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Flavia Laos en estado de gracia

A sus escasos 19 años, Flavia Laos viene dando que hablar desde su papel de Camila Souza en la serie Ven baila quinceañera. Ícono de belleza y juventud, nos cuenta sus sueños y las exigencias que implica la fama.

Por: Teo Pinzás // Fotografía: Paollo Rally

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Flavia tiene 19 años y ojos azul metálico que hacen juego con el impecable cielo de verano limeño. Su cabello, de un rubio cenizo, parece dialogar con el sol. Cuando contesta una pregunta, es precisa, no abunda en palabras pero siempre sonríe, dejando al descubierto dos hileras perfectas de pequeños dientes blanquísimos. Tiene cuerpo de adolescente, rostro de niña y una determinación que ya quisieran tener muchos adultos. Basta cruzar con ella unas cuantas palabras para entender por qué la producción de la serie Ven baila quinceañera, de América TV, la eligió para uno de los protagónicos: el de la dulce, inocente y cuasi quinceañera Camila Souza. Y la decisión demostró ser adecuada pues, además de tener experiencia previa en televisión, Flavia era ideal para el personaje. Según Miguel Zuloaga, productor de la serie, el rol “requería de alguien que cante, que baile, que fuera en general histriónica, y ella tenía ese perfil. Además, Leslie Stewart iba a ser la mamá, y Flavia se asemeja a ella físicamente. Era la chica perfecta y encima era dulce, yo sentí que le iba a gustar mucho al público”. Y no se equivocó.

Belleza y juventud: cualidades complicadas

“No he estudiado actuación, salió de la nada”, me cuenta Flavia. De pequeña participaba en concursos de canto y baile, y condujo un programa para niños en Canal 2. “De ahí me llamaron para America Kids, que era actuación, y luego para Ven baila quinceañera”, precisa mientras buscamos recaudo bajo un poco de sombra para conversar.

Convertida en un símbolo de belleza y juventud, es imposible dejar de preguntarse cómo logra conciliar la angelical imagen de Camila, su personaje, con el sex appeal que comienza a trasmitir por las redes sociales. Encarnar a una niña siendo ya casi una mujer exige cumplir con un papel complejo, balanceando permanentemente no ser mucho de uno ni de lo otro: dulcemente linda pero a la vez sexy, atractiva pero inocente. Flavia sabe bien que es un juego de equilibrio y que debe mantener un perfil: “Creo que la gente ya sabe que es actuación. De hecho, al inicio sí tenía que mantener más el perfil de niña, pero ahora ya saben que tengo 19 años, no 15 o 14, y que en realidad no soy Camila sino Flavia”. Inmediatamente, establece las diferencias que la separan de su personaje: “Cuando tenía la edad de Camila y estaba en el colegio, salía con amigas, pero solo quinceañeros. Igual, yo era más despierta, porque Camila es muy tranquila y dócil, yo era un poquito más rebelde”, confiesa riendo, y su risa suena como un chorro de agua fresca cayendo sobre cristales calientes.

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Que en la televisión hay un imperativo de belleza y predominan ciertos estándares de apariencia, especialmente para los papeles femeninos, es algo innegable. La presión mediática que soporta una actriz protagónica es algo que, sin lugar a dudas, la mayoría de mortales no podemos siquiera comenzar a imaginar. No obstante, en Ven baila quinceañera prefirieron centrarse en otro atributo: el carisma. “Yo no creo que exista un ideal de belleza”, comenta Zuloaga, “yo creo que lo que existe es un ideal de carisma y de llegada al público, no importa si físicamente eres rubia, de ojos claros o trigueña o pelirroja, lo que tiene ella –y también mis otras actrices (Alessandra Fuller y Mayra Goñi)– es un carisma que traspasa la pantalla, llega al público y la hace querible. Hay chicas que tienen todas las características físicas ideales pero son medio insípidas, en cambio ella no. Flavia trasciende la pantalla y tiene una belleza peculiar que a la gente le gusta”. Y a pesar de que el carisma es resaltado como su principal virtud, siempre hay una presión por verse bien, como señala la joven actriz: “La tele engorda, la cámara engorda, uno tiene que estar delgado y verse bien. En mi caso, estoy acostumbrada desde chiquita, así que es casi como un estilo de vida. Pero es fregado porque estás en el ojo de todos: engordas un poco y se vuelve una noticia, bajas de peso y también. La cosa es que una se sienta feliz consigo misma”.

Leslie Stewart, su madre en la serie, conoce de primera mano lo que es ser una actriz guapa que recibe mucha atención de la prensa por las razones equivocadas. A raíz de la serie, ella y Flavia han estrechado vínculos, y ahora Leslie puede aconsejarla sobre el implacable mundo televisivo y el complejo oficio de actriz. “Yo tengo hijos de su edad y Flavia tiene un poco la personalidad de mi hija, entonces es un mate de risa porque es un poco como trabajar con mi hija. Ella es una chica talentosa, despistada, alguien que me hace acordar a mí de joven de alguna manera. Yo he hablado mucho con ella porque es mi amiga, es una chiquita linda y la quiero un montón”. Y es que Leslie entiende perfectamente lo que Flavia experimenta en la actualidad: “Yo creo que tener el estigma de ser bella, por llamarlo de alguna manera, es complicado porque vas a tener que aguantar muchas miradas, críticas buenas y malas, sobre todo de personas que no te conocen y pueden creer que eres superficial, esa parte es difícil. Además, en la televisión tienes la atención de la prensa, de la gente, y se corre el riesgo de quedarse con ese sello de chica joven y bonita. A mí, personalmente, se me encasilló un poco como la mala, pero ser la femme fatale no era algo que me hiciera feliz. Yo hubiera preferido que se me vincule más con mi profesionalismo como actriz antes que con si era bonita o no… aunque no hay que negar que eso ayuda”, confiesa, consciente de que en la televisión juventud y belleza son a veces mercancías.

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El lado cotidiano de Flavia

Nadie está hecho para ser perpetuamente bello ni hay cuerpo que lo aguante. Flavia, por suerte, no se hace problemas con eso y disfruta del presente. Además de la actuación, ama la nutrición, carrera que está estudiando. “Me encanta la nutrición y el deporte, son cosas que no puedo dejar de hacer ni un día. Siempre me doy un espacio, aunque sea una hora, para hacer deporte y tengo que comer bien. Llevo una vida bien saludable. De vez en cuando salgo y me tomo unos tragos, pero muy poco”. No por nada abriga el sueño de algún día “tener un gimnasio, de repente funcional, donde yo pueda tener mi propio consultorio para atender a las chicas, guiarlas y darles dietas”. Esta otra faceta de Flavia, la de nutricionista y aficionada al fitness que va “a todos lados con sus latas de atún y sus shakes de proteína”, es acaso más tierna que el personaje de Camila. “Ahorita estoy haciendo full gimnasio, cardio y pesas; también hago entrenamiento funcional, de todo. Le he agarrado gusto al gimnasio, me gustan las pesas y correr. Antes me daba flojera, pero en este último mes estoy corriendo bastante”, enfatiza. No pain, no gain. 

Flavia, aparte de ser bonita, es una chica bacán. Miguel Zuloaga lo sabe mejor que nadie porque trabaja con ella : “Ella es una chica que se lleva bien con todos. Es relajada, no se hace problemas con nada, no es complicada, es buena gente, cumplida y muy profesional”. Su rutina diaria es fuerte. Graba de lunes a sábado, a veces a las 7 de la mañana, a veces a las 11. Si tiene que estar a las 11 en el set, entrena antes; si debe estar a las 7, entrena a las 9.30 de la noche. Ella misma se considera como una persona vehemente: “Cuando quiero algo, lo logro como sea”, aclara, y la determinación brilla en sus ojos azules. 

Antes de despedirnos, me cuenta que acaba de mudarse sola hace tres meses con una roomate y que el mundo ha cambiado para ella: ahora se prepara su comida, entiende mejor el valor del dinero, ahorra y se ocupa de su departamento. Me cuenta también que le gustaría conducir algún día un programa deportivo, hacer una película o incluso sacar un disco; que está a punto de lanzar una marca de bikinis; que le encanta Jennifer Aniston y es su modelo a seguir. Tanta juventud, tantos sueños. Zuloaga tiene razón, hay algo en Flavia que trasciende a la imagen, una ternura infantil que no tiene relación con su edad, sino con el estado de su espíritu. Me alejo con la sensación de haber conocido a la juventud en estado de gracia.

 

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