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Augusto Ballardo y el arte de volar

Su interés por el lenguaje geométrico motivó una larga investigación que lo ha llevado a recorrer el mundo prehispánico en busca de un idioma expresivo propio. Su última exposición, Plumaje. El esplendor del vuelo, se inspira en la iconografía de aves y de aeronaves, pero el vuelo de Augusto Ballardo empezó hace mucho. Y va tomando forma.

Por: Rebeca Vaisman | Retratos: Paolo Rally

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Augusto Ballardo no lee ficción: sus libros son de arqueología e investigaciones precolombinas. Le gusta la música, sí: pero no mientras trabaja. Ni siquiera le gusta que le hablen mientras está en su taller. Vuelve constantemente al azul, amarillo, rojo y verde: son los mismos colores que están en los adornos de guacamayo que tiene sobre su escritorio, y en la mayoría de las piezas que guarda en su taller. El artista ha vuelto recientemente de su último viaje: una estadía en la Cordillera Blanca de Áncash, donde pasó su cumpleaños número 31 acompañado por su familia. Solían viajar juntos más seguido. Su abuela, nacida en Piura, creció muy cerca de las restos arqueológicos de Sechura y siempre procuró educar a su nieto sobre los misterios de las culturas ancestrales. Ballardo vivió parte de su infancia en Huacho, en el llamado “norte chico”, que fue tierra de los Caral, Chancay, Huarmey y Lima. Augusto Cárdich, primo de su padre, fue el arqueólogo que descubrió los restos del hombre de Lauricocha. En su honor lleva su nombre.

Algo de investigador tiene Augusto Ballardo. Egresó en 2012 de la especialidad de grabado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde que era un alumno se interesó por la geometría como lenguaje visual para comunicar sus inquietudes. Su tesis fue la génesis de una investigación que ya tiene cinco años. Desde que salió de la universidad se dedicó a caminar hacia el pasado, siguiendo las huellas angulares de otros artistas y otros comunicadores; de arqueólogos, huaqueros y primeros hombres. Su estudio es el de la geometría revisada por la historia del arte. A través de esta línea de tiempo descubrió a plásticos como Regina Aprijaskis, Jorge Eduardo Eielson y José Tang. Siguió retrocediendo y encontró una brecha: antes de la llegada de los españoles, en el mundo precolombino, la geometría expresaba un conocimiento estético, analítico y ritual. Era un idioma –así lo entiende Ballardo– que enmudeció a partir de la conquista.

COLA BLANCA Y ROJA

Discurso propio

Augusto quiso sintetizar su larga investigación con una exposición. Su reciente muestra, Plumaje. El esplendor del vuelo, reflexionó sobre migraciones y movimientos culturales estableciendo un contraste entre el arte plumario ancestral y la estética de las aeronaves contemporáneas. En la Galería Impakto, reunió pinturas, grabados y esculturas; a la vez, gestionó una exhibición paralela de arte plumario en el Museo Textil Precolombino Amano: en esta se planteó un recorrido por la iconografía de aves en los textiles peruanos. “Mi exposición habla de dos tiempos, así que quise realizarla en dos espacios diferentes”, explica Ballardo sobre el montaje. Esa decisión tendió un puente imaginario sobre la brecha histórica, uniendo simbólicamente dos tiempos y dos mundos. 

La muestra incluyó intervenciones sobre fuselaje real de aviones. Para encontrarlos, Ballardo visitó varios cementerios de aeronaves, paseándose entre los restos de acero. En esos momentos era imposible no recordar las visitas que hacía, de la mano de su abuela, a los museos y los primeros sitios arqueológicos que vio en su vida. Imposible no imaginar la gesta del investigador en cuyo honor fue bautizado. El artista estuvo en los aeródromos de Nasca y de la playa Santa María, buscando entre lotes de chatarra. Hizo lo mismo en ciudades de México y Ecuador. Fue a subastas organizadas por las Fuerzas Armadas y luego contactó a quienes se habían llevado toneladas para comprarles piezas sueltas. Muchas veces lo miraron con desconfianza. Estaba huaqueando a su manera.

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Forma y fondo

Augusto admite que sus intereses se alinean con tendencias actuales del mercado del arte. Su presencia en diversas  ferias se lo ha demostrado. “Lo tuyo está de moda, vas a vender bien, me dicen. Y sé que también se considera que Latinoamérica está de moda, y que hay mucho interés por el mundo antiguo”, admite el joven plástico. “Pero a mí me interesa esto ahora y a lo mejor en un futuro cambie de interés… o quizás me quedaré siempre investigando estos temas, más allá de las tendencias”, asegura desde su taller, donde ha cerrado la ventana para que el ruido de la calle no se cuele en la conversación, ni en sus ideas. “Me doy cuenta de que para algunos es fácil seguir fórmulas para que un cuadro se vea bien en un espacio.

Yo muchas veces no puedo lograr eso: hay piezas mías que me parecen muy interesantes, de las más importantes de mi producción, pero que no son fáciles de colgar en una pared o no quedan bien en una casa, y por eso no las compran”, dice Ballardo. Tiene esculturas grandes que le han costado mucho tiempo y dinero, y que simplemente no puede vender: esas se quedan en la casa de sus padres. Augusto lo prefiere así. De esa manera puede volver a su propio pasado siempre que lo necesite.

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