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Con tinta, mi madre

No hay nada tan íntimo como el homenaje que en la piel se perpetua. Esta es la historia de la unión indeleble entre Stefano Alcántara y su madre. ¿Es el tatuaje una ruta hacia el calor intrauterino?

Por: Jesús Cuzcano | Fotografía: Oliver Lecca

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En 1997 Ivonne de Alcántara le dio la espalda a su hijo, un joven de veintiún años con pinta de metalero que se había convertido en tatuador. Se lo había buscado, Stefano bien sabía que aquello podía suceder tarde o temprano. Ella se lo había advertido desde los primeros atisbos de interés: «no te pintes la piel», así, sin puntos suspensivos, e imborrable como solo son las órdenes de mamá. Hoy aquel cándido insurrecto es considerado uno de los mejores y más reconocidos en el oficio. A los treinta y uno partió hacia Norteamérica en un primer intento por abrir un estudio, pero no lo logró. Pensó que tardaría unos meses en conseguirlo, y sin embargo volvió al Perú seis años después; no sin obtener al menos experiencia. Porque su éxito no siempre se midió en infraestructura. Allá tatuó como solo él sabe y hasta logró trabajar con Paul Booth, a quien solo había visto en revistas, y quien sería fundador de la galería de arte LAST RITES y conocido a nivel mundial como el monstruo del tatuaje del rock. Al cumplir los treinta y siete, Stefano ya contaba con el reconocimiento más alto que ha logrado un tatuador peruano: haber expuesto su primera muestra individual, “Waqayñan” [que en quechua significa Camino difícil], en la LAST RITES GALLERY de Manhattan. Si bien en sus veintes tenía un pequeño estudio con apenas recepción y cubículo en la avenida La Fontana, de La Molina, hoy tiene tres en Lima y en marzo pasado inauguró el primero en Fort Lauderdale, frente a las costas de Florida.

Quizá como un vaticinio del éxito que le esperaría años después de aquella escena madre-hijo, el artista desobedeció a quien en claro había dejado todo. «No te la pintes», O quizá lo hizo por el poder que le confería la indisciplina de los veintes, esa pulsión del corazón joven que nunca se termina de entender. Y por ello no esperó para buscar quien le impregne en el antebrazo izquierdo el retrato de un Jesucristo dark. Una semana antes de esta conversación, el artista arribaba al país luego de ser parte de un par de congresos en Colombia, la Convención Nacional del Tatuaje Mitad del Mundo, en Bogotá, y la 5th Bucarafest Tattoo Convention, en Bucaramanga. Un día después de la misma, partiría con agujas y tintas a Nueva York, y más tarde a Europa, Alemania e Italia. Preguntarle por su ritmo de viaje es explorar un itinerario que palpita entre sellos de aeropuertos y efímeras estadías. Pasar dos semanas en cada destino es casi una exageración, acota él. Porque quiere estar en todos lados, porque debe estar en todos lados lo más pronto posible. Si bien su trabajo cobra vida como la antítesis del olvido, ayudando a perpetuar lo significativo de una vida, lo hace también como la de la espera: lo bueno, no necesariamente tarda en llegar.

Todo eso sucedería después de que Ivonne de Alcántara, su madre, le diera la espalda, no para reprenderlo o negar su arte. Todo lo contrario: «Tatúame», le dijo. Y él obedeció luego de preguntar:

«Mamá, ¿por qué una mariposa?».

STEFANO 2

El capítulo que ella había leído era Juan 3, versículo 1 al 13, y la metáfora tenía que ver con volver a la vida. «¿Puede acaso un hombre entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?», se preguntaba Nicodemo, un fariseo que no concebía de Jesús el siguiente apostolado: «Quien no nazca de nuevo, no será parte del reino de Dios». En 1997 Stefano tenía ya dos años como tatuador y había oído razones varias para someter la piel ajena ante su aguja. Su silla de cuero era un diván donde las memorias no iban a parar a libreta alguna sino a la piel misma de quien se confesaba. ¿Por qué sangrar para perpetuar una idea?, era la pregunta.

Porque el amor eterno existe, le dirían algunos, porque un símbolo es capaz de representar una filosofía de vida, porque es posible acortar la distancia entre dos códigos postales o porque la muerte no es digna de llevarse a quienes más se quiere. Hoy, teniendo ya dos décadas en el oficio, Stefano Alcántara ha recibido una larga lista de porqués; sin embargo ninguno igual al de su madre. ¿Cómo explicar que renacer, en términos terrenales, puede involucrar una mariposa sobre el omóplato derecho?

Lejos de una justificación metafísica, Ivonne de Alcántara lanzó la suya como una metáfora. Aceptar el arte de un hijo, es también romper un capullo. Y una mariposa, amarilla como era en su caso, era la representación del nacimiento de una vida a partir del recuerdo de una anterior. Luego de aquel episodio, la historia se repetiría en formatos y tamaños diferentes. Y el artista tatuaría a hijas que extrañan a sus madres, a madres que extrañan  a sus hijas o a madres e hijas que creen en la tinta como la muestra máxima de complicidad.

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Este es un tatuaje del rostro de la madre de Stefano que reposa sobre el brazo de su hermano, Amet Alcántara.

STEFANO 4

UNIDAD ARTÍSTICA

Stefano Alcántara no cuenta sus tatuajes, porque cree que con el tiempo el cuerpo entero se vuelve un tatuaje único.

GIRO DEL NEGOCIO

Si bien en una época, podía hacer diecinueve tatuajes por día, hoy solo hace uno. Recibe cientos de mails con solicitudes al día.

TALENTO INNATO

El artista aprendió a tatuar por su cuenta cuando, a sus dieciocho, su padre le compró un kit amateur de tatuador por quinientos dólares.

LA MEJOR ELECCIÓN

El siguiente tatuaje que Stefano se hará tendrá que ver con la sabiduría y el paso del tiempo. Aún baraja sus opciones gráficas.

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