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Camila Pareja Lecaros – Paso a paso

Su marca de zapatos, Donna Cattiva, entró al mercado limeño en el 2010 con taco en alto. Misma villana de comic: de negro, adornada con púas, misteriosa, imponente, una femme fatale, algo así como Vicky Lynn o Gilda Mundson Farrell en la era dorada de Hollywood. Pero con el tiempo evolucionó y también lo hizo su creadora. Esta es la historia del nacimiento y madurez de su pasión. Zapatitos, cómo los quiero.

Por: Jesús Cuzcano | Fotografía: Augusto Escribens

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Hay una habitación en el segundo piso de una casa en la calle Justo Vigil, en Magdalena; hay una ruma multicolor de telas dispersas, hilos sempiternos, máquinas de coser; hay una mesa de corte y tres ayudantes en pleno tajo y confección; hay una caja atiborrada de retales y, dentro de esta, hay una niña: que se llama Camila, que tiene seis y medio, que le gusta jugar mientras ve a su abuela, Benigna Urioste, dirigir el negocio de fabricación de pijamas. Corre de un lado a otro como solo puede hacerse a esa edad, de a ratos se sienta ver cómo ella cose, y luego retoma su interés por inmiscuirse entre telas y crear vestidos miniatura producto de un ejercicio de garabatos en papel, cercenado de accesorios y decorado a mano. Una suerte de origami aterciopelado, pero sin idea de que puede llamarse así. Para ella es solo un hobby, es un vestidito que luego utilizará como punto final en oraciones ya conocidas –porque todos hemos dicho algo parecido alguna vez- por todos los dignos infantes mercantiles: «Tía, te vendo un vestido», preguntaría. Si somos aquello que dejamos en el pasado, somos también aquello a lo que retornamos. Muchas veces sin darnos cuenta. Camila lo pone en palabras cuando se refiere a su carrera: «Fueron esas imágenes las que luego me hicieron estudiar diseño de modas».

Y así lo hizo; pero más de una década después. Cuando tenía siete, esperaba a que su mamá saliera de casa para meterse en su closet y ponerse unos stilettos color rojo con los que taconeaba en un pasadizo de parqué. Cuando estudió en Mod’Art, ya en las clases de diseño, en vez de enfocar toda su atención en la indumentaria, le dedicaba más tiempo al calzado. «Pero si tú estás aquí para hacer vestidos», le decían algunos profesores. Cuando se graduó, evidenció su talento con un proyecto final: Donna Cattiva, una marca de zapatos que era algo así como una forma de decir que por aquellos años gustaba de las villanas de los comics, de Gatúbela, del color negro y de las mujeres fatales. Porque los zapatos, ahora o cuando sea, dan poder. Ella la tenía clara: quería poner a toda fémina en el mapa. Y por ello los hacía con taco doce o trece, no menos. Y con púas. De lo contrario, ¿cómo iban a dejar rastro sus pisadas?

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Pero pasó el tiempo. Como dicen por allí, no cambió de pies, pero sí de zapatos. La esencia se mantuvo en las plataformas, pero el diseño cambió. Es ley: la moda cambia, los tiempos cambian y, con este, evolucionan los diseñadores. Alcanzar la madurez implica una reinvención constante. Implica preguntarse, como ella: «¿a quiénes más puedo llegar?». Y entonces amplió su target, como dice el marketing. Ahora salvaguarda la importancia del color nude, del color crudo, de un marrón camello para decorar, y de pequeños destellos dorados y plateados. «Cuando tienes una marca debes lograr la aceptación de muchas personas. Tienes el deber de entrar en su closet», dice ella. Diseñar su primer par de zapatos le tomó dos meses, fue un par de botas bucaneras de las cuales se hicieron más de treinta pares [y de los cuales se vendieron todos]. Hoy, casi en la mitad de ese tiempo, ya tiene un producto terminado. Si bien en un primer momento, Donna Cattiva fue su hobby; hoy se trata de su trabajo a tiempo completo. Hace un par de años, hacía sesenta pares de zapatos al año; hoy hace más de tres mil, y ya está pensando en exportar y en abrir una tienda propia. Porque vender en establecimientos multimarca no es suficiente para ella [a pesar de que su producto se encuentra en cinco tiendas y la cuenta continúa en alza]. No tiene reparos en querer ir más alto. Una de las cosas que más llama la atención en su oficina en Casuarinas, es un estante que puede verse desde el momento en el que se pone un pie dentro del lugar. En este descansan varios libros. Salta a la visto uno de psicología del color y otro llamado ‘The Shoe Book”. Camila comenta que le gusta la idea de ver hacia atrás, estudiar la historia para descubrir ideas de las cuales pueda jalar algo. En una entrevista en “Oh Diosas”, hace cinco años, ella comentaba acerca de todas las anécdotas que se tejieron en torno a los zapatos de plataforma. Que las cortesanas de Venecia los utilizaban para demostrar que no estaban casadas, por ejemplo. «Existen muchas anécdotas», finaliza. Y acaso sin darse cuenta, apela al pasado, a esa idea que ha estado siempre presente en su carrera.

– Camila, ¿recuerdas cuando eras niña y pasabas tus días confeccionando pequeños vestidos?

 

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