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Katmandú y Nuwakot, las enseñanzas de Nepal

La fotógrafa y periodista Natalia Queirolo pasó dos semanas de 2016 como voluntaria construyendo una escuela en las afueras de Katmandú, en Nepal. Actualmente radicada en Londres, su experiencia le cambió la mirada y se ha convertido en un proyecto fotográfico en el que está trabajando. En esta nota, comparte su experiencia y explica qué sucede cuando el viaje se convierte en una manera de ayudar (a otros y a uno mismo).

Texto y fotos: Natalia Queirolo.

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Era verano en Madrid, donde aún vivía. Mediados de julio de 2016 para ser precisa. Esos meses en que el sol sale de madrugada y se oculta cerca de las nueve y media de la noche. Cuando las calles donde no corre el viento se convierten en el último lugar donde quieres estar. A finales de octubre debía dejar esa habitación y luego no tendría dónde vivir por casi un mes. Mis opciones eran claras: alquilar otro cuarto en Madrid o usar ese mismo dinero para viajar fuera del país. No hubo lugar a dudas. Solo necesitaba un destino.

Pensé en un gran compañero de viajes y recordé su experiencia como voluntario en Nepal, país asiático al que viajó para construir casas luego del devastador terremoto de 2015. “Conocí gente con alma, gente que estaba allí con la única intención de ayudar”, me dijo. Pensé también en Lima, mi ciudad, a lo lejos. Sentí la misma frustración que probablemente sienten muchos cuando ven las noticias de un mundo que a veces parece solo retroceder. Según datos oficiales, el terremoto de 7.8 grados que sacudió Nepal en 2015 causó 7365 muertos y 14 355 heridos. El epicentro fue muy cerca de su capital, Katmandú, acrecentando aún más el desastre. La sacudida tumbó prácticamente la capital entera y las construcciones de los pueblos aledaños, que se esparcen por sus majestuosas montañas. Me puse en contacto con All Hands, una organización sin fines de lucro que organiza labor voluntaria en Nepal. Esta vez yo no sería una turista. Como fotógrafa y como persona, mi mirada sería otra.

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Katmandú y Nuwakot

El tráfico y caos de la capital de Nepal es sorprendente. Que manejen en el sentido contrario es lo de menos: ahí se maneja como si no hubiera mañana (a pesar de eso jamás vi un choque, no entiendo cómo). Las vacas caminan por las pistas, casi todas las calles están sin asfaltar y no recuerdo haber visto una vereda o un edificio con más de diez pisos de alto. Casi dos años después, la pobreza y las consecuencias del terremoto son notables.

A cinco horas de la capital está el pueblo de Nuwakot. Llegamos en bus y luego caminamos cuarenta minutos cuesta arriba para llegar a la casa de All Hands. Para sorpresa nuestra, arribamos en una noche de celebración y las voluntarias estaban vestidas con vestidos típicos nepalíes. Todos nos recibieron con bailes, risas y abrazos. En la casa había más de 40 voluntarios de todas partes del mundo: hice amigos de Inglaterra, India, Australia, Estados Unidos, Colombia, España, Israel, Alemania, Francia y otros países. Estábamos todos ahí reunidos para construir una escuela.

Durante los siguientes días aprendí a hacer los nudos que arman la estructura de una construcción, a preparar cemento, a emparejar el suelo y a construir escaleras, las mismas escaleras por donde subirían los niños que, debido al terremoto, en ese momento estudiaban en habitaciones de lata con mucho calor. En nuestros días libres, aprovechábamos para bañarnos en el río de Trishuli o subir por las montañas del distrito de Nuwakot hacia la fortaleza de Saat Tale Durbar (construida en 1762). La primera vez que subí a la fortaleza estaba sola y conocí a Ganu, una mujer de 70 años que le servía ofrendas a un dios hindú. Me acerqué a ella con la intención de fotografiarla, pero sus gestos de cariño y energía me envolvieron totalmente. Cuando mis amigos llegaron me encontraron bailando con la cara pintada y collares colgando de mi cuello.

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Por las noches las calles del pueblo no tenían luz, pero nunca tuve miedo. Ya en la casa, comíamos como en familia y nos sentíamos una familia. Sin Internet ni celulares a la vista, todos estábamos conectados con lo que estábamos viviendo, con nuestra experiencia del día a día. Nos acostábamos a las nueve de la noche arrullados por el sonido de la lluvia y a las cinco y media de la mañana estábamos fuera de la cama preparándonos para trabajar.

Al no hablar nepalí, fue un reto acercarme con la cámara a la gente de Nepal. Un reto que con respeto y tranquilidad interna pude superar. Mi objetivo fue retratar a través de fotos análogas las sensaciones y mensajes que me transmitían las personas y el lugar. No busqué fotos bonitas, mi ojo estuvo concentrado en miradas sinceras. Imágenes que expresen la esencia del lugar. Me despedí de Nepal sin el miedo con el que llegué. Sin la angustia de tener un futuro incierto. Aprendí que una de las mejores maneras de conocer un país es haciendo labor social y trabajando mano a mano con desconocidos. Realizando un viaje que en lugar de alejarte, te conecte contigo mismo y con la humanidad

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