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Fernando Otero hace de sus obsesiones, arte

No necesita meditar y nunca ha ido a terapia. Su compulsión por coleccionar cachivaches se ha convertido en insumo para sus mejores series, y esa obsesión le ha permitido preparar seis muestras individuales en el último año. Para Fernando Otero el arte es un espejo que no teme romper con sus propias manos cada vez que siente la necesidad de ser otro. Y volver a empezar.

Por: Rebeca Vaisman | Fotografía: Hans Stoll

“Relájate”. Hans Stoll habla con calma, se mueve con calma, como queriendo impregnar la atmósfera con la energía de su propio cuerpo. Dispara. Se pone los lentes para mirar en el visor de su cámara. “Mira, Peque, acércate”, dice. Fernando Otero obedece. Para Hans, su amigo cercano desde hace años, él es Peque. “Pequeño”, así le decía su familia desde que era niño y hoy quienes lo conocen le siguen llamando así. “Vamos a repetir esto, Peke, pero quiero tu mirada aquí, tu postura así”. Esa es una de las primeras tomas pero el fotógrafo está seguro de lo que quiere y de lo que puede obtener. “Definitivamente es mucho más fácil retratar a alguien que conoces bien y a quien le tienes mucha confianza, no hay que romper el hielo y la sesión se vuelve más sencilla y divertida”, explica, días después de aquella cita en el taller de Otero. “Siempre que voy a hacer un retrato trato de entrar lo más posible en la personalidad del retratado, ir más allá de la pose y de la idea que él tiene de sí mismo frenteal espejo”, continúa Stoll, y por eso las mejores fotos las obtiene, por lo general, hacia el final de la sesión, “cuando pasó la tensión, cuando la persona se abre y se deja”, confiesa. Con Otero, ese estado se consiguió en muy poco tiempo. Es que son amigos desde hace años, sí. Pero también es que Fernando Otero no le tiene miedo a romper su reflejo en el espejo.

Una de las primeras cosas que identificó como parte de su individualidad fue su temprana relación con la creación. Empezó a dibujar libremente desde los 10 años y tomó clases formales desde los 13. Primero en el taller de Miguel Gallo, luego en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ambos, mientras seguía en el colegio), y finalmente ingresó a la especialidad de Pintura en la Universidad Católica (PUCP). “No esperaba entrar a la universidad tan rápido porque siempre había tenido los últimos lugares en el colegio, pero ingresé en un puesto alto y lo tomé como una señal de que eso era lo que tenía que hacer”, confiesa el artista. Sin embargo, hacia el final de la carrera Otero ya se sentía inquieto. Durante sus cinco años universitarios había descubierto la existencia de otros soportes y disfrutaba experimentando, “aunque eso implicaba meterme en territorios donde yo era nuevo, y donde las cosas podían salirme mal alguna vez”. Hoy piensa que su inmersión en la pintura fue una respuesta a sus dudas adolescentes, a su necesidad de ser parte de algo, de entenderse, de crear un entorno que pudiese controlar. “La pintura me servía de caparazón”, reflexiona. Hace cuatro o cinco años esta dejó de formar parte medular de su trabajo artístico. Desde entonces se dedica a explorar. “Yo necesitaba la pintura como una experiencia de meditación, para encontrar respuestas y seguridad, para hallar mi discurso”, dice hoy el artista. Y lo consiguió. “Puedo decir que la pintura me dio de alta”.

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Espacio, tiempo y creación

Su llegada al mundo, si bien en circunstancias casuales, resulta simbólica porque anticipó la relación que quiere establecer con su entorno, como habitante y como creador. Nació en 1972 en Vigo, en el norte de España, donde su padre, industrial pesquero, estudiaba una especialización en navegación de altura. Si bien regresó a Perú con su familia cuando tenía un año, una certeza le acompaña hasta ahora sobre la aleatoriedad de su nacimiento: “No creo en las fronteras. Siento un interés por el mundo. Creo que la misión y la oportunidad del artista, desde su libertad, es la de entender la trampa de las fronteras y borrarlas”, asegura Otero. Y esa espacialidad también se desarrolla dentro de los confines del arte. Explica que luchó muchos años para obtener un estilo y que ahora se esfuerza en desaparecerlo, trayendo a la mente la famosa observación de Picasso: “Pintar como los pintores del Renacimiento me llevó unos años, pintar como los niños me llevó toda la vida”. Para Otero era importante tener una base sólida, tanto como perder el miedo a abandonarla, y más aún a destruirla para dar forma al siguiente escalón. “No puedes quedarte en la comodidad de algo cansado”, sentencia. A lo largo de su vida profesional, sus decisiones secundan estas palabras.

Cuando salió de la universidad en 1994, dejó de hacer arte. Se dedicó al diseño de joyería y de muebles, a hacer escenografías, vestuario y murales. Pasaron 10 años antes de su primera exposición individual en la galería Forum. Presentó un trabajo pictórico de tramados repetitivos –los describe “como mantras”–. Fueron cuadros silenciosos. “No quería decir nada, no podía decir nada, no estaba preparado”, explica su autor. “Pero quise hacer de ese silencio algo bello”. Aún guarda el catálogo de aquella muestra, pero el último cuadro de esa serie lo vendió hace un par de años.

Es muy crítico de su obra anterior, muy insatisfecho. Alguna vez le han llevado a su taller una pieza suya para restaurar. “Es una pésima idea y siempre lo digo”, explica el artista. “Porque no hemos sido educados para preservar, sino para transgredir”. El resultado fue que devolvió la pieza totalmente cambiada. “Me preparé para convencer al dueño del desastre que había hecho, pero sinceramente había quedado mejor”, dice Otero, sonriendo con la satisfacción de haber salido airoso de una travesura: “El dueño se llevó un cuadro nuevo ¡y no le cobré la diferencia!”.

El taller como caparazón

Fernando Otero está sentado en uno de sus sofás. Utiliza una escalera plegable para apoyar la taza de café que acaba de preparar. Su casa-taller es un lujo en una Lima atiborrada. Transcurre sobre una casa miraflorina de un piso (que ahora le sirve como amplio depósito de insumos y materiales) en cuyo techo Fernando construyó hace ocho años un loft en el que trabaja y habita. La mitad está liberada y dispuesta para trabajar piezas grandes (como la escultura de banderas que va a llevar a Zona Maco, feria de arte mexicana, los primeros días de febrero). La otra mitad está ocupada por un par de sillones, dos o tres mesas, la cocina y una gran repisa. Cada superficie es aprovechada para mostrar las múltiples colecciones del artista: máscaras, pequeñas esculturas, collares, fotografías, libros. Subiendo unas escaleras angostas está su cama.

Hans Stoll ya lo había visitado, pero todo taller suele ser un espacio en constante movimiento. Es por eso que el fotógrafo no llegó con imágenes preconcebidas a la sesión de fotos. Lo que encontró tenía sentido. “El taller de Fernando es totalmente coherente con su personalidad, es un tipo inquieto y curioso, acumulador de objetos y barroco por naturaleza”, opina Stoll. “Su vida y su obra son un reflejo claro de su forma de ser”, agrega. Una de las series más conocidas de Otero son sus cajas que contienen fotografías, pinturas, retazos de materiales, instrumentos y más. Sobre ellas ha dicho el crítico de arte Luis Lama que constituyen “un conjunto poético”. Es sorprendente darse cuenta de que su casa-taller es una gran caja. Es la pieza iniciática. “Me obligué a mí mismo a volcar la mirada hacia las experiencias más vitales”, concuerda Otero. Quería encontrar lo más emocionante en su vida y hacerlo arte. Siempre le encantó recolectar, cachinear, comprar antigüedades. Empezó a aprovechar sus viajes para alimentar sus colecciones. Eso formaba parte importante de su vida pero no de su arte. “No me di cuenta pero lo tenía todo a mi alrededor. Un día abrí mis cajones y me dije: aquí está mi siguiente exposición”. Y detrás de ella, una necesidad sostenida y disciplinada de buscar y encontrar, que raya en lo obsesivo. “Te curas en el momento en que te desprendes de la colección”, dice Otero, quien ha hecho de sus revistas, reglas topográficas y cajitas, insumo de sus últimas exhibiciones. ¿Le cuesta deshacerse de piezas que le tomó tantos años coleccionar? “No. Yo me he prepuesto no tener nada indispensable”, responde. “Mi tesoro máximo es mi salud mental”.

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Su lugar en el mundo

Actualmente, Otero es artista de Cede Galería en Lima, de Leme en Sao Paulo y de Lamb Arts en Londres. En el último año ha expuesto en Lima, Ciudad de México, Bogotá, Sao Paulo, Nueva York y Miami. Este año empieza con su participación en Zona Maco. Y ya tiene separada la sala grande del ICPNA de Miraflores para 2018, cuyo magnífico tamaño inspirará un trabajo de grandes formatos. “Nuestro interés principal es trabajar con artistas que puedan desarrollar instalaciones y trabajo para sitios específicos, y Fernando coincide con ese enfoque”, asegura Lucinda Bell de Lamb Arts. “Explora símbolos de territorios y sociedades rotas al yuxtaponer fragmentos recolectados por el mundo y reusarlos: son ideas a las que nos enfrentamos todos los días. Inmigración, desastres naturales, imposición humana, son conceptos claves para entender su último trabajo”, opina la galerista. Para Bell, la creciente cantidad de compromisos internacionales de Otero demuestra que su obra está siendo bien recibida y entendida por público, curadores y directores de ferias de arte. En el último año, Otero ha producido exhibiciones enteras en un mes y medio. Ha podido hacerlo porque el trabajo trasciende el metraje del taller. El trabajo transcurre en su cabeza.

 

Detrás del espejo

Pocos y cercanos fueron los invitados al reciente matrimonio de la diseñadora Alessandra Petersen. Fue una tarde linda en la arena de la playa Pulpos. Dentro de ese pequeño grupo resaltó Fernando Otero porque fue uno de los encargados de decir unas palabras. Recordó cuando se conocieron en la Facultad de Arte de la PUCP: ella entraba y él ya estaba de salida, pero asegura haber estado convencido de que llegaría a conocer a esa chica tan divertida. Sin embargo, Petersen dejó la universidad y Lima para descubrir Europa.

En su discurso de boda, Otero expresó sinceramente la admiración que un espíritu aventurero genera en él. Pronto él la seguiría, empezando sus migraciones emocionales, intelectuales y físicas. “Yo creo que Fernando está teniendo este éxito porque nunca antes su obra había estado tan en complicidad con lo que él es”, asegura Petersen. Al regreso de la diseñadora a Lima, en 2008, la amistad entre Alessandra y Fernando se afianzó en un pasatiempo en común: cachinear. Petersen también habla con admiración de su gran amigo: “Ha juntado todas sus curiosidades, obsesiones e intereses, y hoy su obra es el reflejo de todo eso. Es la investigación, la observación, la historia”, reflexiona la diseñadora. “No puedo imaginarme que esté más en contacto con él mismo que ahora”.

De vuelta en su casa-taller, en la sala de doble altura sobre la que gira un ventilador de largas aspas, Otero sigue pensando (pensándose) en voz alta: “Soy materialista y escéptico, pero creo en lo místico como experiencia de transformación de conciencia. No practico la meditación: para mí la pintura fue una manera de meditar, así como lo es la natación o salir a correr. Nunca he hecho terapia psicológica, pero me interesa cuestionarme a mí mismo”. En el arte, su arte, encontró un refugio, un cúmulo de preguntas y también la manera de conocerse. Y así como no extraña las colecciones que transforma en instalaciones y esculturas, tampoco tiene miedo de perderse en el terreno ganado: “El arte necesita emoción balanceada, energía que sostenga y no destruya, y el acto físico”, finaliza Otero. “Una vez que logras ese equilibrio, nunca se te olvida. Es como montar bicicleta. Es un aprendizaje que te acompaña”. Seas quien seas frente al espejo.

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Paula Tagle es cantante, maquilladora y futura psicóloga. Comenzó grabando covers de Carlos Vives y ...