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Espejos acuáticos

Por Jesús Cuzcano / Fotografías de Goyo Barragán

Adrián Infante y Daniel Pinto son dos clavadistas peruanos que comprenden el milimé- trico ejercicio y arte de caer en competencia. El año pasado ganaron, en la modalidad de salto sincronizado, el oro en el Torneo Internacional CAMO, en Montreal, Canadá. Si la grandeza se busca en lo alto, ¿por qué ellos prefirieron caer?

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De lejos, son solo dos sujetos que caen con la misma postura al agua. De cerca, tienen nombre y apellido, miedos y una historia. El de la derecha se llama Daniel Pinto, tiene dieciséis años, aprendió a hacer clavados antes que a nadar, a los diez; compite en la modalidad de clavado sincronizado desde los catorce, dos años después de mudarse al Perú desde Estados Unidos, donde vivió toda su vida; y cuando dio su primer salto en una piscina pública de Louisville, Kentucky, ni se imaginaba que al día de hoy tendría veintitrés medallas de oro por representar al Perú; ejemplo de su destreza: cuando tuvo quince clasificó, en Venezuela, al Campeonato Mundial de Mayores y se enfrentó a clavadistas que le doblaban la edad, no ganó, pero llegó más lejos [o profundo] que cualquier otro chico de su edad; cuando entrena y compite utiliza muñequeras para dar más estabilidad y fuerza a sus manos al momento de impactar contra el agua, porque es muy sencillo dañárselas en un deporte como este; y cuando extiende el brazo derecho para saludar, deja entrever los quistes que se forman en el dorso de su mano, los mismos que han sido producto de cientos de clavados que lleva realizando desde que se inició en el deporte. Podría pensarse que una de las ventajas de caer sobre una piscina es la de salir ileso en una situación que involucre altura y velocidad, sin importar la forma en cómo se caiga. Pero no es así. Si existe una característica que sobresale en este deporte, además de su belleza estética, es el cálculo milimétrico que ocurre en el breve instante previo a la caída. Y también durante la misma. Arquear la espalda cuatro centímetros de más al momento de la entrada al agua puede causar una contracción muscular; impactar contra la piscina con los brazos en una posición incorrecta, con las manos separadas, por ejemplo, puede causar la fractura de muñecas u hombros. Un mal cálculo puede ser la antesala del dolor. Porque caer sobre agua duele. Él es el de la derecha.

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El de la izquierda se llama Adrián Infante. Practica clavados desde hace más de una década, pero no sabe exactamente desde cuándo le teme a las alturas. Empezó a nadar a los tres años porque le diagnosticaron megalocardia, una palabra enrevesada que en cristiano significa tener el corazón más grande de lo normal. La natación lo ayudó a contrarrestar aquel sueño involuntario que se apoderaba de él cuando de niño, luego de correr unos metros en el patio del nido, se quedaba dormido. Pero nada lo ayudó con su vértigo. Él lo dice así: «el miedo es algo que se crea con los años». Y es verdad; pero también es algo que puede superarse. O sobrellevarse cuando se entiende su razón de ser. Tiene veintidós años, veintinueve medallas de oro, tres de plata, diez de bronce y ha saltado en lugares tan disímiles como Canadá, Estados Unidos, Cuba y Venezuela. Practica el salto sincronizado desde los doce, y desde hace cinco años se ubica al lado izquierdo de Daniel Pinto para saltar.

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Cuesta creer que un deportista que ha dejado el nombre del país en alto con la elegancia de su caída, y quien por cinco años [del 2008 al 2013] asumió la batuta como entrenador de clavados en el IPD, sienta ese vahído en las alturas. Él cuenta que, en el 2011, cuando se encontraba en Varadero, Cuba, se lanzó desde un muelle a doce metros del mar. Que cayó como una flecha humana, a más de cuarenta kilómetros por hora, hasta incrustarse en el azul absoluto de su mar. Y que lo hizo solo por diversión. Entonces por qué, Adrián Infante, ¿por qué saltar de tan alta distancia si el vértigo intenta apoderarse de tu cuerpo? «Por la tranquilidad que da el agua», dice con resolución. Acaso una ilusión de seguridad. Lo explica con una anécdota: en diciembre del 2015 subió a la Torre Eiffel. Y cuando miró hacia abajo, el miedo atacó sus cimientos nerviosos. «¿Pero qué te pasa –le preguntó su hermano-, si todo el tiempo te andas tirando? Hubo una pausa. «Es que abajo no hay agua», respondió. Él es de la izquierda.

 

 

 

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