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Johnny Schuler, el hombre del pisco

En la nueva edición de nuestra revista aleste, presentamos una íntima nota con Johnny Schuler, quien ha vivido 66 años en el Perú, no aguanta las ganas de bailar marinera cada vez que escucha una comparsa y es el principal defensor del origen nacional del pisco. Johnny es un peruano de pura cepa, aunque su carné de extranjería diga que es suizo.

Texto: Gabriela Ramos / Fotos: Augusto Escribens

¡Come on, Johnny! ¡You need a tattoo! —¡Ya pues, qué chucha! ¡Lo quiero acá! —respondió Johnny Schuler luego de varios segundos de duda, mientras extendía su antebrazo derecho a uno de los tantos tatuadores de St. Marke’s Square en Nueva York. A su alrededor lo animaban un grupo de veinteañeros con los que combatía el frío neoyorquino a punta de pisco desde las once de la mañana hasta bien entrada la noche.

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Al día siguiente, tras abrir los ojos en la cama, se encontró con su mano derecha: «¡¿Qué he hecho?! », se preguntó alarmado. Entonces, lentamente, comenzaron a llegar retazos del recuerdo de la noche anterior. El logo de El Portón, el pisco que produce desde hace cinco años, reposaba rojizo y forrado con un papel film de plástico a su lado. Era irreversible.

Año y medio después, Johnny cuenta esta historia tranquilo y sonriente, con la mirada pícara del niño que acaba de cometer una travesura. Después de todo, a pesar de haber estado entre Pisco y Nazca, el tatuaje no fue totalmente improvisado. Escogió esa zona de la piel para que su marca fuera lo primero en resaltar en el momento de dar la mano en cada una de sus presentaciones.

 

Arrepentimiento no es una palabra que figure en su vocabulario de vida, por más que su esposa y sus amigas le digan que a su edad –68 años– hacerse un tatuaje es de tercera. Él es un tipo con suerte –afirma–, y lo que pudo haber sido una gran patinada una noche de borrachera en Nueva York, se convirtió en un acierto de marketing en sus negociaciones limeñas.

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La anécdota del tatuaje fue la coronación de un amor que empezó en desagrado. En la década de los años cincuenta, cuando era apenas el muchacho travieso que correteaba en La Granja Azul, el restaurante de su padre Roger Schuler, solía entrar furtivamente en la barra del local y robar un poco de pisco al bartender. Su amargura siempre era grande: un licor áspero y punzante corroía su garganta en cada seco y volteado. El objetivo no era disfrutar, sino experimentar las primeras sensaciones y fronteras del calor del alcohol. Y vaya que para eso el pisco servía.

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Más de cuarenta años después, en su casa de campo ubicada contigua a ‘la granja’, Johnny se aproxima a una copa de pisco de uva negra criolla y su reacción es bastante distinta. No hay un solo gesto de desagrado. Todo lo contrario, la sostiene delicadamente como si fuera una rosa, entre el anular y el pulgar de la mano derecha, y acerca su nariz al borde del cristal. Inhala profundamente, sus fosas nasales se expanden y da un breve sorbo. «¡Ya empezó la fiesta!», añade mientras mueve los hombros al ritmo de una música imaginada. ¿Qué tuvo que cambiar para que empezara a disfrutar cada trago de pisco como si fuera el último?

En 1977, luego de una amplia trayectoria en el rubro de los restaurantes y, por ende, en la cata de licores, un amigo lo invitó a una cata de piscos en Arequipa. Él aceptó a regañadientes porque sabía poco o nada del licor peruano, por el que armaría guerras mediáticas defendiendo su nacionalidad ante la necedad chilena. «¡Lo que ellos tienen es cualquier otra cosa, menos pisco!», proclamó más de una vez, copa en mano. Aquella tarde de 1977, mientras probaba cada producto, reforzaba las sensaciones de su infancia: fuerte, quemante, hiriente y desagradable. «Pero en la quinta ronda pasó un licor esplendoroso. Un destilado estructurado, redondo, con unos aromas a frutos tropicales, a flores, a pasas, cítricos…», recuerda, mientras saborea mentalmente el frescor de esos primeros tragos que cambiarían su vida. Animado por la curiosidad y la sorpresa, Johnny regresó de ese viaje con sesenta botellas de pisco bajo el brazo. Hoy su colección de botellas cerradas asciende a tres mil.

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La cava donde se alojan todas estas botellas es oscura y no tiene un olor determinado: los buenos corchos evitan que el alcohol salga al exterior en forma de vapor. Los estantes de madera, iluminados gracias a la luz artificial amarilla, se dejan ver repletos de envases transparentes con etiquetas de colores. Johnny ingresa e intercambia las botellas de lugar sin seguir un criterio determinado. Apenas este mes está empezando a clasificarlas, etiqueta por etiqueta, gracias a una aplicación que él mismo creó. «En los temblores me muero de miedo. Por lo primero que me preocupo son por mis botellas, sobre todo las que están en la vitrina. Me dan ganas de venir con una caja a salvar todas». La vitrina a la que se refiere está ubicada en un pasillo anexo a su cava y aloja los piscos más antiguos de su colección, un osito de peluche con la camiseta de Sporting Cristal y una botellita de pisco El Portón. A su alrededor están colgados cerca de treinta mapas de siglos pasados con una característica en común: en todos figura el puerto de Pisco.

Pero esta pasión por el pisco es solo una extensión de su amor por el Perú. Atravesando el pasillo de los mapas, uno llega a un salón iluminado en el que destaca un tren de juguete a gran escala rodeado de casitas y montañas que asemejan la serranía peruana, y una enorme colección de toros de Pucará de distintos materiales. Si no hubiera descubierto el sabor del licor en una de sus excursiones, Johnny estaría seguro de que ahora estaríamos también frente a una enorme colección de trajes típicos de danzas peruanas. «Soy un cachivachero y amante del Perú como mi padre, qué le vamos a hacer».

pisco Johnny SchulerAunque nació en Bolivia y tiene nacionalidad suiza, él se considera peruano hasta la médula. Como respaldo tiene los 66 años vividos en este país, las tres esposas que tuvo, su hija y sus nietos, su colección de toros de Pucará y todo el trabajo que ha hecho por promocionar el pisco peruano a nivel mundial. «¡Yo siempre me levanto en la mañanita a ver Miski takiy, me encantan las danzas de mi país!», apunta con énfasis en el adjetivo posesivo. Acto seguido empieza a tararear una marinera norteña, deja a un lado el puro que fuma, yergue la espalda y se estira el blazer azul marino. «El cuerpo se me encrespa y no aguanto las ganas de bailar. Siempre que busco pareja de baile grito: ¡no hay gallina pa’ este gallo!». Y sigue tarareando mientras disfruta de su propio compás.

Luego de dedicar más de veinte años de investigación al pisco, un programa de televisión (Por las rutas del pisco), algunos libros, y la fundación de la Cofradía Nacional de Catadores del Perú, su amada bebida espirituosa le tenía preparada una sorpresa. Hace tres años, a los 65, cuando sus amigos se jubilaban, él tuvo la oportunidad de hacer un giro en su profesión y empezar un proyecto de cero. Un inversionista estadounidense interesado en incursionar en la producción del pisco apeló a Johnny para que lo asesore y lanzara junto a él la marca. Ahora su trabajo como CEO de El Portón, el más premiado en el Perú, consiste en sentarse frente a treinta vasos de pisco y probarlos, uno a uno, para dar su veredicto. «¿No te digo que nací con suerte?», me dice, mientras acerca su nariz a la copa y vuelve a empinar el codo.

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