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Acorde al mundo

Por Jesus Cuzcano / Fotografía de Oliver Lecca

A Andrés Prado no le gusta que lo cataloguen como un músico de jazz. Lo detesta. A pesar de que rescata uno de sus mayores aprendizajes de una clase de improvisación durante una maestría de aquel género musical, en Londres. Ha pasado por más de un conservatorio y su arte ha viajado como alma gitana por Argentina, Francia y Estados Unidos. Andrés Prado: la música es el dialecto que se esconde en el alma. 

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La interpretación murió con un grito. «¡Stop!», exclamó un maestro de improvisación de jazz en el Trinity College de Londres. Y Stella by starlight, la melancólica melodía compuesta por el estadounidense Miles Davis, pasó a convertirse en silencio. Era el año 2001 y Andrés Prado se encontraba en su primera clase de posgrado en Inglaterra, había ganado una beca completa. La petición a la clase había sido aparentemente sencilla: tocar un standart para dar inicio a la sesión. Y así se hizo. Como lo recuerda el músico, empuñó su guitarra y aguardó a su entrada tras los compases del piano y la trompeta. Pero la agudeza de un grito detuvo todo sonido luego de unos instantes. La insatisfacción del maestro fue a parar en el encrespamiento de su voz. «¡Stop!». «!This is not what i want! [Eso no es lo que quiero]». Y añadió: «Quiero oírlos a ustedes, no a las frases de jazz que han tocado toda su vida». La perplejidad ante el desconocimiento de un error. Según Prado: «Todo sonaba exactamente como se supone el jazz debe sonar». Pero quizá ese era el problema, añade. Porque aquel hombre no alegaba por un fallo en el tempo o en la precisión de los acordes. No había carencia de técnica. Si para aquella época, Prado ya había pasado por los conservatorios de Lima y Argentina, y se había internado en el estudio de guitarra clásica y popular [sin contar su conocimiento de otros instrumentos, como el piano o el charango]; los otros músicos tenían también una trayectoria muy parecida. El maestro andaba, más bien, en busca de algo más; enseñar aquella idea sobre la cual, hoy en día, se cimenta la filosofía del compositor: la búsqueda de la voz interna. Catorce años después, Andrés habla de aquel hallazgo como quien habla de la más grande epifanía: ayudar a los músicos a encontrar su voz propia no es sencillo. Sobre todo si se trata de un mundo tan etéreo como lo es el arte. «Se requiere de silencio interior para poder escuchar realmente», dice él. Porque si esto no se hace, uno corre el riesgo de convertirse en un cúmulo de patterns, de conocimientos adquiridos que se repiten una y otra vez. Se corre, sobre todo, el riesgo de convertirse en un ser que, como diría él, al tocar solo reproduce notas musicales. Cuando el músico vuelve la mirada hacia aquel episodio, recuerda la sentencia, aquel «stop», acaso como un punto de partida que ayudó a redefinir el enfoque de su vida y de su arte. Porque si de algo está seguro, es que en la música el pensamiento crítico no sirve de nada si no lleva consigo la sensibilidad de un buen oído.

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Andrés Prado dice haber vivido unos buenos doscientos años, a pesar de que tiene cuarenta y cuatro. Y cuando echa la cabeza para atrás y rememora pasajes aparentemente lejanos, acota que la memoria le falla a la hora de las fechas. Pero guarda, sin embargo, momentos como breves collages que delinean su vida. Como cuando grabó su disco Chinchano junto al percusionista fundador de Perú Negro y Perú Jazz, Julio “Chocolate” Algendones, quien marcó su vida, a quien se refiere como Maestro y de quien guarda un retrato en su sala de estar, sobre un viejo piano vertical Challen. Aquella anécdota cuenta que entre ambos no existió una planificación antes de la grabación del álbum, y que la producción del mismo inició luego de que Algendones dijera lo siguiente: «¿Para qué quieres ensayar? Vamos a grabar de una vez». Prado dice: «Hay un antes y un después de conocerlo». Porque cree que “Chocolate” fue uno de esos seres que pasan por la tierra rara vez. De aquellos que nacen con más años que cualquiera y que no temen compartir lo que saben. Aquellos que empuñan un instrumento como una herramienta para tocar lo que realmente busca tocar la música [citando a Andrés]: «Las cuerdas internas del ser humano». Porque cuando las palabras no bastan para articular experiencias que van más allá de la vida, el arte es el único lenguaje para hacerlo. Andrés Prado admira la capacidad que tuvo su maestro para encontrar su centro y con ello oír su voz interna. Andrés Prado quiere que los alumnos a los que enseña en la Pontificia Universidad Católica del Perú recuerden que ese tipo de voz es la más importante. Porque no le interesa que recuerden la teoría o siquiera que él fue quien la enseñó. Porque, al final de cuentas, a Andrés Prado solo le importa una cosa: que un músico pueda reconocerse en su arte; como él, cuando en medio de una clase de improvisación de jazz, un grito, «¡Stop!», deshizo una melancólica melodía de Miles Davis y así dio inicio esa otra parte de su vida.

SUMILLA

«Se requiere de silencio interior para poder escuchar realmente», Andrés Prado.

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