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Carlos Fuller, un criollo de Chaclacayo

Se recuerda a sí mismo con guitarra en mano, en algún parque de Chaclacayo, entonando música criolla con sus amigos del barrio. Mucho tiempo después, a los cincuenta años, Carlos Fuller debutó como compositor. Acaba de lanzar su segundo álbum de estudio, “Luz de mis cantares”.

Texto: Joaquín Salas

A pocos minutos de presentarse ante un auditorio con más de cien personas, el compositor peruano Carlos Fuller siente los nervios propios de un nuevo debut. Son las ocho de la noche en el Centro Cultural El Olivar, en San Isidro. Esta noche se presenta su segundo álbum de estudio, luz de mis cantares. Son doce temas criollos en los que le canta al Perú, a Lima, a Ricardo Palma y a la nostalgia; a ritmos de vals, landó, zamacueca y marinera.

Carlos Fuller tiene cincuenta y tres años. Es publicista, dueño de una agencia y docente en varios institutos. Padre de familia, con una esposa y dos hijos. En apariencia, un hombre sin mayores vínculos con la música, hasta que uno se topa con su historia. A los cincuenta años —como él dice: «Para comenzar la segunda mitad de su vida»—, recolectó sus composiciones, se metió a un estudio de grabación y presentó su álbum debut, oasis de memoria. A primera vista: un arranque de locura, más propio de algún adolescente. En realidad: un sueño que nació de muy chico, en las esquinas y parques de Chaclacayo.

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Una de las hermanas de Carlos sufría de los bronquios. Por esa razón la familia Fuller Olórtegui se trasladó a Chaclacayo, donde el clima es mucho más seco. Era el año 1973 y él tenía doce años. Tras pasar por varias viviendas, la familia se asentó en una pequeña casa de fachada blanca en la calle Eucaliptos. Un enorme ombú se erguía en su patio trasero, sobre una piscina; su patio delantero estaba repleto de plantas y flores; y por ahí jugaba él con sus cuatro hermanos. Eran hijos de un padre amante de la música criolla, Carlos Brisko y Silvestre Fuller. Él solía regalarle a su esposa, Lily, vinilos de Chabuca Granda o Arturo Cavero, que ella escuchaba y cantaba mientras realizaba las labores de la casa.

Carlos aún recuerda que fue su padre quien le regaló su primera guitarra, fabricada con el caparazón de un armadillo. Esa era el arma que enfundaba cada vez que salía de casa, junto a su hermano George, para reunirse con los amigos de su cuadra. «Chaclacayo tiene una magia que sólo la pueden conocer los que han vivido allí», dice Fuller. «Tuvimos algo que ya casi no se encuentra: barrio. Salir a caminar con los amigos, sentarnos en las esquinas, guitarra en mano, y ponernos a cantar nuestra música en medio de la naturaleza».

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Esa casa de la calle Eucaliptos aún sigue en pie, aunque la única que vive ahí ahora es su madre, Lily Olórtegui. Fuller compuso su primera canción ya lejos de Chaclacayo; en Lima, graduado de la carrera de publicidad, y trabajando en su propia agencia. Se llamaba a lasi, y fue un regalo a su hermana, por sus veinticinco años. No se detuvo ahí. El año 2001 compuso el tema resurgir, que se convirtió en la canción oficial de un evento del mismo nombre a beneficio de las víctimas del terremoto en Arequipa. El año 2003 compuso el festejo gol perú, con el que participó y ganó el concurso Canción Copa América 2004. Más adelante, este tema fue grabado e interpretado por Pepe Vásquez y Sandra Dueñas.

Esta noche, Carlos Fuller presenta luz de mis cantares, su segundo álbum. Quizá la demostración de que ese debut, a sus cincuenta años, no fue un arranque de locura, sino una decisión. Entre el público ya están varios de esos amigos de juventud. Muchos de ellos esperarán escuchar la canción chaclacayo, uno de los temas de su primer álbum. Un vals que recuerda las tardes paseando por la calle Los Cedros; o los brindis después de los partidos de fútbol; o algún beso en el parque Las Tres Copas, antes de entrar a la misa. Una canción que evoca a un hombre caminando por las calles de Chaclacayo, entre los sauces, recordando su juventud, ya muy lejos. Y que termina así: Juntando los pedazos del sol reuní mi vida / Y en mi melancolía en tu cielo me vi / Tu río, mis amigos, tus parques, tus retratos / Volvieron por un rato / Y sonreí feliz.

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