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Alma de oro

La mujer del oro se llama Gladys Tejeda, nació en Junín hace veintinueve años. Ha representado al Perú desde hace un lustro en competencias internacionales de fondismo. Acaba de romper un nuevo record y se perfila como una de las nuevas promesas de este deporte. Gladys Tejeda: para atrás ni para tomar vuelo.

Por Jesús Cuzcano / Foto y styling: Estudio Atlas

Hacer una revisión de la biografía de Gladys Tejeda implica sopesar dos momentos en su vida: el anonimato y la fama. Todos conocen a la mujer que ganó el oro en los Juegos Panamericanos 2015. Pocos saben que es educadora aunque aún no ejerza aquella profesión; que para pagar su bachillerato en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en el 2008 tuvo que trabajar en una empresa procesadora de maca; que tiene cuatro hermanos fallecidos a muy corta edad; y que, hoy en día, más que medallas lo que quiere es compartir sus victorias con ellos. O con su padre, muerto hace ocho años. Ante cualquier adversidad, la mujer de oro sigue las palabras que su madre le repetía al ritmo de quien reza un rosario: «siempre adelante».

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En mil novecientos ochenta y cinco, el Perú se encontraba en medio de una balanza anímica: ese año, el país sufrió el cambio a uno de sus gobiernos, históricamente, más nefastos. En medio de aquella vorágine, en el mes de septiembre, en Junín, nace Gladys Lucy Tejeda Pucuhuaranga: un hito desconocido.

Si se preguntaba en los noventa, en el poblado de Mariac, quién era la niña Gladys Tejeda, se obtenía como referencia a la hija menor de una familia que vivía cerca al lago Chinchaycocha: la que a los cinco años, correría desde el río Chacachimpa hasta su casa de adobe a más de un kilómetro, ida y vuelta, en busca de detergente para que su madre, Marcelina Pucuhuaranga, pudiera lavar la ropa; la que se levantaba a las cuatro de la mañana para ayudar a su padre, Alejandro Tejeda Caso, en las labores de la chacra: en algunas oportunidades, en un apartado a pocos kilómetros de donde vivía; en otras, en San Pedro de Cajas, a más de veinte kilómetros de la provincia de Junín; la niña que compartía en familia dos panetones durante la Navidad y el Año Nuevo; la traviesa, que una tarde entró por la ventana a un salón de su colegio primaria ‘30570 Coronel José Andrés Rázuri’ y se hizo un corte en la mano derecha por el impacto contra un vidrio; y la misma que durante su infancia oía las palabras de su madre acerca de su talento deportivo: «Hay que seguir adelante».

Como en toda vida, no exenta de infortunios, su bisagra existencial aparecería en el año 2007. La muerte de su padre Alejandro Tejeda [por un mal que aquejaban sus pulmones] sumió a su familia entera en un gran desconcierto; pero también, como es propio de la muerte, los congregó en derredor a un conjunto de reflexiones que se yerguen hasta el día de hoy: «Siempre deben estar juntos», decía el padre.

Un año después, Gladys presenciaría por primera vez la transmisión de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. De allí en adelante, el orden de las cosas sería diferente.

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En 2009, luego de haber concluido sus estudios de docencia y su bachiller, fue reclutada por el Instituto Peruano de Deporte y se mudó al Centro de Alto Rendimiento en el Coliseo Wanka, en Huancayo. Su renombre, desde entonces, se tejió en competencias provinciales, luego se extendió a la capital; y más tarde su buena reputación se vería reflejada en cuantiosas invitaciones al extranjero: Nanning, en China, el mismo 2010; los Juegos Panamericanos en Guadalajara en el 2011; Seúl, Corea del Sur, el mismo año; los Juegos Olímpicos de Londres en 2012; los Juegos Bolivarianos del 2013; y los Panamericanos de este año; eso, solo por poner algunos ejemplos.

«No solo te esfuerzas por ti, sino también por quienes están detrás: tu familia, todos los que te quieren».

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El veintinueve de julio de este año, Gladys Tejeda retornó al Perú de Canadá. La recepción: ovaciones, premiaciones del IPD, homenajes, el reconocimiento del Presidente de la República. Pero al mismo tiempo, como aquella antonimia de la que es parte su historia, comentarios detractores que la acusaban de utilizar una sustancia ilegal durante los juegos. Algunos medios comenzaron a difundir la noticia de que el antidoping realizado había resultado positivo. Cundió la duda: ¿le quitarían la medalla?

«Los que me acusan no saben de qué hablan -dice-. Cuando tienes bien puestos tus objetivos, siempre hay gente que no quiere verte avanzar. Yo no le temo a nadie».

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Conocerla es conocer un hito en la historia del fondismo. Basta con rememorarla corriendo en Toronto, a solo cinco segundos de cruzar la meta de los Juegos Panamericanos: sus brazos alzados parecen realizar una plegaria. Deja atrás, a más de dos minutos, a la brasilera Adriana Da Silva, quien se despide de su record [2h; 33m; 37s]; y a más de cinco minutos a la estadounidense Lindsay Flanagan.

Gladys Tejeda embiste su cuerpo contra la banda amarilla de la meta. ‘Histórico’, ‘Medalla de oro’, gritan eufóricos los comentaristas desde el Perú, a más de seis mil kilómetros de distancia. La atleta dirige su mano derecha hasta su rostro y cierra los ojos. «En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo». Quiebra las piernas y se recuesta sobre el suelo para perderse en un instante personal. Amén.

 

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