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Gala Briê, el descubrimiento de una voz

Cantante de múltiple registro y actriz por temporadas, Gala Briê no es solo una de las voces jóvenes más interesantes del panorama musical peruano, sino también una personalidad compleja y en permanente búsqueda.

Por: Teo Pinzás | Fotografía: Paolo Rally

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La encuentro en un café miraflorino. Trae un jean desteñido, zapatillas, chompa holgada y una sonrisa. La observo: tiene varios tatuajes pequeños de color negro en las manos y un lunar cerca del labio que le da un toque vintage. Su cabello es ensortijado y sus ojos, de un verde discreto, son vivaces. Cuando me saluda, su voz parece de otro tiempo. Son las 4 de la tarde de un día de verano y le pregunto si quiere una cerveza, a lo que responde negativamente: se ha tomado un par antes de venir. Pedimos un jugo surtido para ella.

TODO QUEDA EN FAMILIA

La historia de Gabriela Gastelumendi, a.k.a. Gala Briê, es la de alguien que busca su lugar en el mundo. Su infancia no fue, como reza el poema de Valdelomar, “serena, triste y sola”, pues Gabriela tenía la energía de un dínamo y una hermana, Camila –psicóloga y tres años mayor–, que era compañera, guardiana y amiga. Ambas vivían en La Castellana, en Miraflores, junto a su padre, Eduardo Gastelumendi, y Guida Gonçalves, su madre brasilera. Eran tiempos idílicos en los que lo único que la disgustaba “era la bomba de agua del vecino, que sonaba muy fuerte”. Cada vez que la escuchaba, no podía evitar gritar, como si su voz estuviera esperando un pretexto para manifestarse.

Su hermana Camila la recuerda como una niña “divertida, creativa, muy activa y curiosa”, lo que la obligaba a estar siempre atenta a sus juegos, vigilando que no se metiera en problemas. Desde entonces, Camila la cuida y, tal vez por eso, las une más que un lazo de sangre. O como dice Gabriela: “Camila es mi persona favorita en el mundo”, y luego revuelve su jugo.

Su primera infancia la pasó dentro de una caja de resonancia. Su padre tocaba flauta, guitarra, cajón y cantaba. Pronto ella también comenzó a cantar; y así, esa voz que retumbaba a grito pelado cada vez que la bomba de agua del vecino se prendía, comenzó a modularse. Sus padres notaron el buen oído, la afinación precisa, y la música no dejó más su vida.

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AL COLEGIO NO VOY MÁS

Para muchos, la escuela es una etapa feliz; para otros, un constante recordatorio de su inadaptación. Gabriela perteneció durante un tiempo a esta segunda especie. Alumna del Cambridge, no supo hallarse en sus salones. Además de ser una chica hiperactiva, fue varias veces suspendida por no respetar el uniforme: “siempre iba en buzo y no en falda porque tenía frío”. Presa de las exigencias de un colegio inglés, estuvo a punto de ser expulsada. No era rebelde sino diferente, una de esas alumnas que siempre tienen el cuaderno en blanco y la cabeza en otro lado.

Después de repetir un año, sufrió el primer gran cambio de su vida: a los 15, se trasladó a Los Reyes Rojos. Ahí pagó piso “porque venía toda pituca del Cambridge”. En realidad, ella no sintonizaba con las chicas de su anterior escuela, “no entendía su robotismo”. Constantino Carvallo, gran educador, supo entender su mente inquieta y la empujó a socializar. “Él tenía esta manera de más o menos obligar a la gente a que se conozca; por ejemplo, te decía: Ya, este sábado va a haber una pijamada en tu casa y todas van a ir”, recuerda Gabriela, y se ríe.

En Los Reyes Rojos comenzó a explorar la música. Había llevado lecciones de piano con una profesora rusa de niña, pero el instrumento era demasiado rígido. Su personalidad necesitaba estímulos más plásticos y cantar le daba eso. Así se unió a la banda de reggae Una Sola Tierra, donde hacía los coros, “pero chupadaza”. En paralelo, practicaba canto con Mariela Monzón y estudiaba teoría musical con Alexis Alvarado, sus primeros mentores.

Dicen que ciertos cantantes descubren en algún momento de su vida que pueden cantar; para Gabriela ese momento llegó con su cambio de colegio. Hasta entonces era, básicamente, una chica tímida: “Me pedían que cantara fuerte, pero yo no quería”. Había vivido ocultándose su propia voz, hasta que desató casualmente su podetencia en un ensayo. “El primer día que escuché el poder de mi voz, me puse a llorar y me dieron muchos nervios. Me salió un vozarrón que hizo vibrar los vidrios”.

Ese fue el punto de no retorno.

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OÍDO A LA MÚSICA

Después del colegio, Gabriela ingresó a estudiar canto lírico al Conservatorio. Durante un tiempo pensó que había encontrado su lugar, pero la falta de libertad creativa comenzó a asfixiarla. En ese periodo, anduvo más “con los guitarristas de rock progresivo que con las cantantes líricas”. Sumergida en el mundo competitivo del bel canto, cultivó el poder de su voz –y agarró un poco de calle en el centro de Lima–. Estuvo ahí tres años (de 10) y se puso nuevamente en tránsito. Aprovechando el paréntesis, llevó algunos cursos on line en el Berklee College of Music y, casi sin pensarlo, terminó siendo reclutada por Las Amigas de Nadie. La voz de Gabriela ya se había paseado por bandas como Los Vespas y Big Pink como corista, pero esto era otra historia; por primera vez, era vocalista de una banda (de chicas rockeras con harta actitud).

Se acostumbró al escenario. Tenía 22 o 23 años, acababa de sacar su brevete, juergueaba fuerte y llegaba con el pan a su casa. Tocaba en Barranco casi todos los fines de semana y llegó a convertirse en una pequeña celebridad distrital. Katia de la Cruz, una de sus compañeras de banda, la describe en ese entonces: “Conocí a Gaby y compartí con ella un momento de búsqueda. Ella quería ser actriz más que nada y no se sentía muy bien dentro de los proyectos en los que participaba. En esa época era un torbellino, estaba buscando su tótem y era un tobogán emocional, con algunas satisfacciones y muchas decepciones”. Había caos, pero positivo, del que ayuda a crear cosas. Y así, como jugando, se hizo conocida.

Después de seis años siendo el rostro de Las Amigas de Nadie, un día el vacilón se acabó. Sus prioridades cambiaron y la necesidad de sacar un disco como solista se impuso. Quería ser su propia directora.

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LA CULMINACIÓN DE UNA BÚSQUEDA

La Escuela de Música de la PUCP fue solo un escalón más en su autodescubrimiento. Ahí aprendió jazz y bossa nova, rindió exámenes e hizo amigos nuevos. La burbuja universitaria no le sentó mal: “A mí me encantó estar en la Católica, ir al campus, formar parte del alumnado, tirarme al pasto a comer una manzana”. Como muchas otras cosas en su vida, esa etapa quedó inconclusa. A los 25 años, había descubierto su segunda vocación: la actuación. Participó en la telenovela Avenida Perú -siempre había querido hacer una telenovela- y luego tuvo un breve y fatídico paso por Combate que ella toma con buen humor. De todo se aprende.

Pero el llamado de la música era una constante, y así se acercó a Alejandro León Bazán, músico y productor de bandas como Autobús, quien es hasta hoy su contraparte creativa. Alejo cuenta que “las primeras sesiones de composición fueron de reconocimiento, quería saber cuáles eran sus influencias y gustos. Salíamos en el carro, poníamos discos, veíamos videos en YouTube para ver qué le gustaba. Luego, ella me mandaba casi diario melodías grabadas en su celular, ideas, ritmos que yo iba trabajando en el estudio para que Gaby las escuchara y pudiéramos desarrollar la idea. Después, ella escribía letras y trabajábamos las melodías en conjunto. Ella puede hacer todas las melodías en base a una sola, es una súper cantante”.

Un año y medio les tomó lanzar su primer disco, Intensos instantes, aparecido en diciembre de 2015. La placa, notable y delicada, es un fino ensayo de pop electrónico que la voz de Gala Briê matiza como luz pasando a través de una catarata. Sobre la base de los etéreos arreglos de Alejo, ella despliega su voz como neblina y nos transporta hacia un territorio de ensoñación. Uno la escucha cantar y entiende que ahora es varias: la tímida corista, la irreverente vocalista de rock, la soprano, la evanescente Gala Briê, todas ellas conforman una paleta cromática con la que Gabriela pinta las canciones de forma sutil y elegante. “Él me canaliza”, dice sobre Alejo, mientras sorbe lo último de su jugo.

“¿Qué vas a hacer este año?”, le pregunto mientras pido la cuenta. Me cuenta rápidamente sus planes: videos musicales, una telenovela, un nuevo disco para medio año. Son muchos planes, pienso. “¿Y en 10 años?”. “A mí me gusta pensar un año a la vez, sino me abrumo”, responde. Quizás porque su vida, signada por la música, está compuesta de intensos instantes.

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