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Luna Tobin solo quiere pelear

Para la campeona sudamericana de muay thai, es muy difícil estar fuera del ring. En el mejor momento de su carrera, la peleadora se prepara para viajar a un nuevo mundial y cobrarse una revancha personal.

ella1Texto. Pablo Panizo / Fotos. Alonso Molina

 

Al centro de un espacioso salón rojo, bastante más largo que ancho, se revela el ring de la Escuela F-14, en el distrito de Surco. Solo las cuerdas lo separan del resto del piso. A su alrededor, reflejados en los espejos de la pared, cuelgan largos sacos cilíndricos y barras. Parada al centro del cuadrilátero, Luna Tobin encaja patadas y rodillazos perfectos a un contrincante invisible. Un cuadro colgado a media altura, sobre la entrada de la escuela, resume el boxeo tailandés: «Bienvenido al excitante mundo del muay thai, una mezcla de golpes de afilados codos, destructoras patadas y furiosos puñetazos. Un arte marcial ancestral transformado durante siglos en un arma letal». Acorde a esa definición, Tobin destaca por sus poderosas patadas: es capaz de elevar el pie y golpear con violencia el rostro de rivales más altas que ella, arriba del metro setenta. En el pedazo de papel, sin embargo, no entran todas las claves del muay thai. Ha sido dejado de lado el clinch —rodillazos al tórax o la cara—,el arma favorita de Luna. De hecho, esos movimientos fueron los que marcaron la diferencia el pasado 28 de noviembre cuando, en una pelea durísima frente a la paraguaya Araceli Fornera, se consagró campeona sudamericana de la WMC. Jamás le habían pegado tanto como ese sábado en Magdalena. Nunca antes fueron tan decisivas su elegancia para conectar rodillazos al estómago y su determinación para vencer la defensa rival.

En el boxeo tailandés importa cómo se pega, y en esa batalla la peruana fue ampliamente superior. Su rival lanzó puños una y otra vez, mientras ella avanzaba con la estrategia de superar el alcance de sus brazos y entrar al golpe por golpe. Rompiendo la guardia, ya frente a la paraguaya y su impetuoso desorden, sus combinaciones acertaban con elegancia y eficacia. Rodrigo Jorquera, su entrenador, la alentaba desde su esquina. Al extremo opuesto, el coach paraguayo creía que su dirigida estaba logrando vencer la resistencia de Tobin: «¡Ya se cansó! Es con las manos. ¡Eso es! ¡Entra, entra!». Luna lo escuchaba, sentía los golpes, pero no notaba que su rival le estuviera haciendo daño. Al contrario, creía estar cerca de derribarla. La sentía flaquear.

La norteamericana Ronda Rousey, exjudoca y por mucho tiempo máxima estrella de las artes marciales mixtas, decía que uno puede darse cuenta de qué tan buena es una luchadora por cuán conservado tiene el rostro. El suyo estaba casi intacto hasta su última pelea, el 15 de noviembre, cuando la noquearon después de reventarle el labio y volarle dos dientes. Ella misma se dio la razón: viéndola desfigurada, los fanáticos de las artes marciales descubrieron que Rousey era humana. Frente a Fornera, después de aguantar y responder con furia, Luna Tobin confirmó que tenía la cara dura. «Antes lo había pensado —recuerda—, pero podía ser que no me hubiesen pegado tan fuerte». Ese día no le dejó dudas. El médico se sorprendió de la resistencia de su nariz y sus amigos le decían que tenía una mandíbula de acero.

 

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Un año casi perfecto
Pocos días después de la pelea, los moretones de su rostro y la hinchazón de su ojo habían desaparecido. En su lugar reapareció la dosis de confianza que había perdido desde su derrota en agosto frente a la rusa Dunaeva Iana, en su debut en el mundial de Tailandia. Durante mucho tiempo, recordar esa pelea la hacía llorar. Había vivido por tres meses en la cuna del muay thai, entrenando junto a la selección en tres ciudades distintas, pero caer en su primer enfrentamiento la dejó eliminada. Víctima de su cabeza, poco preparada para las derrotas, Luna se culpó hasta afectar su propia seguridad. «En ese momento, solo podía pensar en que había perdido. Rodrigo me habló y me tranquilizó, pero igual estaba molesta conmigo. Buscaba cualquier cosita que hubiera hecho mal para hacerme sentir peor».

Desde fuera, sin embargo, la caída de Luna parece más bien solo una pausa en su rápida evolución. Con su experiencia en el boxeo tailandés, su entrenador entiende que cayó por apenas un punto —es decir, un par de golpes— frente a la representante de un circuito que le lleva años de distancia al nacional. Mientras la ve lanzar golpes frente al vacío, Jorquera vuelve a analizar el episodio: «Personalmente quieres ganar, pero no jodas: fuiste al mundial y te agarraste con la rusa, que coge medallas. No estás peleando con cualquiera, sino con la élite. Estás codeándote con las mejores peleadoras del mundo». Luna lo sabe, pero no lo digiere. Solo una vez subió al ring pensando que no se desilusionaría si la vencían: fue en su debut como amateur. Perdió. Desde entonces solo se mentaliza en ganar, una actitud que la ha llevado a ser dos veces campeona sudamericana. No está preparada para perder. Por eso, los casi cuatro meses que esperó para subir nuevamente a un cuadrilátero, frente a Fornera, fueron especialmente duros para ella.

Irónicamente, una sola pelea amenazó con frustrar un año que fue el mejor de su vida. Insatisfecha con las opciones académicas y desinteresada por los deportes tradicionales, en el muay thai encontró por primera vez una motivación, y el 2015 se dedicó por completo a ser la mejor versión posible de sí misma. Animada por Jorquera, a inicios de año contactó a su peleadora favorita, la inglesa Iman Barlow, y le pidió pasar una temporada entrenando junto a ella y su padre. La peleadora la recibió durante el crudo invierno en su casa, en el pequeño pueblo campesino de Melton. La disciplina era ardua. De lunes a domingo corrían ocho kilómetros cada mañana y por las tardes practicaban box o muay thai. Solo descansaban los sábados por la tarde. Semana a semana el entrenamiento era siempre el mismo, un método familiar que le ha permitido a Barlow ser diez veces campeona mundial. Un día hacían quinientas patadas; otro, quinientos rodillazos o quinientos puñetazos frontales. De esa familia, Tobin aprendió el infalible arte de repetir, un sistema con el cual pulió su técnica hasta hacerla su rasgo más resaltante. El padre de Barlow, además, le consiguió su primera pelea profesional, frente a la Abeja asesina Bryony Tyrell, una británica trece años mayor que domina las artes marciales mixtas y el jiu-jitsu brasilero. Fue la primera vez que luchó sin canilleras, pero sus piernas estuvieron a la altura. Al final, ganó dando espectáculo. Su entrenador tiene razón: Luna pelea bonito. Pese a que fue la única contienda de mujeres y la única de muay thai en todo el evento, fue reconocida como el mejor enfrentamiento de la noche. Los frutos de la preparación eran evidentes. Ya de regreso, encaró dos veces a la argentina Cynthia Prieto: en mayo la venció de visita en Buenos Aires, y un mes más tarde repitió el plato en Lima.

Tras una primera mitad del año redonda, encaró el mundial de Tailandia con vibra ganadora. Estando tan motivada, y después de tantos sacrificios, su derrota fue mucho más dolorosa.

Pero lo más difícil ya pasó. Quizá le haya servido para aprender a perder, algo inevitable en el mundo del deporte. Su caída no melló en absoluto su obsesión por el entrenamiento, y ahora Luna está lista para pelear de nuevo. A Luna le pican las piernas por subir otra vez al ring. Este último año la ha convencido de que pelea mejor mientras más seguido lo hace, así que para fines de mes o comienzos de febrero —aún no tiene una fecha pactada— volverá a ponerse los guantes. Mientras espera, se concentra en mejorar su boxeo y su defensa —las áreas donde más deficiencias siente—, pensando en su objetivo principal para el año: ser candidata al oro cuando en mayo viaje a Suecia para competir en un nuevo mundial. Pónganle un rival al frente, Luna Tobin solo quiere pelear.

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