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Danza sobre el agua

Alejandra de Osma se subió a un esquí acuático a los dos años, algo que lógicamente hizo que se enamorara de por vida a un deporte que, a sus diecisiete, confiesa que es una tradición familiar. Con varias medallas encima, se preparara para enfrentarse a los mejores del mundo en el torneo máster en Australia.

Por: Jesús Cuzcano

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Ancón, ese balneario al norte de Lima que debe tener uno de los mares más apacibles del Pacífico, vio a la familia De Osma Bedoya pasar varias temporadas de verano junta, paseando por el malecón con sus pisos de formas ondulantes en blanco y negro. Sin embargo, ese no era el atractivo de Ancón para ellos, ni siquiera su mar, el real atractivo era el esquí náutico, una tradición sanguínea, practicada por cada uno de los miembros: papá Rafael, mamá Mónica y sus tres hijos.

Alejandra de Osma, la hija del medio, tiene 17 años pero recuerda con claridad los días en Ancón, las imágenes que se animan en su mente cuando con apenas dos años su mamá la subía al esquí para, a paso lento, ir despertando una pasión que ahora se ha vuelto parte esencial de su vida. «Si me dicen que voy a ir a un torneo porque se ofrece un gran premio en dinero, no me interesa. Para mí el esquí es como un voluntariado, algo que hago porque es esencial en mi vida y porque me es necesario», dice Alejandra con una determinación que resulta insólita en una persona tan joven.

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Una vez que ella aprendió las bases del deporte, la familia dejó Ancón para mudar su afición a la laguna artificial de Bujama, ahora entrena casi todos los días. Por ese amor tan fuerte por ser jalada armoniosamente por una lancha sobre las aguas, es que la muchacha decidió probar alguna vez participar en un torneo oficial. Así, tenía nueve años cuando se fue a un sudamericano en Medellín donde obtuvo una medalla de plata y, como parte del equipo peruano, logró la medalla de oro. «La categoría era sub 13 y yo era la más pequeña de la mancha, y creo que tener una medalla de oro a esa edad te da muchas ganas de perseverar», dice, recordando el momento en que decidió que esto no se quedaba como un simple hobbie de verano.

El 2016, con 16 años, participó en el Torneo Latinoamericano de Esquí Náutico en Argentina. Regresó a casa con la cantidad excesiva de seis medallas de oro [slalom, open slalom, salto, figuras, overall y equipo] y una de bronce. Su hermano Rafael, cómplice y compañero, obtuvo una cantidad similar y así llegaron algunos tímidos titulares en la prensa local, nada que el fútbol no pueda superar con más amargura que éxito, pero a Alejandra eso la tiene sin cuidado: «Una entrevista más o una menos, no representa lo que yo hago. Sí me gustaría que la prensa se ocupe más del esquí, pero para que el deporte se conozca y logre llegar más alto, pero no para para mí».

En marzo próximo, Alejandra viajará a Australia para participar en un torneo máster [de alta competitividad y donde participan los top 5 del mundo] y luego a otro similar en Estados Unidos. Para su viaje está alistando maletas, mente, cuerpo, y también viendo qué restaurantes serán de paso obligatorio en tierras lejanas, porque ama explorar sabores tanto como cocinar, al igual que su mamá. Hay que aprovechar lo que el tiempo permita antes de terminar sus estudios en el Roosevelt y optar por una carrera de ingeniería que busca compaginar con esa pasión irrenunciable por las aguas.

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