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El joven y el mar

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En el circuito de surf se sabe mucho de Carlos Mario Zapata. Que es, por poner solo unos ejemplos, Campeón Bolivariano, Subcampeón Panamericano Junior y recientemente Campeón Nacional en la categoría Open. No por nada es conocido como una de las promesas del surf nacional. Y si bien ha contado mucho acerca de sus victorias y sus viajes, poco lo ha hecho de su forma de ver el mundo. En estas líneas, aquella metáfora tras las aguas que lo envuelven. Carlos Mario Zapata: la felicidad es un grado.

Por Jesús Cuzcano/ Fotografías de Augusto Escribens

 

Dieciséis personas saltan por la borda de un barco en llamas. Muchas son las cosas que pueden salir mal en el mar. Bien la historia  la ficción han enseñado, con naufragios y hollywoodescos rescates, que tanto como paraíso, el océano es también trampa mortal. Carlos Mario Zapata lo sabe de primera mano. En 2006 se encontraba a más de dieciocho mil kilómetros del Perú. Había abordado un barco a las ocho de la noche junto al Team Billabong Brasil [Magoo de la Rosa se encontraba entre ellos] rumbo a la isla Nusa Lembongan, en un rincón de Indonesia casi invisible en los mapas más sofisticados. Salvando las dificultades que implicaba para un joven de doce años montar magistralmente una ola en uno de los destinos más codiciados del deporte, la tarea para él y su equipo era sencilla: ser parte de un clásico surftrip en donde se realizaría un video promocional para la marca. Pero la ira del fuego los detuvo en plena noche. En medio del océano Índico, una hora después de haber zarpado, un corto circuito transformó la calma en una llamarada que hizo hervir todo a su paso. Y la tripulación entera saltó  por la borda. «Braceamos sobre las tablas por casi una hora -dice Carlos Mario-. Y a lo lejos veíamos una luz que apenas nos indicaba el camino de regreso».

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Magoo de la Rosa agregaría a la historia lo siguiente «Nos encontrábamos a veinte minutos del estrecho de Lombok [una franja marítima que divide a la isla de donde partirían con la isla a donde se dirigían]. Si todo hubiera oscurrido más cerca de este, simplemente no la hubiéramos contado»Pero en palabras del joven surfer la historia cobra otro matiz Porque cuando se trata del miedo, él se refiere al mismo con peculiar frescura. Ha de ser normal. Un año atrás antes del incidente en Indonesia, aquella vez sí sobre una tabla, con once años de edad y ya con media vida en el mar, Carlos Mario se batió a duelo en Hawai contra la ola de Pipiline, aquella que ha cobrado más vidas que ninguna otra en el mundo. [incluyendo la del bicampeón nacional Joaquín Miro Quesada].

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Años más tarde, se enfrentaría como todo buen tablista a la bravura de otros mares, como el de las costas australianas, europeas o japonesas. Y el deporte lo llevaría a rozar esa delgada línea trazada por el peligro. Porque muchas cosas pueden salir mal en el mar. Pero Carlos Mario dice que no le asusta nada. Aunque la pregunta se le haga dos veces, la respuesta es la misma: «Nada». Punto.

Quizá sea cierto. Juzgar no es tarea de aquel que no asoma el cuerpo más allá de la comodidad de una orilla. Quién sabe, a lo mejor las cosas han de verse diferentes cuando en vez de evitar lo que causa temor se va en busca del mismo. Tal vez, al la libertad.

 

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Si a Carlos Mario Zapata se le pregunta: ¿qué es ser feliz?, el responderá en seco y sin titubeos: no ser esclavo de nada ni de nadie. Ni de los miedos, ni del amor. No es para menos. Para un joven que ha tenido como parada de rigor el aeropuerto, desde los nueve años cuando hizo su primer viaje a Brasil para una competencia, el mundo puede ser más grande que para cualquier otra persona de su edad. Entonces no es disparatado que, sin ánimos de parecer un rebelde sin causa, quiera formar parte de todo lo que lo rodea. Pero cuando habla, esa anarquía propia de la juventud se disipa y da lugar a otra cosa. Porque si algo hay que resaltar del surfer es su, a veces, inquietante madurez al momento de dar respuesta. Sí, no quiere que nadie lo ate. Y quiere llegar lo más lejos que pueda. «Pero siempre con paz interior», dice. «Siempre sin buscar el mal hacia las personas que lo rodean. Evitando los malos entornos. Hasta en las competencias». ¿Por qué? «Por respeto al local, por respeto a los otros competidores». Pero, ¿y si alguien se pasa de violento? «Nada. ¿Qué vas a hacer? Lo que pasa en el mar, se queda en el mar». ¿Y todo eso para evitar el fracaso? «No. Porque tal cosa no existe. Soy de aquellos que piensan que todo pasa por algo. Incluso lo malo. Ya depende de cada persona y la forma en cómo esta tome las circunstancias».

 

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Porque  el surf le ha mostrado ese otro lado de la vida. Según como él lo ve: ese otro extremo. Allá donde se encuentra la naturaleza, la competencia. Y quizá como su padre, el soul surfer, Carlos Zapata, ha encontrado desde joven ese equilibrio entre tierra y mar. Sin mucho ni poco de todo. Y más allá de los premios ganados a nivel mundial o el peso que puede conllevar el apelativo: “promesa del surf nacional”, Carlos Mario Zapata prefiere ver al deporte como una metáfora. Se ha dado el gusto, a sus veintiún años, de observar la vida como desde dentro de un tubo: envuelto por el océano y saliendo a penas para tomar vuelo en aquella pequeña fracción de realidad que se encuentra al final del túnel.

 

 

 

 

 

 

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