piadoso, ajeno al mundo de las artes marciales, habría optado por detener el encuentro en ese momento y declarar a Barzola ganador, pero los conocedores saben que los gallos de pelea luchan hasta la muerte. Con dos de los tres asaltos a su favor, al mexicano solo un KO sorpresivo podría haberle dado la victoria. Iberico lo sabía y se lo advirtió: «Queremos una pelea inteligente; la pelea es tuya». Y así fue. Nada cambió en el último round. Las estadísticas fueron demoledoras: por cada golpe de golpe de Gutiérrez, Barzola asestó once; cinco derribos frente a ninguno del mexicano. La decisión de los jueces fue unánime y el árbitro alzó su brazo. Enfundado en la bandera peruana, Enrique se arrodilló en la lona, cerró los ojos y miró al techo. Las cámaras enfocaban el rostro del naciente peleador de la UFC, adornado con un chullo que llevaba inscrito el nuevo nombre que los seguidores del MMA debían recordar: Fuerte.

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